Lo que el balance se llevó

Por Natalia Viola 04 Diciembre 2012
El balance es al fin de año lo que el vitel toné es a la mesa de Navidad: imposible de evadir. A nadie le gusta, pero todos terminan sirviéndose una porción. A nadie le copa darse cuenta de que el listado de firmes propósitos que hizo para 2012 no se cumplió ni por la mitad.

Pero bueno, llega diciembre y, además del clima, del con quién pasás las fiestas y del qué pensás hacer en las vacaciones también te salen con eso de: "¡qué año, che! Increíble, pero se nos pasó, nomás".

Entonces caés en la cuenta de que nunca te inscribiste en ese taller de teatro que querías, tampoco fuiste perseverante en el gimnasio, no leíste un libro por mes, ni tampoco exploraste el cine paquistaní. No probaste con la pintura mural, ni desempolvaste las partituras de piano. Menos que menos visitaste a un enfermo, ni siquiera a tu tía con Alzheimer. Tampoco llevaste a tus sobrinos al cine tanto como habías prometido. En definitiva, no hiciste nada. O sí, hiciste mucho, pero de otras cosas.

Dicen que es bueno ponerse metas y propósitos. A veces eso te hace dudar: ¿no es para que luego no te falte material para castigarte? Y a esta altura has cosechado bastante. Una de dos: o te lamentás hasta caer en una profunda y oscura depresión o refritás el listadito y le das otra chance en 2013.

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