26 Octubre 2003 Seguir en 
La economía es como el violín: se agarra con la izquierda, pero se toca con la derecha. Ese es el consejo que recibió hace tiempo el presidente Lula del economista tucumano Víctor Konzevik. Por esa sugerencia y por su visión de la realidad, los discursos del brasileño son pro-empresa y aluden a la necesidad de lograr crecimiento económico para después poder distribuir riqueza.
Si se pretende superar la crisis social, hay que crear empleo. Para multiplicar los puestos se trabajo se necesitan crecimiento y riqueza, como factores indispensables, y para que se produzcan esos cambios profundos hacen falta primero inversiones. No existen los milagros.
En sus mensajes, el presidente de Brasil agregó que sólo se puede distribuir riqueza desde el trabajo y la producción. Lula dijo que los que mejor saben de esos temas son los empresarios. "Necesitamos su apoyo, no tenemos que desanimarlos", aconsejó con criterio amplio.
También planteó que para tener una buena política social primero hay que tener una buena política económica. En ese punto se encuentra el nuevo gobierno de Tucumán. Entre repetir la historia y tropezar con la misma piedra, o producir un cambio que modifique la realidad y que deje resultados y un buen recuerdo.
José Alperovich heredará 900.000 tucumanos pobres; una desocupación que supera el 20%; 120.000 trabajadores con planes laborales subsidiados; miles de piqueteros que presionan; mucha gente (especialmente niños) con hambre y sin ayuda. También recibirá servicios públicos deteriorados (hospitales, escuelas, policía, infraestructura), una capital hundida en el caos y una estructura estatal sobredimensionada.
Tan graves como esas dificultades son los inconvenientes institucionales que soporta Tucumán, como la falta de respeto al orden jurídico y la falta de separación de los poderes.
Por ahora las inversiones apuntan sólo hacia sectores baratos o muy rentables, en los que vale la pena correr riesgos. Para que los empresarios se animen a poner en plata en serio se necesitan estabilidad, previsibilidad y un gobierno dispuesto a aprovechar el ciclo positivo, como el que disfrutan algunos sectores productivos.
Sin seguridad jurídica (más impuestos, presiones judiciales, corrupción, competidores en negro y caos estatal) y con reglas de juego que cambien irresponsablemente, volverán los temores y será más difícil rescatar a Tucumán del abismo. Para hacer negocios la clave está en la rentabilidad, es decir, en ganar dinero.
Existe un Tucumán artificial. Opulento, rico, que exhibe desvergonzado sus altos ingresos, frente a los sufrimientos de decenas de miles de personas que apenas subsisten en una especie de Edad Media moderna.
El nuevo gobierno puede aprovechar este período de grandes oportunidades que viven el país y Tucumán e intentar producir más y mejor para poder transferir riqueza. La redistribución, a través de sus distintos canales, no admite demoras.
Sin embargo, abundan las dudas y la paciencia de la gente tiene un límite. Tucumán cambió, pero los políticos son los mismos. No se fue casi ninguno.
Sigue la fiesta
Hubo un colapso social, económico y político con consecuencias tremendas, se quebraron las reglas de juego y miles de familias sufrieron pérdidas en sus patrimonios. Pero para la clase dirigente aquí no pasó nada y sigue la fiesta. No lo quieren entender: si se mantiene la pobreza, Tucumán no tiene salida.
Al gobierno le sobrará dinero, tendrá superávit. Puede usarlo para aumentar los sueldos, para fines sociales o para obras públicas, o malgastarlo. Una u otra decisión determinará si vuelven las inversiones y se reanima el aparato productivo.
Cuando triunfan los pícaros o los mafiosos, es difícil aprender a competir. El mundo es duro.
La confianza es el principal capital que puede desparramar el alperovichismo para treparse al ciclo positivo de la economía y superar los aprietes políticos del peronismo. Prometerá y dirá muchas cosas, pero, al igual que al saliente y desgastado mirandismo, lo medirán sólo por los resultados de su gestión.
Si se pretende superar la crisis social, hay que crear empleo. Para multiplicar los puestos se trabajo se necesitan crecimiento y riqueza, como factores indispensables, y para que se produzcan esos cambios profundos hacen falta primero inversiones. No existen los milagros.
En sus mensajes, el presidente de Brasil agregó que sólo se puede distribuir riqueza desde el trabajo y la producción. Lula dijo que los que mejor saben de esos temas son los empresarios. "Necesitamos su apoyo, no tenemos que desanimarlos", aconsejó con criterio amplio.
También planteó que para tener una buena política social primero hay que tener una buena política económica. En ese punto se encuentra el nuevo gobierno de Tucumán. Entre repetir la historia y tropezar con la misma piedra, o producir un cambio que modifique la realidad y que deje resultados y un buen recuerdo.
José Alperovich heredará 900.000 tucumanos pobres; una desocupación que supera el 20%; 120.000 trabajadores con planes laborales subsidiados; miles de piqueteros que presionan; mucha gente (especialmente niños) con hambre y sin ayuda. También recibirá servicios públicos deteriorados (hospitales, escuelas, policía, infraestructura), una capital hundida en el caos y una estructura estatal sobredimensionada.
Tan graves como esas dificultades son los inconvenientes institucionales que soporta Tucumán, como la falta de respeto al orden jurídico y la falta de separación de los poderes.
Por ahora las inversiones apuntan sólo hacia sectores baratos o muy rentables, en los que vale la pena correr riesgos. Para que los empresarios se animen a poner en plata en serio se necesitan estabilidad, previsibilidad y un gobierno dispuesto a aprovechar el ciclo positivo, como el que disfrutan algunos sectores productivos.
Sin seguridad jurídica (más impuestos, presiones judiciales, corrupción, competidores en negro y caos estatal) y con reglas de juego que cambien irresponsablemente, volverán los temores y será más difícil rescatar a Tucumán del abismo. Para hacer negocios la clave está en la rentabilidad, es decir, en ganar dinero.
Existe un Tucumán artificial. Opulento, rico, que exhibe desvergonzado sus altos ingresos, frente a los sufrimientos de decenas de miles de personas que apenas subsisten en una especie de Edad Media moderna.
El nuevo gobierno puede aprovechar este período de grandes oportunidades que viven el país y Tucumán e intentar producir más y mejor para poder transferir riqueza. La redistribución, a través de sus distintos canales, no admite demoras.
Sin embargo, abundan las dudas y la paciencia de la gente tiene un límite. Tucumán cambió, pero los políticos son los mismos. No se fue casi ninguno.
Sigue la fiesta
Hubo un colapso social, económico y político con consecuencias tremendas, se quebraron las reglas de juego y miles de familias sufrieron pérdidas en sus patrimonios. Pero para la clase dirigente aquí no pasó nada y sigue la fiesta. No lo quieren entender: si se mantiene la pobreza, Tucumán no tiene salida.
Al gobierno le sobrará dinero, tendrá superávit. Puede usarlo para aumentar los sueldos, para fines sociales o para obras públicas, o malgastarlo. Una u otra decisión determinará si vuelven las inversiones y se reanima el aparato productivo.
Cuando triunfan los pícaros o los mafiosos, es difícil aprender a competir. El mundo es duro.
La confianza es el principal capital que puede desparramar el alperovichismo para treparse al ciclo positivo de la economía y superar los aprietes políticos del peronismo. Prometerá y dirá muchas cosas, pero, al igual que al saliente y desgastado mirandismo, lo medirán sólo por los resultados de su gestión.







