09 Agosto 2015 Seguir en 
Paul Krugman / The New York Times
Los políticos que presiden auges económicos a menudo desarrollan delirios de competencia. Esto le pasó al Jeb Bush, cuando fue gobernador del estado norteamericano de Florida. La economía local atravesaba por una gigantesca burbuja en el sector de la vivienda, y Bush tuvo la buena fortuna de salir del cargo justo antes de que estallara. Esto también pasó en muchos países. Aún recuerdo la omnisciencia y la omnipotencia adscritas a burócratas japoneses en los años 80, antes de que empezara el largo estancamiento.
Este es el contexto en el cual usted necesita entender los extraños entretelones del mercado accionario de China. En sí, el precio de valores chinos no debería tener tanta importancia. Sin embargo, las autoridades han optado por arriesgar su credibilidad, e intentaron controlar ese mercado; y están en proceso de demostrar que, con todo y el notable éxito de China a lo largo de los últimos 25 años, los gobernantes del país asiático no tienen la menor idea de lo que están haciendo.
Empecemos con los aspectos fundamentales. China está al final de una era: la era del crecimiento súper rápido, que se volvió posible, en gran medida, debido a una vasta migración de campesinos subempleados del campo hacia ciudades costeras. Esta reserva de mano de obra excedente ahora está menguando, lo cual significa que el crecimiento debe desacelerarse.
Sin embargo, la estructura económica de China está erigida en torno al supuesto de un crecimiento muy acelerado. Empresas, muchas de las cuales pertenecen al estado, acaparan sus ingresos en vez de regresárselos a la población, lo cual ha impedido el crecimiento de ingresos familiares; al mismo tiempo, los ahorros personales son altos, en parte debido a que la red de seguridad social es débil, así que las familias acumulan dinero en efectivo, sólo por si acaso. Debido a esto, el gasto chino es asimétrico, con tasas muy altas de inversión pero con un porcentaje muy bajo de la demanda del consumidor en relación al Producto Bruto Interno (PBI).
Esta estructura era funcional mientras el tórrido crecimiento de la economía ofreciera suficientes oportunidades de inversión. Sin embargo, la inversión ahora está encontrando rápidamente un descenso en los rendimientos. El resultado es un desagradable problema de transición: ¿qué pasa si la inversión cae pero el consumo no sube con suficiente rapidez para llenar el hueco?
Lo que China necesita son reformas que extiendan el poder adquisitivo. Y siendo justos, se ha estado esforzando en esa dirección. Sin embargo, estos esfuerzos se han quedado cortos. Por ejemplo, ha introducido lo que se supone sea un sistema nacional de salud, pero en la práctica muchos trabajadores caen entre las grietas del mecanismo.
En el ínterin, la dirigencia china al parecer está aterrada -probablemente por razones políticas- ante la perspectiva de una breve recesión. Por lo tanto, han incrementado la demanda, en efecto, al obligar al sistema a aceptarlo con crédito, incluido el fomento de un auge del mercado accionario. Este tipo de medidas puede funcionar durante un tiempo, y todo habría estado bien si las grandes reformas se movieran la velocidad necesaria. Pero no es así, y el resultado es una burbuja que quiere estallar.
La respuesta de China ha sido un esfuerzo total por apuntalar los precios de las acciones. Se ha impedido que grandes accionistas vendan; instituciones paraestatales han recibido órdenes de comprar acciones; muchas compañías con precios a la baja han recibido autorización para suspender transacciones. Estos son aspectos que se podrían poner en práctica por un par de días para contener un pánico, claramente, injustificado. No obstante, se aplican sobre una base sostenida a un mercado que sigue estando mucho más arriba de su nivel registrado no hace mucho tiempo.
¿Qué creen las autoridades chinas que están haciendo? En parte, podrían estar preocupadas por las consecuencias financieras. Todo parece indicar que varios actores de importancia en China pidieron prestadas grandes sumas, con acciones como garantía, de forma que la caída del mercado pudiera conducir a impagos. Esto es inquietante, en particular porque China tiene un descomunal sector de “banca alternativa’’ que, esencialmente, no está regulado y podría experimentar con facilidad una ola de corridas bancarias.
Sin embargo, tal parece que el gobierno chino, habiendo alentado a los ciudadanos a comprar acciones, ahora siente que debe defender los precios de las acciones para conservar su reputación. Y lo que está terminando por hacer, por supuesto, es destrozar esa reputación a una velocidad récord.
Cada vez que se cree que las autoridades han hecho todo lo posible por destruir su credibilidad, ellos se superan a sí mismos. En últimas fechas, medios de comunicación manejados por el estado han estado asignando culpabilidades por la caída de la bolsa, lo adivinaron, a una conspiración extranjera en contra de China, lo cual es incluso menos factible de lo que se pudiera creer: China ha mantenido largamente controles que efectivamente impiden la entrada de extranjeros a su mercado accionario, y es difícil rematar activos que nunca te permitieron poseer, para empezar.
Así que, ¿qué acabamos de aprender? El increíble crecimiento de China no era un espejismo, y su economía sigue siendo una productiva fuerza motriz. Los problemas de transición hacia un crecimiento menor son obviamente mayores, pero ya hemos sabido eso desde hace algún tiempo. Aquí la gran noticia no es sobre la economía china; es sobre los dirigentes chinos. Olviden todo lo que han oído sobre su brillantez y visión. A juzgar por su presente, ellos no tienen ni la menor idea de lo que están haciendo.
Los políticos que presiden auges económicos a menudo desarrollan delirios de competencia. Esto le pasó al Jeb Bush, cuando fue gobernador del estado norteamericano de Florida. La economía local atravesaba por una gigantesca burbuja en el sector de la vivienda, y Bush tuvo la buena fortuna de salir del cargo justo antes de que estallara. Esto también pasó en muchos países. Aún recuerdo la omnisciencia y la omnipotencia adscritas a burócratas japoneses en los años 80, antes de que empezara el largo estancamiento.
Este es el contexto en el cual usted necesita entender los extraños entretelones del mercado accionario de China. En sí, el precio de valores chinos no debería tener tanta importancia. Sin embargo, las autoridades han optado por arriesgar su credibilidad, e intentaron controlar ese mercado; y están en proceso de demostrar que, con todo y el notable éxito de China a lo largo de los últimos 25 años, los gobernantes del país asiático no tienen la menor idea de lo que están haciendo.
Empecemos con los aspectos fundamentales. China está al final de una era: la era del crecimiento súper rápido, que se volvió posible, en gran medida, debido a una vasta migración de campesinos subempleados del campo hacia ciudades costeras. Esta reserva de mano de obra excedente ahora está menguando, lo cual significa que el crecimiento debe desacelerarse.
Sin embargo, la estructura económica de China está erigida en torno al supuesto de un crecimiento muy acelerado. Empresas, muchas de las cuales pertenecen al estado, acaparan sus ingresos en vez de regresárselos a la población, lo cual ha impedido el crecimiento de ingresos familiares; al mismo tiempo, los ahorros personales son altos, en parte debido a que la red de seguridad social es débil, así que las familias acumulan dinero en efectivo, sólo por si acaso. Debido a esto, el gasto chino es asimétrico, con tasas muy altas de inversión pero con un porcentaje muy bajo de la demanda del consumidor en relación al Producto Bruto Interno (PBI).
Esta estructura era funcional mientras el tórrido crecimiento de la economía ofreciera suficientes oportunidades de inversión. Sin embargo, la inversión ahora está encontrando rápidamente un descenso en los rendimientos. El resultado es un desagradable problema de transición: ¿qué pasa si la inversión cae pero el consumo no sube con suficiente rapidez para llenar el hueco?
Lo que China necesita son reformas que extiendan el poder adquisitivo. Y siendo justos, se ha estado esforzando en esa dirección. Sin embargo, estos esfuerzos se han quedado cortos. Por ejemplo, ha introducido lo que se supone sea un sistema nacional de salud, pero en la práctica muchos trabajadores caen entre las grietas del mecanismo.
En el ínterin, la dirigencia china al parecer está aterrada -probablemente por razones políticas- ante la perspectiva de una breve recesión. Por lo tanto, han incrementado la demanda, en efecto, al obligar al sistema a aceptarlo con crédito, incluido el fomento de un auge del mercado accionario. Este tipo de medidas puede funcionar durante un tiempo, y todo habría estado bien si las grandes reformas se movieran la velocidad necesaria. Pero no es así, y el resultado es una burbuja que quiere estallar.
La respuesta de China ha sido un esfuerzo total por apuntalar los precios de las acciones. Se ha impedido que grandes accionistas vendan; instituciones paraestatales han recibido órdenes de comprar acciones; muchas compañías con precios a la baja han recibido autorización para suspender transacciones. Estos son aspectos que se podrían poner en práctica por un par de días para contener un pánico, claramente, injustificado. No obstante, se aplican sobre una base sostenida a un mercado que sigue estando mucho más arriba de su nivel registrado no hace mucho tiempo.
¿Qué creen las autoridades chinas que están haciendo? En parte, podrían estar preocupadas por las consecuencias financieras. Todo parece indicar que varios actores de importancia en China pidieron prestadas grandes sumas, con acciones como garantía, de forma que la caída del mercado pudiera conducir a impagos. Esto es inquietante, en particular porque China tiene un descomunal sector de “banca alternativa’’ que, esencialmente, no está regulado y podría experimentar con facilidad una ola de corridas bancarias.
Sin embargo, tal parece que el gobierno chino, habiendo alentado a los ciudadanos a comprar acciones, ahora siente que debe defender los precios de las acciones para conservar su reputación. Y lo que está terminando por hacer, por supuesto, es destrozar esa reputación a una velocidad récord.
Cada vez que se cree que las autoridades han hecho todo lo posible por destruir su credibilidad, ellos se superan a sí mismos. En últimas fechas, medios de comunicación manejados por el estado han estado asignando culpabilidades por la caída de la bolsa, lo adivinaron, a una conspiración extranjera en contra de China, lo cual es incluso menos factible de lo que se pudiera creer: China ha mantenido largamente controles que efectivamente impiden la entrada de extranjeros a su mercado accionario, y es difícil rematar activos que nunca te permitieron poseer, para empezar.
Así que, ¿qué acabamos de aprender? El increíble crecimiento de China no era un espejismo, y su economía sigue siendo una productiva fuerza motriz. Los problemas de transición hacia un crecimiento menor son obviamente mayores, pero ya hemos sabido eso desde hace algún tiempo. Aquí la gran noticia no es sobre la economía china; es sobre los dirigentes chinos. Olviden todo lo que han oído sobre su brillantez y visión. A juzgar por su presente, ellos no tienen ni la menor idea de lo que están haciendo.







