Voluntarias les acarician el cuerpo y el alma a las pacientes del Centro de Salud - LA GACETA Tucumán

Voluntarias les acarician el cuerpo y el alma a las pacientes del Centro de Salud

Mujeres de la Fundación León no sólo embellecen a las internadas, también las ayudan en todo lo que necesitan.

12 Nov 2013
Se mira las manos limpias y las uñas prolijamente recortadas. Queda contemplándolas como si no fueran suyas. ¡Quién diría que esas manos pelaron caña durante toda una vida! Las que se ennegrecieron bajo el sol, en el cerco, al lado de su marido y de sus 10 hijos. Diez de los 15 que tuvo. Las manos que recibieron el cuerpito del hijo que murió ahogado, cuando al río se le antojó devolverlo. Las que aún hoy, a los 73 años, amasan el pan y dan de comer a los chanchos y a las gallinas... "¡Qué te han hecho!, me van a decir cuando me vean llegar, allá en El Puestito, en Burruyacu", imagina con una sonrisa desnuda como la de un bebé. "No van a creer que en el hospital me han hermosiao", lanza con picardía, con ese rostro lustroso que le han dejado las cremas. Las arrugas le brillan tanto como los ojos, desde su cama en la sala de traumatología del Centro de Salud.

Guapa y andariega
"Esto me pasa por andariega", reniega doña Paula Leiva con la pierna izquierda en alto. "Estaba corriendo una cucha (una chanchita) que comía un naranjo cuando mi enredao en un alambre y caí lejos", cuenta. "Es como si Dios me hubiera dicho ya quedate quieta en un solo lao", conjetura, mientras Elena Díaz, voluntaria de la Fundación León, le sigue limando las uñas.

El proyecto del Salón del Belleza en el hospital fue idea de María Cristina Teri, cuando Diego Esper -coordinador del "Programa Exequiel"- le preguntó qué sabía hacer. "Sé hacer limpieza de cutis, depilación, manicura, pedicura: todo lo relacionado con la belleza de la mujer. Es un lindo modo de relacionarnos con las pacientes, cuenta quien junto a su compañera, Elena Díaz, visitan los miércoles de 17 a 19 las salas de mujeres de oncología, clínica médica y traumatología. "La embellecemos y les damos apoyo espiritual", cuenta Cristina, que es alegre y locuaz. "Mirá: una vez me encontré con una chica que estaba muy triste. Se llamaba Gladys. Había venido al hospital porque estaba en su segunda falta. El médico le descubrió un tumor. Ahí nomás la internaron. Estaba sola. Su marido trabajaba y sus tres hijos habían quedado con la abuela. Le iban a hacer un legrado. Le prometí una cadena de oración. ¿Vas a creer que a la semana se le empezó a reducir el tumor y pudo seguir con su embarazo? ¡Tenemos mil historias como estas...!" Elenita tiene 80 años escondidos en los bolsillos de su vestido marfil. Es delgada y bien erguida. Luce su piel de porcelana blanca perfectamente maquillada. "Mirá lo que son las cosas. Me recibí de cosmetóloga pero nunca pude ejercer. Me dediqué a la alta costura, y desde hace cuatro años hago en el hospital lo que tanto me gusta", cuenta mientras arregla las uñas de Patricia Albornoz, que sufrió un accidente en moto.

"Ibamos con mi marido. Un señor que viajaba en un auto, adelante de nosotros, abrió la puerta de golpe: me fracturé la tibia, el peroné y una costilla", cuenta la mamá de cuatro niños. "Estas historias nos motivan a ayudar. La fundación consiguió sillas de rueda y ropa y nosotras traemos camisones porque casi siempre se internan con la ropa que traen. También les hacemos alguna gestión que necesitan", narra Elenita, que hace nueve años trabaja en la fundación. Ella y Cristina son católicas. "No somos de la comunidad judía, como los fundadores. Aquí, para ser voluntario nadie te pregunta qué religión profesás, sino cuántas ganas tenés de ayudar a los demás", afirman las dos.

Gente agradecida
A María Verón, de 39 años, se le iluminan los ojos cuando desde la cama ve a Cristina con su vistosa camisola con flores. "¡A usted quería encontrarla para agradecerle!", la sorprende. "¿Si?", responde tratando de recordarla. "Soy la señora a quien usted ayudó en agosto. Estaba muy triste porque me había chocado un colectivo junto a mi hijo discapacitado y necesitaba dinero. No podía cobrar la pensión de él porque no me podía mover. Usted me consoló y se ofreció para hacerme las gestiones. Sin conocerla le di los documentos y usted me hizo los papeles para que pudiera cobrar mi marido, y me entregó el dinero de ese mes en la mano ¡Nunca voy a olvidar lo que hizo por mí!", expresó estirando sus brazos hacia Cristina, que le abrió los suyos, emocionada.

"Así son las historias", dice Cristina con sus ojos brillosos. "Cuando don León Feler me preguntó por qué quería ser voluntaria le contesté: mire don León, yo esperaba un 100% de la vida, y Dios me dio el 200%. Estoy aquí para devolver la otra mitad".

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