La tablet y el aire acondicionado

Por Santiago Garmendia - Doctor en Filosofía - Docente UNT

25 Noviembre 2012
Conozco quien decía a sus hijos "Yo no tuve aire acondicionado y me crié bien", para negarse a comprar una de esas imprescindibles máquinas de hacer frío. Un extremo indeseable y una impostura, una verdad engañosa: si todos los padres de la historia tuviesen esta actitud, pues no hubiéramos progresado un ápice.

Un amigo mío, en cambio, le llegó a comprar una tableta a su hija de cinco años. La niña lo sorprendió con un "para qué sirve" que congeló su sonrisa de "mirá mirá qué bueno". Su respuesta improvisada fue "para todo". A diferencia de las noches de calor agobiante que claman por un "Frío en Máximo", en el segundo caso no había ninguna necesidad. La niña no identificaba -hasta el regalo- que algo le faltaba. El padre, buscando tapar un hueco que no existe, lo ha creado. Ahora la niña pide el nuevo modelo. Siempre estamos entre nostálgicos negadores y adictos a la novedad.

La adicción a la novedad tecnológica es la puesta en práctica del credo de que todo lo nuevo es mejor. Subyace a esta idea un determinismo tecnológico: la tecnología es una escalada de éxitos que tiene una lógica autónoma. Como dice el filósofo canadiense Andrew Feenberg, tendemos a hacer una especie de cadena evolutiva con los aparatos: el disco de vinilo, el cassette, el CD, etc. de tal forma que lo que siga en la serie es necesariamente superior a lo otro. Esta forma de ver el mundo tecnológico nos impide considerar todas las contingencias y los intereses que operan en esta cadena que parece ser "natural".

Muchos de los productos del mercado obedecen a contingencias como los competidores del momento, las fuentes de energía que los fabricantes pretendan que utilicemos, la disponibilidad de materiales, etc.

En esta forma de plantear la tecnología todo ha de quedar pronto fuera de circulación para acelerar la necesidad de reposición o actualización. Consumir es gastar, tragar, devorar.

En mi casa hay cinco computadoras. Casi todas conforman una larga línea de trabajo. Una de ellas tiene la función de descargar material de internet, vive una existencia recluida porque está siempre infectada por algún virus.

En otra escribo mientras estoy en casa; otras dos, que son las más livianas, funcionan de prótesis al salir. La quinta es la más interesante, la usa mayormente mi hijo Bautista, de cuatro años, para ver trenes en YouTube y jugar a Angry Birds, siempre en intervalos de tiempo razonables. No se lo alenté, sino que un día me dijo con total espontaneidad: vos tenés muchas ¿me prestás una un ratito así?, al tiempo que cerraba un ojo y alineaba el otro con un pequeño hiato entre los dedos. Recordé los dos casos del aire acondicionado y de la tableta y le dije: negociemos.

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