La hija del juez Herrera Molina le envió una dura carta a Sara Alperovich

La hija del juez Herrera Molina le envió una dura carta a Sara Alperovich

En la misiva le remarca -entre otras cosas- que con el caso Lebbos ahora es su familia la que sufre el linchamiento de la sociedad. "Lo que uno da, luego lo recibe", le escribió.

CRÍTICAS. La hija del magistrado descargó contra Sarita. ARCHIVO LA GACETA CRÍTICAS. La hija del magistrado descargó contra Sarita. ARCHIVO LA GACETA
07 Agosto 2013
En una nueva carta -la tercera-, María Herrera Molina, hija del juez Emilio Herrera Molina, quien integró el Tribunal que juzgó y absolvió a los 13 imputados por el secuestro de Marita Verón, volvió a dirigirse a Sara Alperovich, la hija del gobernador José Alperovich.

En la misiva, Herrera Molina remarca -entre otras cosas- que la hija del mandatario no atendió, otra vez, sus pedidos anteriores y criticó duramente al Gobernador por lo sucedido meses atrás.

Además, le remarcó que, con el caso Lebbos, son ellos los que ahora sufren el linchamiento público de la sociedad. "Lo que uno da, luego lo recibe. Hoy la sociedad, ávida de escándalo y venganza, ya ha pronunciado su condena en el caso de Paulina, con todo rigor y contundencia, a lo largo y a lo ancho del país", dice un fragmento de la carta.

Esta es la tercera carta divulgada por la hija del magistrado. En febrero ya había publicado otras dos en la red social Facebook, en la que destacaba la importancia de la investigación preliminar en el caso Verón, e instó a Sara Alperovich a interceder ante el gobernador para evitar que su padre sea removido del cargo.

A continuación, reproducimos la carta completa:

Recuerdo cuando te pedí que le hicieras entender a tu padre  que no había derecho para perseguir a mi papá,  sabiendo que era absolutamente inocente y que sólo había cumplido con sus deberes constitucionales.

Recuerdo cuando papá no encontraba explicación de porqué en la política no se respetan personas, ni honras ni familia.

Tengo muy presente mi desesperación y dolor frente a las calumnias de la Sra. Trimarco, de la propia presidenta y de tu padre, cuando se referían  a mi papá como funcional a la infame  trata de personas y corrupto, porque –afirmaban- había recibido millones de dólares para dictar la absolución.

Recuerdo los silencios de papá, su sufrimiento y el de toda nuestra familia, masticando los insultos y las difamaciones, contemplando impotentes que desde la cima más alta del poder se haya decidido lincharlos, aún a sabiendas que eran probos y que él y los otros dos jueces, solamente habían cumplido con coraje ejemplar sus obligaciones, más allá de los posibles errores comunes a la naturaleza humana.

Me han quedado grabadas las palabras de papá cuando nos explicaba que la presunción de inocencia es la base de la civilización occidental y que su preservación es la obligación moral más importante de todo juez penal, pues solamente la certeza absoluta de culpabilidad puede vencer a ese principio que enseña: “que hiere a la dimensión  ética del derecho que un inocente sea privado de su libertad y que ello es más grave que diez delincuentes libres”.

Que ellos habían tenido dudas, y ante esa duda, su obligación legal era decidir a favor del acusado. Y que si se habían equivocado, existían instancias superiores que eventualmente pudieran rectificar errores. 

A tu padre no le importó nada de esto. No se detuvo porque sus intereses políticos le exigían la cabeza de los jueces y persiguió desde el  poder del Estado a tres inocentes buscando su destitución y negándoles hasta sus derechos previsionales. En ese camino lo acompañó especialmente su lacayo preferido en la legislatura, el inefable Sisto Terán Nougues.

Desde el vértigo y la velocidad del poder parece que las cosas solamente le pueden ocurrir a los otros, a las personas de a pie, y eso es lo que se llama impunidad y omnipotencia.

Como te decía, las altas murallas del castillo del poder se están desmoronando  y lo que uno da, luego lo recibe. Hoy la sociedad, ávida de escándalo y venganza, ya ha pronunciado su condena en el caso de Paulina, con todo rigor y contundencia, a lo largo y a lo ancho del país.

Yo podría quedarme a observar el ahondamiento del linchamiento público al que ahora ustedes se encuentran sometidos. Pero estaría actuando en infracción ética  y satisfaciendo bajos instintos, y no nobles ideales.

He decidido dar una lucha frontal por la vigencia total del principio de inocencia como basamento de  toda sociedad  civilizada. Culturalmente debemos dar un gran salto cualitativo que elimine la justicia plebiscitaria o popular y confíe en la justicia de las pruebas y de las leyes. 

Con toda la legitimidad que tengo por haber sido la parte injuriada por la crítica fácil e irresponsable, he deponer un granito de arena en evitar los linchamientos populares. 
Que todos tengan derecho a un juicio justo y con todas las garantías.
No he defendido solamente a mi papá. He defendido valores, ideas y conceptos, que hablan de una dimensión  superior de las libertades y de las garantías ciudadanas que se manifiestan en república, libertad, independencia de poderes y el imperio de la ley.

 Esos mismos  valores, ideas y conceptos son aquellos que me impiden sumarme a la larga  procesión de quienes claman condena pública sin esperar  antes un juicio serio, equitativo y con todas las garantías, Solo de ese modo habrá triunfado el estado de derecho, aquél  mismo que tu padre ha pisoteado. Se genera violencia de diversas maneras. Una, es pisoteando con soberbia a los demás.

La vida nos da sorpresas... y lecciones. ¿Será posible ver a tu padre realizar una autocrítica de su conducta en el caso de papá?
Y si  los acusados en el caso de Paulina son inocentes –como debemos todos sostener ante la vigencia del principio constitucional-, ¿No  querrá tu padre jueces probos y valientes –como mi papá- , que no se dejen llevar por  la condena popular? 

Están muy preocupados por el rumor. Pero deberás coincidir que el rumor nace en el seno de la sociedad y lo que tu padre ha hecho con el mío es muchísimo más grave porque ha utilizado su cargo y todo el poder del estado para agredirlo y condenarlo, en una actitud de deliberada crueldad.
Invocando al artículo que publicó el diario La Gaceta en el día de ayer de Fernando

Díaz Cantón, te puedo decir que todo lo que él reclama como debido y correcto es precisamente lo que hizo mi papá y lo que tu padre con total desparpajo se encargó de aniquilar.

La condena y la venganza popular son el resultado de la democratización de la justicia. Por el contrario, el juicio serio, conforme a pruebas y al principio de inocencia es el resultado de una república sólida  y con poderes independientes. ¿Cuál han de preferir?

Yo sigo esperando que un amparo a la salud que preserve la vida de mi papá termine lo antes posible y que la Dra. Claudia Sbdar no se siga prestando al juego perverso de la dilación, en una actitud de indigna complacencia con el P.E. que pone al Poder Judicial de rodillas y sometido a los designios de su jefe.

Vos deberías rogar que en  tus futuras causas familiares  intervengan magistrados que en etapas de sus vidas en la que se deberían privilegiar  dignidades y convicciones, no resignen las mismas con sobreactuaciones destinadas a congraciarse con el poder circunstancial.
 
Te puedo asegurar que en algún momento, al poder lo tendrán otros, y que ustedes  rogarán -más que ahora incluso- que la justicia les garantice sus derechos, y que jueces valientes actúen motivados únicamente, por la ley y resulten impermeables a todo clamor o humor popular o requerimiento político circunstancial.   

María Herrera
7 de Agosto de 2013

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