La carpa alberga el acogedor espacio donde todavía ríen juntos chicos y grandes

En el predio del circo cada quien habla según el acento de su procedencia, pero a la hora de la función todos son uno en la pista y en la pasión

 la gaceta / fotos de osvaldo ripoll la gaceta / fotos de osvaldo ripoll
16 Abril 2014

El sol de la mañana recorta los colores de las banderas y los detalles de la gran carpa contra el cielo azul. Desde hace unos días el Circo Safari transformó una esquina triste de la ciudad en alegría y misterio. Allí se instaló, de nuevo, la magia del espectáculo más antiguo de la humanidad.

Marcada vocación, nomadismo, trabajo, escuela, pasión y orgullo se entremezclan en cada integrante del circo. A tal punto que, al preguntarles el nombre, responden por el nombre de pila y, en lugar del apellido, dicen a qué generación circense pertenecen.

“Mi hija Jana es tucumana. El año pasado ya partíamos y tuvimos que extender una semana las funciones por su nacimiento. Y hace tres años aquí nació mi sobrino Thiago. Ellos son la sexta generación del circo, que tiene más de cien años y hoy lo manejamos los de la quinta”, afirma, con tonada porteña, Fernando Dresner, a cargo de la empresa. “Hoy los animales han desaparecido del circo porque el mundo ha cambiado; ya nadie quiere ver un elefante atado o un tigre encerrado. Los artistas se han esmerado para suplantarlos y lo hacen de manera brillante porque la gente sigue viniendo”, explica.

El globo de la muerte, el péndulo, el mago, los malabaristas, contorsionistas, arte en la altura y por supuesto, el payaso clásico y las bailarinas, más el show de efectos, de luces y las sorpresas en cada función renuevan el viejo contrato con el público de todas las edades.

“Nos esforzamos, con humildad, por mantener viva la sana tradición del circo, esa es nuestra consigna -asevera Dresner-. Que en este mundo, que aísla y ofrece cada vez menos alternativas de entretenimiento para compartir entre padres e hijos, nosotros seamos una opción”.

El hombre de la cabeza móvil

Los chicos y los grandes se asombran y no se explican cómo hace este personaje cuya cabeza se despega del cuello y se ofrece en la bandeja, a la altura de la cintura.

Rulito No usa nariz roja, sino negra, y se toma muy en serio el oficio de hacer reír
“Hago reír sin apelar a la grosería. Así me criaron y mi maestro payaso me enseñó así. Me multaba con 5 o 10 soles cuando decía alguna mala palabra o un doble sentido. Me enseñó los sketches mudos, lo más difícil”, declara “Rulito” (en la imagen, con Jana). “No improviso, ensayo mucho, como en el teatro. Si no hago reír me enfermo, me pongo nervioso, me replanteo del trabajo. Me gusta superarme: no porque te digan que eres buen payaso ya te quedas y no estudias”, afirma el peruano, casado con la brasileña Thays, padres de tres chicos. “De mañana llevamos y retiramos a los chicos de la escuela; por la tarde ensayamos. El mayor (12) camina con las manos, la del medio (9) hace contorsiones; el más chico (4) es Rulititito, y sale a escena conmigo a veces. Quiero que estudie canto, música y actuación para que sea un payaso completo”.

Destrezas, contorsiones, baile y acrobacia aérea: las chicas también hacen de todo y con glamour

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Entre ellas se oyen tonadas de Mendoza, de Buenos Aires y el acento brasileño. Las chicas del circo bailan ula ula, suben a la cuerda indiana, hacen malabares y un show de vestidos de ilusión. Pelucas y maquillaje espectacular, piedras, plumas, pailletes, medias de red y sensuales bodies rojos acompañan en cada función la salida a escena de Iron man.

Dos valientes en El péndulo de la muerte

Provocan un griterío: con máscaras temerarias, de riguroso negro, enfundados en musculosas semitransparentes que destacan su físico, Mario e Ignacio hacen equilibrio en la altura en dos cilindros de 2 m de diámetro, que se mueven en un eje de 14 m. Mario es también payaso y acróbata, y nació en Tafí Viejo, en tanto Ignacio es de Paraná (Entre Ríos).

Rugen los motores, corre la adrenalina, y el público delira ante el vértigo de las motos en el globo

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Son unos 8’, a 70 km/h, dentro de un globo de acero de sólo 5,20 m de diámetro. “Llegamos a cruzarnos a 20 o 30 cm mirándonos a los ojos, haciéndonos coordenadas. Estamos muy concentrados porque una distracción mínima es muy riesgosa: si cae uno, caemos todos”, explica Braian, uno de los motociclistas-artistas que maneja en el vértigo. Su compañero Javier trabajó en otros circos y participó de una gala con 10 motos en Alemania: “todos los años nos convocan de Europa. A los argentinos nos valoran porque nos animamos a todo”.

TRES FUNCIONES

• Hoy, mañana, el sábado y el domingo habrá funciones a las 16, 18.30 y 21.30 (avenida Sarmiento y Catamarca).

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