El gran desastre de Ayohuma

Hace dos siglos, el 14 de noviembre de 1813, el Ejército del Norte fue derrotado por los realistas en la pampa de Ayohuma. Con ese contraste, se clausuró dramáticamente la segunda campaña patriota al Alto Perú.

10 Nov 2013
El jueves último se cumplieron dos siglos de la derrota de Ayohuma, que clausuró dramáticamente la segunda campaña patriota al Alto Perú. Su antecedente databa de un mes y medio atrás: la derrota de Vilcapugio, del 1 de octubre de 1813. Allí, el Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, terminó seriamente descalabrado, dejando 300 muertos en el campo y gran cantidad de prisioneros en manos de los realistas, así como todo el parque de artillería y más de 400 fusiles.

Pero los vencedores, mandados por el brigadier Joaquín de la Pezuela, habían sufrido pérdidas mayores. Entre muertos y heridos contabilizaban unos 600, además de muchos soldados dispersos y la falta total de cabalgaduras. Todo eso impidió a Pezuela aprovechar los frutos de su victoria. Fue la causa de que, en lugar de perseguir a Belgrano que se retiraba, prefirió volver a sus cuarteles de Condo y reorganizar su tropa.

El cuartel de Macha

El jefe patriota se replegó sin sobresaltos hasta Macha, en la provincia de Cochabamba. Allí instaló su cuartel general y de inmediato se empeñó en reunir a los soldados dispersos y en reclutar nuevos, además de obtener armas y pertrechos. Como esa zona era adicta a la revolución, la respuesta popular fue más que positiva.

Belgrano organizó operaciones de guerrilla. La más conocida fue la de Gregorio Aráoz de La Madrid. Tres de sus soldados, José Mariano Gómez, tucumano, Santiago Albarracín y Juan Bautista González, sorprendieron el puesto realista de Tambo Nuevo, tomando once prisioneros, lo que les valió el ascenso a sargentos.

Equivocada impresión

Los soldados pronto aumentaron. Llegó Eustoquio Díaz Vélez con unos 500 dispersos de Vilcapugio. Le remitió Juan Antonio Álvarez de Arenales la fuerza que tenía en Cochabamba, y Cornelio Zelaya se presentó con 300 reclutas. Sumados a los que trajo el caudillo indígena Cárdenas y los que envió Francisco Ortiz de Ocampo desde Charcas, invadió a Belgrano la equivocada impresión de haberse rehecho.

Equivocada, porque aunque tenía reunidos unos 3.400 hombres, la gran mayoría eran reclutas sin instrucción y mal armados. La artillería buena había quedado en Vilcapugio y solamente contaba con ocho malas y pequeñas piezas. De todos modos, el jefe del Ejército del Norte decidió tomar de nuevo la ofensiva. Siguiendo las clásicas obras de Bartolomé Mitre y de Bernardo Frías, puede reconstruirse lo que siguió.

A la decisión ya la tenía tomada Belgrano aunque, para guardar las formas, consultó en Macha a un consejo de guerra. Todos los oficiales opinaron que no se daban las condiciones para acometer batalla alguna. Díaz Vélez proponía correrse a Potosí y esperar en ese punto los cañones que le remitían de Salta. Gregorio Perdriel era partidario de ir al norte e internarse en la provincia de Oruro, tomar su capital y pasar desde allí a La Paz y a Cuzco. Las dos propuestas se basaban en que Pezuela no se hallaba en aptitud de perseguirlos, y que la larga campaña serviría para que se instruyesen los reclutas.

Belgrano resuelve

Belgrano descartó ambos planes. Argumentó que ir a Potosí desmoralizaría a la tropa, y que era imprudente internarse en Oruro en estación de lluvias y con pésimos caminos. Insistía en la debilidad de Pezuela y, finalmente, dio por cerrada la discusión. "Yo respondo a la Nación con mi cabeza del éxito de la batalla", afirmó rotundamente.

Sabedor de que Pezuela había levantado, el 29 de octubre, su campamento de Condo -tras sumar a sus fuerzas las guarniciones de Oruro, La Paz y Cuzco- y que venía en su búsqueda, Belgrano eligió para enfrentarlo el campo de Ayohuma, a pocas leguas de Macha. Por allí debían pasar forzosamente los realistas, tras descender de una elevada y escabrosa montaña. Se instaló entonces, de modo incomprensible, a dos leguas de esa montaña, y de allí ya no se movió. Estaba convencido de que los realistas lo atacarían de frente y que lograría la victoria.

A todo esto, Pezuela, luego de doce días de una marcha muy penosa por la falta de cabalgaduras, llegó a la cima de los llamados Altos de Taquiri. Allí descansó tres jornadas, mientras divisaba perfectamente, en el bajo, al ejército de Belgrano. Tuvo sobrado tiempo para planificar el encuentro.

Amanecer en Ayohuma

Hace dos siglos, el 14 de noviembre de 1813, al salir el sol, el ejército realista inició el laborioso descenso. Como Belgrano, con criterio inexplicable, no lo atacó en ese momento de tanta vulnerabilidad, la fuerza de Pezuela pudo llegar al llano. Allí se organizó y armó su artillería con toda tranquilidad. Estaba fuera de la vista de los patriotas, porque entre la montaña y el campo de Ayohuma se tendía una línea de lomas. Justamente, Belgrano pensaba que por ellas aparecería el enemigo.

Pero Pezuela tenía otra estrategia. Envió un grupo para que se mostrase en lo alto de las lomas, engañando a los patriotas. Destacó un cuerpo para que tomara un cerro a la espalda de aquéllos y, al mismo tiempo, marchó con el grueso de sus tropas -siempre fuera de la vista de Belgrano- hasta el fin de las lomadas.

Entonces, desembocó en la llanura por un punto que el jefe patriota no había calculado. Y, sin más trámite, su poderosa artillería de 18 cañones rompió sobre el Ejército del Norte un fuego feroz que no se interrumpió durante media hora. Después, Pezuela avanzó, mientras el cuerpo que ocupaba el cerro atacaba a los patriotas por el flanco.

La derrota

Recién entonces Belgrano ordenó el avance de su infantería. Se tornó muy complicado. Había pensado que las zanjas que cruzaban el campo servirían para entorpecer al enemigo, y ocurrió que se convertían en obstáculo para sus infantes.

De todos modos, bajo el fuego de los cañones y fusiles realistas, y demostrando un coraje que admiraría a Pezuela, la infantería patriota cruzó el campo. Pero cuando estaba a corta distancia de las líneas enemigas, no pudo cargar a la bayoneta porque se le vino encima, por el flanco y por la retaguardia, la fuerza realista. Los infantes terminaron abandonando el campo, mientras dejaban más de 800 prisioneros en manos del enemigo y la mitad de su armamento.

Así, el centro y el ala derecha de Belgrano quedaban definitivamente disueltos. La esperanza patriota residía en la caballería de la izquierda. Pezuela la miraba con temor, dado que era numerosa y bien montada, y por eso concentró, para enfrentarla, dos batallones de infantería y 10 cañones.

Al mando de Díaz Vélez se lanzaron los jinetes, recibidos por un sostenido cañoneo que los desbarató. Zelaya pudo reunirlos de nuevo y volvió a la carga una y otra vez, apoyado por los escuadrones de Diego Balcarce y Máximo Zamudio. Esto permitió que se pusiese a salvo la infantería, que de otro modo hubiera sido aniquilada en su totalidad.

Triste retirada

Pero nada podía alterar el resultado de un combate que ya estaba perdido. Belgrano y Díaz Vélez, no sin riesgo personal, lograron que los dispersos ganaran las lomas cercanas al campo de batalla. Allí Belgrano enarboló la bandera y ordenó a sus clarines que tocaran a reunión. Pudo congregar unos 400 infantes y unos 80 jinetes.

Quedaban en el campo de Ayohuma 200 muertos, 200 heridos y más de 500 prisioneros patriotas, además de toda la artillería, bagaje y parque. Las pérdidas de Pezuela ascendieron a unos 200 muertos y 300 heridos.

Con gran coraje, Díaz Vélez, con menos de un centenar de jinetes, protegió la retirada de los infantes, soportando un fuego graneado que no se detuvo hasta la puesta del sol. De esa retirada, la historia registra episodios como el de los soldados Alderete y Gaona, que perdieron la vida para proteger al mayor Ramón Estomba, herido en el muslo. O el denuedo con que el capitán José María Paz, al saber que su hermano Julián había perdido su caballo y nadie lo auxiliaba, volvió atrás desafiando todos los peligros para rescatarlo.

El 16 de noviembre, el derrotado Belgrano llegaba a Potosí, y dos días más tarde partía, rumbo a Jujuy, "al frente de poco más de 800 hombres, últimos restos de los vencedores de Tucumán y Salta", escribe Mitre.

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