19 Agosto 2015 Seguir en 
Fue una sola bala la que hirió a dos personas: un policía y su esposa. Salió disparada del arma que sostenía un delincuente, quien acababa de asaltar a una joven junto con un cómplice. Ambos desaparecieron del lugar antes de que el matrimonio quedara cubrierto de sangre e intentara pedir ayuda.
La violenta escena tuvo lugar en inmediaciones del barrio Echeverría, el lunes a la siesta. El sargento Juan Antonio López y su esposa Graciela Díaz salieron de su casa a las 14.50. Ambos subieron a la camioneta de la familia y en el asiento de atrás se ubicó su hijo de 12 años, a quien debían llevar a la maestra particular porque ayer tenía prueba de matemáticas en el colegio.
El vehículo apenas avanzó una cuadra cuando sus ocupantes observaron un robo. Dos delincuentes intentaban arrebatarle la cartera a una chica, cerca de la esquina de calles Colombia y Saavedra. “¡Están robando!”, dijo López y detuvo la marcha. “Frenó la camioneta porque la moto de los ladrones estaba en el medio de la calle”, aclaró su esposa.
“Apenas frenamos nos agarran a tiros la camioneta. Mi marido no dijo nada, ni siquiera intentó bajarse, nada”, agregó Díaz, desconcertada. La mujer estaba sorprendida por la violenta reacción de los delincuentes. Explicó que su esposo no vestía el uniforme en ese momento, sino que ese día se había puesto una bombacha de gaucho, una remera y una campera porque estaba de franco.
Cuatro tiros
Díaz escuchó cuatro disparos en total. El niño que viajaba en el asiento de atrás reaccionó a tiempo y llegó a tirarse al piso del vehículo. Pero el matrimonio no corrió la misma suerte. Según les explicarían más tarde, fue el mismo proyectil el que los hirió a ambos. Primero, la bala rozó la cara del sargento. Después rozó también el brazo izquierdo de Díaz, para luego atravesar el brazo derecho de la mujer, a la altura del codo.
“¡Juan, me balearon!”, gritó Díaz cuando vio que tenía los brazos cubiertos de sangre. A su esposo, mientras tanto, ya había comenzado a brotarle sangre del pómulo izquierdo. Como una de las balas había dado en el radiador, la camioneta no respondía y la familia regresó a pie a su casa. Pronto se acercaron varios vecinos y uno de ellos trasladó al matrimonio al hospital Padilla.
“Me dolía mucho, ni bien me pegaron el tiro se me cruzaron los dedos y no los podía mover”, contó Díaz.
Los médicos le informaron que la bala le quebró un hueso del brazo derecho y que por eso sentía tanto dolor. Ambos recibieron las curaciones correspondientes en el hospital y poco después regresaron a su casa. “No sé por qué nos pasó esto a nosotros si no hicimos nada”, repetía ayer la mujer. Todavía estaba asustada, al igual que su hijo, quien presenció todo.
Díaz tiene 47 años, la misma edad que su marido. El sargento lleva 17 años en la fuerza. Sin embargo, según dijo su esposa, es la primera vez que le toca vivir una experiencia tan violenta.
La violenta escena tuvo lugar en inmediaciones del barrio Echeverría, el lunes a la siesta. El sargento Juan Antonio López y su esposa Graciela Díaz salieron de su casa a las 14.50. Ambos subieron a la camioneta de la familia y en el asiento de atrás se ubicó su hijo de 12 años, a quien debían llevar a la maestra particular porque ayer tenía prueba de matemáticas en el colegio.
El vehículo apenas avanzó una cuadra cuando sus ocupantes observaron un robo. Dos delincuentes intentaban arrebatarle la cartera a una chica, cerca de la esquina de calles Colombia y Saavedra. “¡Están robando!”, dijo López y detuvo la marcha. “Frenó la camioneta porque la moto de los ladrones estaba en el medio de la calle”, aclaró su esposa.
“Apenas frenamos nos agarran a tiros la camioneta. Mi marido no dijo nada, ni siquiera intentó bajarse, nada”, agregó Díaz, desconcertada. La mujer estaba sorprendida por la violenta reacción de los delincuentes. Explicó que su esposo no vestía el uniforme en ese momento, sino que ese día se había puesto una bombacha de gaucho, una remera y una campera porque estaba de franco.
Cuatro tiros
Díaz escuchó cuatro disparos en total. El niño que viajaba en el asiento de atrás reaccionó a tiempo y llegó a tirarse al piso del vehículo. Pero el matrimonio no corrió la misma suerte. Según les explicarían más tarde, fue el mismo proyectil el que los hirió a ambos. Primero, la bala rozó la cara del sargento. Después rozó también el brazo izquierdo de Díaz, para luego atravesar el brazo derecho de la mujer, a la altura del codo.
“¡Juan, me balearon!”, gritó Díaz cuando vio que tenía los brazos cubiertos de sangre. A su esposo, mientras tanto, ya había comenzado a brotarle sangre del pómulo izquierdo. Como una de las balas había dado en el radiador, la camioneta no respondía y la familia regresó a pie a su casa. Pronto se acercaron varios vecinos y uno de ellos trasladó al matrimonio al hospital Padilla.
“Me dolía mucho, ni bien me pegaron el tiro se me cruzaron los dedos y no los podía mover”, contó Díaz.
Los médicos le informaron que la bala le quebró un hueso del brazo derecho y que por eso sentía tanto dolor. Ambos recibieron las curaciones correspondientes en el hospital y poco después regresaron a su casa. “No sé por qué nos pasó esto a nosotros si no hicimos nada”, repetía ayer la mujer. Todavía estaba asustada, al igual que su hijo, quien presenció todo.
Díaz tiene 47 años, la misma edad que su marido. El sargento lleva 17 años en la fuerza. Sin embargo, según dijo su esposa, es la primera vez que le toca vivir una experiencia tan violenta.







