Terminó el sueño de apropiarse del Mundial para uso político

15 Julio 2014
BUENOS AIRES.- Y dieron las doce, terminó el Mundial y la basura sigue allí, acumulada debajo de la alfombra. El embeleso por el certamen y sus protagonistas ni siquiera sirvió, como creían los gurúes de la subestimación, para quitar de la escena los principales problemas que tiene la Argentina.

No hubo antídoto contra la inflación. Los goles de la etapa clasificatoria fueron muy emotivos, pero a la hora de pagar en el supermercado hasta el más hincha se siguió dando cuenta que la pasión por la camiseta no alcanzaba.

Los pobres festejaron, pero aún siguen siéndolo. Por más que las chicas y las señoras hayan suspirado por Lavezzi, estar pendientes del “Pocho” no puede esconder el temor a que sus maridos pierdan el trabajo, si no se detiene el proceso recesivo que el propio Gobierno estimuló en enero.

Tampoco el saltar todas las instancias de la clasificación y de llegar a una final después de 24 años, funcionó para esconder las chapucerías de tanto tiempo en materia de negociación por la deuda, aunque se lo crucifique al juez Griesa, ni mucho menos la nunca producida aparición de los “cuatro fantásticos” para disimular el avance kirchnerista contra el fiscal José María Campagnoli.

Para colmo, la explosión popular de la imagen y los valores de Javier Mascherano llegó exactamente en el tiempo de la contracara, la fascinación por la frivolidad y la poca disposición a la transparencia del vicepresidente Amado Boudou.

Es decir, que en estos 30 días no hubo una sola cosa en la que el Gobierno pudo capitalizar el Mundial políticamente para sí, como quizás haya sido su propósito, más allá de la propaganda no sólo partidaria, sino de toda una ideología de acción con la que llenó los entretiempos en la TV Pública.

¿Por qué no iba a hacerlo, si es el factótum del Fútbol para Todos, ese pozo mentiroso de la felicidad donde todo parece gratis hasta que los contribuyentes se avivan que los que lo pagan son ellos? Un agujero tan negro, que ni siquiera se puede decir que se trata de “inversión social”, tal como se replica a los que hablan del “gasto” creciente como factor decisivo de la inflación.

Y otra vez en el punto de partida de los problemas que tiene el país, ahora un mes más viejos y por lo tanto más difíciles de arreglar, se comprueba que Mundial no le sirvió al Gobierno políticamente para nada y que tampoco se aprovechó este tiempo de enganche mundialista para corregir los desvíos que supo construir durante mucho tiempo, esencialmente la política económica.

Bajo todo punto de vista, la fascinación por la pelotita fue una vez más un encandilamiento. Y, para colmo de males, remarcaría un opositor chicanero o bien un oficialista lúcido: “segundos”.

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