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19 Octubre 2015 Seguir en 
Son niños en el lugar que sea, y se divierten como sólo ellos saben hacerlo. A sus espaldas la guerra, la inmigración, los refugiados, los pequeños náufragos que se ahogan a orillas del Mediterráneo. Unos juegan a las cartas frente de los escombros de los edificios dañados por las bombas en la ciudad vieja de Alepo, en Siria. Otros corren despreocupados y descalzos en un campamento en Marib, tras haber abandonado sus hogares a causa de los combates entre huzíes y las fuerzas progubernamentales en Yemen. El metegol atrapa a otros tantos en un campo de refugiados en Celle, Baja Sajonia, en Alemania, donde el comienzo del invierno comenzó a ser un verdadero problema para las autoridades. Es que los albergues, los centros deportivos y las oficinas públicas vacías no dan abasto. Al menos 42.000 refugiados aún viven en tiendas de campaña, según el diario alemán Die Welt. Son chicos, su futuro está en riesgo. “En este momento se necesita mucho coraje y mucha fortaleza de ánimo para decir no al odio y a la venganza, y cumplir gestos de paz”, dijo ayer el papa Francisco, durante el Angelus.







