21 Septiembre 2003 Seguir en 
La nueva realidad económica está produciendo alteraciones profundas. Aunque se descrea, hay una nueva Tucumán, pujante y rica, que brota de la devaluación (los productores pasaron de ganar 1 x 1 a 3 x 1, por el tipo de cambio, y mejoraron los precios de los mercados) y de los virajes que se registran en el agro (el auge de la soja es casi milagroso).
De esos datos se aferran los financistas para plantear que Tucumán tiene muchas oportunidades para hacer negocios. Además, es un excelente momento para empezar a actuar, aunque persista la desconfianza. Sobran las inversiones a corto término, pero pocos colocan apuestas que se proyectan hacia el largo plazo.
Los empresarios más rápidos comenzaron hace tiempo a lanzar redes para captar nuevos negocios. Son ágiles y, en cuanto perciben el aroma a dólar, como los depredadores que sienten el olor a sangre, muerden.
Los ingresos de esa próspera porción tucumana son millonarios. Las economías regionales y otros productores y comerciantes están de parabienes. Eso es visible en los niveles de vida de esas escuetas franjas, en sus patrones de consumo, en la ostentación que varios exhiben y, lo que es más trascendente, en sus decisiones de invertir.
Están comprando tierras e inmuebles, desmontando, ampliándose, arrendando y haciendo toda clase triquiñuelas financieras con discreto ímpetu. Con plata, cualquiera hace negocios.
Los conforma, por un lado, el arreglo con el FMI, que tranquiliza al país por lo menos durante un año, si Kirchner se mueve con sensatez; la baja de las tasas; el fortalecimiento del peronismo, que permitirá que el gobierno avance con mayor firmeza hacia el futuro y, también, el cambio de gobierno Miranda-Alperovich, que despierta expectativas esperanzadoras y atemorizadas.
La otra vereda
Pero Tucumán no deja de sufrir. En la vereda opuesta, el 80% de los tucumanos espera que les toque una porción de la nueva torta que se están repartiendo entre unos cuantos privilegiados. Una sociedad dividida, empobrecida e improductiva deja poco resto para que los movimientos económicos del mercado interno catapulten a la industria, el comercio, a los servicios, a las PyME y a las micro-compañías hacia escalones más rentables.
Con timidez está volviendo el crédito y las tasas descienden, aunque todavía oscilan en niveles impagables.
La gente sólo quiere que la dejan trabajar, producir y vender. Esa es la base del sistema de mercado que, también, necesita que funcionen bien instituciones como la Justicia y el respeto a los contratos y a la propiedad privada.
El Estado trata, según el presupuesto nacional, de seguir impulsando la inversión pública, mediante obras (quizás se construyan viviendas, escuelas y hasta la ruta 38) y más aportes para el plan Jefas y Jefes de Hogar.
Pero para que renazca la inversión privada es indispensable que se gatillen otros mecanismos: el principal es la confianza.
Ampliar el espectro exportador no es suficiente para salir adelante y hay que crear condiciones para impulsar la demanda interna (dos terceras partes de la economía), a medida que se agotan los efectos de la devaluación, persisten los salarios sin aumentos y crece la recaudación por los elevados impuestos.
Se espera que, terminadas las elecciones, se agoten en Tucumán las peleas políticas, que distraen a la dirigencia y son improductivas para facilitar el crecimiento, con más producción, incremento de los salarios, y erradicación del desempleo y de la pobreza.
De esos datos se aferran los financistas para plantear que Tucumán tiene muchas oportunidades para hacer negocios. Además, es un excelente momento para empezar a actuar, aunque persista la desconfianza. Sobran las inversiones a corto término, pero pocos colocan apuestas que se proyectan hacia el largo plazo.
Los empresarios más rápidos comenzaron hace tiempo a lanzar redes para captar nuevos negocios. Son ágiles y, en cuanto perciben el aroma a dólar, como los depredadores que sienten el olor a sangre, muerden.
Los ingresos de esa próspera porción tucumana son millonarios. Las economías regionales y otros productores y comerciantes están de parabienes. Eso es visible en los niveles de vida de esas escuetas franjas, en sus patrones de consumo, en la ostentación que varios exhiben y, lo que es más trascendente, en sus decisiones de invertir.
Están comprando tierras e inmuebles, desmontando, ampliándose, arrendando y haciendo toda clase triquiñuelas financieras con discreto ímpetu. Con plata, cualquiera hace negocios.
Los conforma, por un lado, el arreglo con el FMI, que tranquiliza al país por lo menos durante un año, si Kirchner se mueve con sensatez; la baja de las tasas; el fortalecimiento del peronismo, que permitirá que el gobierno avance con mayor firmeza hacia el futuro y, también, el cambio de gobierno Miranda-Alperovich, que despierta expectativas esperanzadoras y atemorizadas.
La otra vereda
Pero Tucumán no deja de sufrir. En la vereda opuesta, el 80% de los tucumanos espera que les toque una porción de la nueva torta que se están repartiendo entre unos cuantos privilegiados. Una sociedad dividida, empobrecida e improductiva deja poco resto para que los movimientos económicos del mercado interno catapulten a la industria, el comercio, a los servicios, a las PyME y a las micro-compañías hacia escalones más rentables.
Con timidez está volviendo el crédito y las tasas descienden, aunque todavía oscilan en niveles impagables.
La gente sólo quiere que la dejan trabajar, producir y vender. Esa es la base del sistema de mercado que, también, necesita que funcionen bien instituciones como la Justicia y el respeto a los contratos y a la propiedad privada.
El Estado trata, según el presupuesto nacional, de seguir impulsando la inversión pública, mediante obras (quizás se construyan viviendas, escuelas y hasta la ruta 38) y más aportes para el plan Jefas y Jefes de Hogar.
Pero para que renazca la inversión privada es indispensable que se gatillen otros mecanismos: el principal es la confianza.
Ampliar el espectro exportador no es suficiente para salir adelante y hay que crear condiciones para impulsar la demanda interna (dos terceras partes de la economía), a medida que se agotan los efectos de la devaluación, persisten los salarios sin aumentos y crece la recaudación por los elevados impuestos.
Se espera que, terminadas las elecciones, se agoten en Tucumán las peleas políticas, que distraen a la dirigencia y son improductivas para facilitar el crecimiento, con más producción, incremento de los salarios, y erradicación del desempleo y de la pobreza.







