Hay fases en la desesperación por el desempleo

Al principio, el afectado actúa como si estuviera de vacaciones. Finalmente, viene la depresión. (Por Omar Segura).

21 Septiembre 2003
Los investigadores Jahoda, Eisenberg y Lazarsfeld han descrito las tres fases psicológicas que aparecen después de la pérdida del puesto de trabajo.
Primero el afectado niega la situación. Muestra un sentimiento de "estar de vacaciones". Efectúa reparaciones en el hogar, pinta las paredes, limpia meticulosamente su automóvil.
Después entra en un estado de congoja, aflicción y angustia al comprobar que no puede encontrar trabajo. La amenaza de pobreza puede convertirse en una obsesión. Se idealizan las ocupaciones anteriores. La mayor parte del tiempo se dedica a buscar trabajo, con peligro de agotamiento y un trasfondo de desolación.
Finalmente, deprimido y resignado, se acomoda al estilo de vida del desempleado. Dosifica la búsqueda de trabajo y restringe sus relaciones sociales. Ve mucha televisión, como si la familia le fuera ajena. Corre el riesgo de resignarse a su condición de desempleado. La falta de trabajo puede convertirse en un elemento consustancial de la persona para el resto de su vida.
Además de brindar la sensación de poder modificar el entorno, el trabajo permite desarrollar determinadas capacidades, nos sumerge en la comunidad y ofrece la oportunidad de tener un papel en ella. Surgen objetivos individuales o comunitarios. El trabajo tiene aspectos alienantes, pero la alienación parece aún más fuerte en los desocupados, según el experto en salud laboral Oriol Ramis.
La condición de desocupado lleva a un ocio forzoso: una nueva fuente de tensión. Los cambios que origina esta situación obligan a repensar la situación del individuo con relación a la familia, a la sociedad y a sí mismo. Es una encrucijada psicológica que aumenta la ansiedad y los síndromes depresivos, según Ramis.

Reconocimiento social
La privación de un código social y la consiguiente frustración podrían ser muy perjudiciales para la propia autoestima, lo que puede acentuar la sensación de pérdida del control sobre el propio destino, según la investigadora Eunice Rodríguez, autora de una tesis sobre el tema para la Universidad de California.
La precarización de las condiciones de vida que acarrea el paro incide en la salud: la nutrición, educación, condiciones de la vivienda y otros factores determinantes en la salud empeoran, según un informe del sindicato español Comisiones Obreras (CCOO).
La disminución de ingresos abarata la alimentación que se traduce en un déficit de proteínas, e impide mantener niveles adecuados de comodidad, temperatura e higiene en la vivienda. El trabajo estructura el tiempo diario de las personas y facilita las relaciones, favorece la autoestima al recibir remuneración por ejercer actividades y habilidades aprendidas y disfrutar del ocio y las vacaciones como algo merecido.
La vulnerabilidad psíquica del desocupado también puede causar cambios de hábitos nocivos, como la alteración de la dieta, el tabaquismo, el alcoholismo o el insomnio. Además, el desempleo de larga duración ha sido relacionado estadísticamente con un aumento de las enfermedades nerviosas y cardiovasculares y de los trastornos psíquicos, como depresión, ansiedad, estrés, insomnio e insatisfacción. El estudio de CCOO revela que en las poblaciones de más de 50.000 habitantes con tasas de desempleo de más de un 10 por ciento, hay un aumento en el consumo de psicofármacos de más del 18 por ciento, respecto de etapas de estabilidad económica.
Las encuestas sanitarias de Barcelona (España) indican las diferencias entre los trabajadores ocupados y los desempleados: los segundos no sólo sufren más casos de depresión sino que perciben su propio estado de salud como peor, comparados con los primeros. (Especial).

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