20 Septiembre 2013 Seguir en 

Malestar, intolerancia, agresividad, insatisfacción, fanatismo, cobardía, son algunos de sus ingredientes. Circula por todas partes con mayor o menor intensidad, en forma individual o colectiva, muchas veces al amparo del poder económico y político. La violencia parece estar enquistada en el tejido social. Sacude a la ciudadanía a diario y los fines de semana, suele hacer su ronda por los estadios de fútbol. Se ha llegado al extremo de que los policías tucumanos han comenzado a negarse a velar por la seguridad del público en las canchas.
El responsable de Seguridad Deportiva dijo que les resulta cada vez más difícil conseguir agentes para cumplir con esa función. Son más de 240 los efectivos que se ocupan de esa labor durante los fines de semana. Cuando juegan Atlético y San Martín se emplea un promedio de 120, mientras que idéntica cantidad se ocupa de los partidos de la Liga y cuando juega San Jorge. El 80 % recibe un pago adicional, los agentes cobran como mínimo $105,68 y los oficiales $119,80.
La negativa no pareciera tener una razón económica, sino de maltrato. El público los escupe, les arrojan todo tipo de proyectiles y envases con orina. Y todos estos ataques son porque se enojan con su simple presencia. "En un comercio de barrio puedo ganar exactamente lo mismo y estoy mucho más tranquilo. No tengo que aguantarme un montón de cosas y corro menos peligro que en una cancha. Muchas veces los hinchas se divierten tirándonos cosas. En el partido contra Independiente, la hinchada de Atlético arrojó bengalas. A un compañero le quemaron el pantalón y después tuvo que gastar $500 en uno nuevo. No vale la pena, porque además del gasto, te amargás muchísimo con todo lo que vivís", le contaron los policías a nuestro cronista.
Los violentos siguen su marcha desafiando a la sociedad. "Sin acuerdo habrá balas en La Boca", fue el anónimo que pintaron en un paredón de Casa Amarilla, un complejo deportivo pegado al estadio en el que entrena el equipo de Carlos Bianchi. El presidente "xeneize" (hoy de licencia), Daniel Angelici, dijo que los dirigentes no tienen espaldas para erradicar a los barras bravas. "Tenemos una cuota de responsabilidad pero la mayor la tiene el Estado, que tiene la posibilidad", dijo. En Rosario Central, las cosas no van mejor. "Basta de joda, esto es Central", "Ganen el clásico o muerte", "Jugadores mercenarios, Central vale más que sus vidas", decían las leyendas en relación con el clásico con Newell's que debe jugarse el 20 de octubre. "Son uno o dos inescrupulosos y esquizofrénicos que están dolidos por estar afuera del club. Locos que nos quieren perjudicar. Gente que históricamente robó y devastó al club", sostuvo el titular de los "canallas".
El panorama es mucho más que preocupante, en especial en nuestra provincia. Si la autoridad le teme a la violencia de los hinchas, ¿qué puede esperar el resto de los simpatizantes -la mayoría- que asiste a una cancha sin otra pretensión que alentar al equipo de sus amores y pasar un momento agradable? En la medida que un sector de la dirigencia siga protegiendo a los inadaptados será difícil erradicar a los violentos. El Estado debería diseñar una política integral para enfrentar este flagelo social, haciendo hincapié en la educación, que le permita además desmontar las redes de corrupción. Si los violentos existen y se mantienen impunes es porque alguien los alimenta y los protege.
El responsable de Seguridad Deportiva dijo que les resulta cada vez más difícil conseguir agentes para cumplir con esa función. Son más de 240 los efectivos que se ocupan de esa labor durante los fines de semana. Cuando juegan Atlético y San Martín se emplea un promedio de 120, mientras que idéntica cantidad se ocupa de los partidos de la Liga y cuando juega San Jorge. El 80 % recibe un pago adicional, los agentes cobran como mínimo $105,68 y los oficiales $119,80.
La negativa no pareciera tener una razón económica, sino de maltrato. El público los escupe, les arrojan todo tipo de proyectiles y envases con orina. Y todos estos ataques son porque se enojan con su simple presencia. "En un comercio de barrio puedo ganar exactamente lo mismo y estoy mucho más tranquilo. No tengo que aguantarme un montón de cosas y corro menos peligro que en una cancha. Muchas veces los hinchas se divierten tirándonos cosas. En el partido contra Independiente, la hinchada de Atlético arrojó bengalas. A un compañero le quemaron el pantalón y después tuvo que gastar $500 en uno nuevo. No vale la pena, porque además del gasto, te amargás muchísimo con todo lo que vivís", le contaron los policías a nuestro cronista.
Los violentos siguen su marcha desafiando a la sociedad. "Sin acuerdo habrá balas en La Boca", fue el anónimo que pintaron en un paredón de Casa Amarilla, un complejo deportivo pegado al estadio en el que entrena el equipo de Carlos Bianchi. El presidente "xeneize" (hoy de licencia), Daniel Angelici, dijo que los dirigentes no tienen espaldas para erradicar a los barras bravas. "Tenemos una cuota de responsabilidad pero la mayor la tiene el Estado, que tiene la posibilidad", dijo. En Rosario Central, las cosas no van mejor. "Basta de joda, esto es Central", "Ganen el clásico o muerte", "Jugadores mercenarios, Central vale más que sus vidas", decían las leyendas en relación con el clásico con Newell's que debe jugarse el 20 de octubre. "Son uno o dos inescrupulosos y esquizofrénicos que están dolidos por estar afuera del club. Locos que nos quieren perjudicar. Gente que históricamente robó y devastó al club", sostuvo el titular de los "canallas".
El panorama es mucho más que preocupante, en especial en nuestra provincia. Si la autoridad le teme a la violencia de los hinchas, ¿qué puede esperar el resto de los simpatizantes -la mayoría- que asiste a una cancha sin otra pretensión que alentar al equipo de sus amores y pasar un momento agradable? En la medida que un sector de la dirigencia siga protegiendo a los inadaptados será difícil erradicar a los violentos. El Estado debería diseñar una política integral para enfrentar este flagelo social, haciendo hincapié en la educación, que le permita además desmontar las redes de corrupción. Si los violentos existen y se mantienen impunes es porque alguien los alimenta y los protege.







