La universidad K

El peronismo quiere capitalizar la agonía radical.

23 Noviembre 2003
Por Nora Lía Jabif

La pulseada entre rectores de la mayoría de las universidades públicas argentinas con diputados nacionales tiene un tufillo a pasado: los rectores peleados con diputados, porque favorecieron con $ 7 millones de fondos "extras" a seis universidades de cuño peronista. Y a una de extracción radical -la de Tandil o del "Centro de la Provincia de Buenos Aires"-, que es el hogar intelectual del actual secretario de Políticas Universitarias, Juan Carlos Pugliese.
Cuando se recorre la lista de las universidades beneficiadas, se explica el cosquilleo que invadió a los rectores: Formosa es tierra del kirchnerista Gildo Insfrán, Jujuy es el feudo del también kirchnerista Eduardo Fellner, La Matanza es territorio del devenido menemista Alberto Pierri, y en Lomas de Zamora reina el duhaldismo. Y en La Rioja, territorio de disputa entre Carlos Menem y Jorge Yoma, los centros de La Rioja y Chilecito son las arenas académicas de la lucha política universitaria.
Desde la caricaturesca lucha entre los libros y las alpargatas, la universidad es para el peronismo un apetecible coto de difícil acceso. Pero la generación de la "era K", que arrastra un discurso con ciertas reminiscencias setentistas, está dispuesta a dar el zarpazo también en ese ámbito.
En la Universidad de Buenos Aires (UBA), no les fue tan mal. En Tucumán, en cambio, las cosas parecen más difíciles, porque el peronismo universitario local está fraccionado, y porque en sus comportamientos electorales la sociedad tucumana parece de amianto, ya que es refractaria a cualquier intento de cambio, para bien o para mal.
La semana pasada pasó por la provincia el delegado de la JUP ante el Consejo Nacional Justicialista, Alejandro Alvarez (hijo del legendario Alejandro "Gallego" Alvarez, compañero de ruta de Antonio Guerrero en la agrupación Guardia de Hierro).
En Tucumán, el dirigente apeló a la unidad. No parece una tarea fácil, pese a la debilidad de los rivales de Franja Morada, que -salvo excepciones- están pagando las consecuencias de ser hijos políticos de la pasteurizada década de los 90: no sólo carecen de habilidad para capitalizar poder. También los alcanzó la ola de desprestigio, desde que muchos de ellos se convirtieron en dirigencia rentada.
En la UNT, el rector Mario Marigliano -que está molesto por lo que hizo la Cámara de Diputados-también intentó adecuarse a la "era K", cuando cambió gabinete. Aunque lo logró a medias: al fin y al cabo, el geólogo Florencio Aceñolaza -que ocupa el estratégico y flamante cargo de secretario general de la UNT- es un peronista histórico, pero en los años 90 comulgó con el menemismo. La semana pasada, Aceñolaza exhibió, orgulloso, su identidad, cuando en un un acto reivindicó la figura de Horacio Descole, para muchos el mejor rector que haya tenido la Universidad Nacional de Tucumán. ¿Habrá querido recordar Aceñolaza que el peronismo no es incompatible con la universidad?
Para la universidad pública argentina -y la UNT no es la excepción- esta es una prueba de fuego: logró sobrevivir al discurso privatista de la década de los años 90, que no logró quitarle su bien merecido prestigio de décadas. Pero ahora, parece, le toca enfrentar al enemigo interno. Esto es, la tentación del peronismo de capitalizar también en la universidad la herencia del radicalismo agonizante.

En los cajones
Mientras tanto, la universidad pública padece las consecuencias de falta de horizontes definidos. En algunos cajones de la UNT, un informe celosamente guardado muestra, entre otros puntos, que el rendimiento académico de los alumnos promedio es paupérrimo. Lo mismo pasa en el resto de las universidades argentinas, y no sólo en las públicas. ¿Qué hacer con ese dato de la realidad? Las privadas harán su propia "regulación", exigidas por la presión de la Coneau. Y la universidad pública debería responder a ese informe tan celosamente guardado pensando en cuál es la Argentina que hoy se quiere reconstruir.

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