Agua con arsénico

Las autoridades no se preocupan en resolver este problema que afecta al este tucumano.

21 Noviembre 2003
Respecto de los problemas significativos de las comunidades, se da con frecuencia la situación de que, durante largo tiempo, ellos son mirados por los sucesivos gobiernos con indiferencia, o se los hace destinatarios de meros parches, como para "seguir andando". Hasta que, fatalmente, llega un momento en que la importancia intrínseca de las cuestiones se impone, y urge realizar, en breve lapso, aquello que debió haberse planificado y ejecutado a través de los años.
Es lo que ocurre, por ejemplo, con la presencia de arsénico en las aguas de la zona este de la provincia de Tucumán. No se trata para nada de una cuestión nueva, y a ella nos hemos referido muchas veces con insistencia . Para dar nada más que un ejemplo, apuntemos que hace ya 8 años dedicamos una página entera (LA GACETA, 10//9/1995) a ese "asesino invisible" que es el hidroarsenicismo.
Recordábamos allí que, de acuerdo con el censo de 1991, en la referida área de Tucumán, alrededor de unas 120.000 personas consumían agua con altas concentraciones de arsénico, que son las que se encuentran en las napas superficiales, entre los 5 y 30 metros de profundidad. La referida ingesta, ininterrumpida a lo largo de muchos años, termina instalando altas concentraciones de arsénico en el organismo. Lo que es extremadamente grave, si se piensa en la cantidad de procesos cancerígenos que son secuela directa de lo que decimos, y de lo que existen muestras más que suficientes. El problema no es sólo de Tucumán, sino también de la vecina Santiago del Estero, donde se calcula que dos tercios de la población ingieren líquido en esas condiciones: recordemos que, en 1998, constituyó una noticia nacional la muerte de siete personas por la referida causa, en Monte Quemado, departamento Copo.
Ahora bien, sucede que la cuestión parece solucionable. En 1998, un investigador de Concepción anunció el descubrimiento de un sistema que permitiría separar el arsénico del agua potable. En 2001, otro investigador, de la Universidad Tecnológica, declaró haber llegado a un sistema de muy bajo costo para lograr esa eliminación: su trabajo fue inclusive premiado en un certamen latinoamericano. Y sin duda, dada la abundancia y la variedad de la investigación científica del país, deben haberse señalado también varios otros caminos para liberar a la población de esa agua venenosa. Sin embargo, no se sabe que los sucesivos gobiernos hayan dado importancia a tales anuncios, ni que hayan tomado medida alguna para ensayar su aplicación práctica.
Como se sabe, actualmente la sequía ha puesto sobre el tapete la gravísima cuestión del déficit en la provisión de agua potable para el interior tucumano: cañerías insuficientes que no se prolongaron; o vetustas que no fueron renovadas; o el recurso a pozos y a ríos dan como resultado que muchos miles de personas tengan dificultades para obtener el líquido vital, o que lo deban consumir contaminado. En este último rubro entra el alarmante caso del arsenicismo en el este de la provincia.No es posible ya, nos parece, seguir mirando al costado en una cuestión que tiene tanta trascendencia. Nada puede invocar mayor prioridad que todo lo que se vincule a la salud de la población. En este caso, hay que recordar que estamos hablando de miles de tucumanos que, a través de los años, van acumulando en su organismo un potente veneno que, lógicamente, terminará por matarlos. Urge, entonces, enfrentar la cuestión resueltamente. Debe el Estado provincial, por medio de sus organismos técnicos (y requiriendo, si es preciso, la colaboración de sus universidades y de los organismos nacionales competentes), llegar a una solución definitiva para el arsenicismo. La obra pública necesaria debe ser realizada, cueste lo que cueste.

Tamaño texto
Comentarios