JUAN IGNACIO DE GORRITI. En el templo de San Francisco de Tucumán, el canónigo exaltó los méritos del fallecido coronel Diego Balcarce. la gaceta / archivo
Entre los oficiales porteños del Ejército del Norte en Tucumán, estaban los dos hermanos González Balcarce, Antonio y Diego. Sus biografías son conocidas: ambos participaron en las batallas de Tucumán y de Salta, entre varias otras. Antonio vivió hasta 1820, pero Diego se enfermó repentinamente en Tucumán, y falleció aquí el 22 de agosto de 1816, pocas semanas después de jurarse la Independencia. Sus restos serían llevados a Buenos Aires.
El 11 de septiembre, en nuestro templo de San Francisco, el canónigo de Salta, doctor Juan Ignacio de Gorriti, pronunció una sentida oración fúnebre en homenaje al aguerrido comandante de Dragones. “Le eran desconocidas las distracciones con que suelen templarse las fatigas del servicio y que, por desgracia, suelen disipar al militar hasta hacerlo olvidar de sus deberes”, dijo.
“Jamás se le oyó quejarse por el servicio con que se le recargaba; jamás le arredraron los peligros a que frecuentemente se le exponía en campaña, ni se le oyó murmurar sobre las disposiciones de sus jefes”. Esto excepto “una exclamación que, en Venta y Media, le arrancó el dolor de ver expuesto a perecer un brillante cuerpo de infantería, sin poder socorrerlo”.
Destacaba el denuedo con que Balcarce, “en la desgraciada acción de Sipe Sipe, cargó sobre la caballería enemiga, la arrolló e impuso respeto para que no se atreviese a perseguir la dispersión de la infantería”. Igual temple mostró en la retirada, “cuasi desnudo y con la salud quebrantada”. Gorriti lo consideraba un ejemplo. Si todos fueran como Balcarce, “¿Quién resistiría el empuje de nuestras legiones?”.
El 11 de septiembre, en nuestro templo de San Francisco, el canónigo de Salta, doctor Juan Ignacio de Gorriti, pronunció una sentida oración fúnebre en homenaje al aguerrido comandante de Dragones. “Le eran desconocidas las distracciones con que suelen templarse las fatigas del servicio y que, por desgracia, suelen disipar al militar hasta hacerlo olvidar de sus deberes”, dijo.
“Jamás se le oyó quejarse por el servicio con que se le recargaba; jamás le arredraron los peligros a que frecuentemente se le exponía en campaña, ni se le oyó murmurar sobre las disposiciones de sus jefes”. Esto excepto “una exclamación que, en Venta y Media, le arrancó el dolor de ver expuesto a perecer un brillante cuerpo de infantería, sin poder socorrerlo”.
Destacaba el denuedo con que Balcarce, “en la desgraciada acción de Sipe Sipe, cargó sobre la caballería enemiga, la arrolló e impuso respeto para que no se atreviese a perseguir la dispersión de la infantería”. Igual temple mostró en la retirada, “cuasi desnudo y con la salud quebrantada”. Gorriti lo consideraba un ejemplo. Si todos fueran como Balcarce, “¿Quién resistiría el empuje de nuestras legiones?”.








