“Yo la defino como ‘“la poética del encuentro humano’, porque en una cultura en la que el individualismo ha sido tan exacerbado, el encuentro humano es, por lo general, caótico. Hay mucha violencia, a la vez que está vedada la ternura entre personas que no se conocen, es un sentimiento que se reserva a la intimidad”, afirma Mario Montenegro, instructor de biodanza.
Montenegro destaca que la danza es parte de la vida de los seres humanos “desde el inicio de nuestra especie, más allá de que hoy en día puedan estar de moda los estímulos musicales de determinados ritmos; la danza nos acompañó siempre. Y al tratarse de una forma de expresión natural nos da acceso a la naturalidad perdida”.
Explica que en biodanza “el encuentro humano es sentido, no está pautado por reglas y normas sociales que establecen, por ejemplo, cuanto tiempo puedo mirar a una persona a los ojos, o por cuanto tiempo puedo acercarme a una persona. Los participantes siguen sus impulsos de acercamiento naturales, desde el punto de vista de la ternura, desde la afectividad, reconociendo al otro como un semejante de mi misma especie, y del todo del cual yo también formo parte”.
El instructor se formó en biodanza y empezó a dar clases en 2012 en Tucumán. Desde entonces divide su tiempo entre su provincia natal y Chile (estuvo en Santiago y actualmente suele viajar por temporadas a Iquique).
Los cambios
“En lo personal, la biodanza me ayudó a aprender a poner límites, y a despertar nuevamente mi capacidad afectiva”, cuenta Montenegro. “Me volví más expresivo en la demostración de los afectos, y eso mismo es lo que me permite poner límites. Es decir, ya no dejo que me invadan”, añade.
Rocío (pidió que su apellido se mantenga en reserva), una estudiante de psicología de 21 años, admite que a ella la biodanza la ayudó a cambiar muchos cosas. “Por ejemplo, la conexión conmigo misma, y a partir de ese estado, mejoré la relación con los demás. También pude parar un poco el ritmo agitado del día a día”, cuenta.
Aclara que estaba practicando yoga, pero que la biodanza es diferente. “Trabajamos en grupo, entonces soy yo con los otros, y aparece una relación con los chicos del grupo, se da una conexión más intensa”, agrega.
“Estoy recontenta y se la recomiendo a mucha gente. De hecho, varios de mis amigos se van a sumar a las clases. Lo importante es que pude aceptarme a mí misma tal como soy, y también a los otros. En consecuencia, estoy mejor con mi pareja, y en mi casa con mi familia. Es muy bueno: te encontrás con paz y con la capacidad de transmitirla”, finaliza.
José Giordano, estudiante de biología de 31 años, también se encuentra muy satisfecho con su experiencia de biodanza. “Es algo diferente y bastante enriquecedor. Redescubrís cosas que cuando crecés te vas olvidando, como el juego, el contacto con el otro, los ritmos del cuerpo. Y estar consciente de todo esto es un hábito saludable. También es muy bueno trabajar en grupo”, resalta.
La vida misma
Según el creador de esta técnica, el psicólogo chileno Rolando Toro, la biodanza existe en todo lo que tiene vida, ya que está sacada de la vida misma, recuerda Montenegro. Explica que los ejercicios que se hacen en la clase o sesión consisten en caminar, en caminar de a dos, en abrazarse, en bailar en una ronda, y otros similares. “Es como ir haciendo metáforas de situaciones de la vida cotidiana. Se busca que los participantes tengan la vivencia de esa circunstancia a través del ejercicio. Y habiéndolo hecho, después puedo aplicar lo que sentí, lo que viví, en el día a día. Entonces, la sesión funciona como un laboratorio donde vamos experimentando con estas metáforas para luego producir el cambio, generalmente, de manera gradual”, puntualiza.
El instructor pone de relieve que la biodanza está indica a todo tipo de público y de todas las edades. Además no es necesario tener experiencia en danza o en bailes. “En biodanza no se enseña una técnica de baile sino una disciplina de desarrollo personal a través de la danza, entendiendo a esta como movimiento pleno de sentido. Solo hay que saber moverse y tener ganas de experimentar una técnica que te hace bien, que te cambia el humor, que aporta cambios importantes”, enfatiza. “Tampoco estoy actuando para un público sino que me estoy manifestando desde el sentir y como forma de conocerme a mí mismo”, finaliza.
Historia
El método nació en Chile, en el año 1965
La biodanza surgió en Santiago de Chile, en 1965. Ese año, el psicólogo Rolando Toro empezó a investigar los efectos de la música y de la danza en enfermos mentales en el Hospital Psiquiátrico de Santiago, con el objetivo de humanizar la medicina. Los resultados fueron muy positivos en los pacientes, entre otros efectos, reducía los niveles de ansiedad. Toro se dio cuenta de que la técnica también podía ayudar a personas sanas a iniciar un camino de evolución. A comienzos de los años 70 se hablaba de “juegos de psicodanza”. El método pasó a la Argentina y a Brasil, y actualmente, la biodanza se practica en la mayor parte del mundo. Toro falleció en 2010.
Integración, creando una nueva sensibilidad
“La Biodanza va más allá de la integración motriz y afectivo motora: se trabaja específicamente la integración con los semejantes y la acción grupal”, explicaba Rolando Toro. Decía que los participantes “desarrollan la empatía, la solidaridad, y la capacidad de abrir su vida a otras personas, en un abanico cada vez más amplio. Es decir, que se integran las diferencias entre los individuos para hacer más rica la vida, poder compartir, al mismo tiempo respetando la libertad y la identidad de cada uno”. Quienes practican biodanza afirman que esta facilita que las personas puedan crear una nueva sensibilidad frente a los demás que mejora sus relaciones de todo tipo.
Montenegro destaca que la danza es parte de la vida de los seres humanos “desde el inicio de nuestra especie, más allá de que hoy en día puedan estar de moda los estímulos musicales de determinados ritmos; la danza nos acompañó siempre. Y al tratarse de una forma de expresión natural nos da acceso a la naturalidad perdida”.
Explica que en biodanza “el encuentro humano es sentido, no está pautado por reglas y normas sociales que establecen, por ejemplo, cuanto tiempo puedo mirar a una persona a los ojos, o por cuanto tiempo puedo acercarme a una persona. Los participantes siguen sus impulsos de acercamiento naturales, desde el punto de vista de la ternura, desde la afectividad, reconociendo al otro como un semejante de mi misma especie, y del todo del cual yo también formo parte”.
El instructor se formó en biodanza y empezó a dar clases en 2012 en Tucumán. Desde entonces divide su tiempo entre su provincia natal y Chile (estuvo en Santiago y actualmente suele viajar por temporadas a Iquique).
Los cambios
“En lo personal, la biodanza me ayudó a aprender a poner límites, y a despertar nuevamente mi capacidad afectiva”, cuenta Montenegro. “Me volví más expresivo en la demostración de los afectos, y eso mismo es lo que me permite poner límites. Es decir, ya no dejo que me invadan”, añade.
Rocío (pidió que su apellido se mantenga en reserva), una estudiante de psicología de 21 años, admite que a ella la biodanza la ayudó a cambiar muchos cosas. “Por ejemplo, la conexión conmigo misma, y a partir de ese estado, mejoré la relación con los demás. También pude parar un poco el ritmo agitado del día a día”, cuenta.
Aclara que estaba practicando yoga, pero que la biodanza es diferente. “Trabajamos en grupo, entonces soy yo con los otros, y aparece una relación con los chicos del grupo, se da una conexión más intensa”, agrega.
“Estoy recontenta y se la recomiendo a mucha gente. De hecho, varios de mis amigos se van a sumar a las clases. Lo importante es que pude aceptarme a mí misma tal como soy, y también a los otros. En consecuencia, estoy mejor con mi pareja, y en mi casa con mi familia. Es muy bueno: te encontrás con paz y con la capacidad de transmitirla”, finaliza.
José Giordano, estudiante de biología de 31 años, también se encuentra muy satisfecho con su experiencia de biodanza. “Es algo diferente y bastante enriquecedor. Redescubrís cosas que cuando crecés te vas olvidando, como el juego, el contacto con el otro, los ritmos del cuerpo. Y estar consciente de todo esto es un hábito saludable. También es muy bueno trabajar en grupo”, resalta.
La vida misma
Según el creador de esta técnica, el psicólogo chileno Rolando Toro, la biodanza existe en todo lo que tiene vida, ya que está sacada de la vida misma, recuerda Montenegro. Explica que los ejercicios que se hacen en la clase o sesión consisten en caminar, en caminar de a dos, en abrazarse, en bailar en una ronda, y otros similares. “Es como ir haciendo metáforas de situaciones de la vida cotidiana. Se busca que los participantes tengan la vivencia de esa circunstancia a través del ejercicio. Y habiéndolo hecho, después puedo aplicar lo que sentí, lo que viví, en el día a día. Entonces, la sesión funciona como un laboratorio donde vamos experimentando con estas metáforas para luego producir el cambio, generalmente, de manera gradual”, puntualiza.
El instructor pone de relieve que la biodanza está indica a todo tipo de público y de todas las edades. Además no es necesario tener experiencia en danza o en bailes. “En biodanza no se enseña una técnica de baile sino una disciplina de desarrollo personal a través de la danza, entendiendo a esta como movimiento pleno de sentido. Solo hay que saber moverse y tener ganas de experimentar una técnica que te hace bien, que te cambia el humor, que aporta cambios importantes”, enfatiza. “Tampoco estoy actuando para un público sino que me estoy manifestando desde el sentir y como forma de conocerme a mí mismo”, finaliza.
Historia
El método nació en Chile, en el año 1965
La biodanza surgió en Santiago de Chile, en 1965. Ese año, el psicólogo Rolando Toro empezó a investigar los efectos de la música y de la danza en enfermos mentales en el Hospital Psiquiátrico de Santiago, con el objetivo de humanizar la medicina. Los resultados fueron muy positivos en los pacientes, entre otros efectos, reducía los niveles de ansiedad. Toro se dio cuenta de que la técnica también podía ayudar a personas sanas a iniciar un camino de evolución. A comienzos de los años 70 se hablaba de “juegos de psicodanza”. El método pasó a la Argentina y a Brasil, y actualmente, la biodanza se practica en la mayor parte del mundo. Toro falleció en 2010.
Integración, creando una nueva sensibilidad
“La Biodanza va más allá de la integración motriz y afectivo motora: se trabaja específicamente la integración con los semejantes y la acción grupal”, explicaba Rolando Toro. Decía que los participantes “desarrollan la empatía, la solidaridad, y la capacidad de abrir su vida a otras personas, en un abanico cada vez más amplio. Es decir, que se integran las diferencias entre los individuos para hacer más rica la vida, poder compartir, al mismo tiempo respetando la libertad y la identidad de cada uno”. Quienes practican biodanza afirman que esta facilita que las personas puedan crear una nueva sensibilidad frente a los demás que mejora sus relaciones de todo tipo.







