Este modelo está terminado. Agoniza. Lo mejor sería que tuviera lo antes posible una muerte digna. Velarlo y sepultarlo. Se lo creó hace ya tiempo, pero a esta altura no sirve de nada. No sirve. Y, aunque nos duela, aunque sea muy complicado aceptarlo, hay que saberlo. La lucha contra los narcotraficantes está perdida. Ellos van a seguir con su negocio. Ellos ya ganaron. Y nosotros, los que los sufrimos, debemos planear y poner en marcha otro proyecto, cambiar de estrategia. Así no vamos a ninguna parte.
Si fuera una cuestión científica habría que preguntarse cómo por cada vendedor de droga detenido otros tres toman su lugar. En términos matemáticos se multiplican. Y así, erradicarlos, es imposible. Es que, y eso ya lo sabemos todos, la Policía no piensa, no sabe o no quiere hacer prevención. Se aboca pura y exclusivamente a la represión. Y siempre, siempre, llegan tarde. Cuando creen haber descubierto un kiosco de venta de estupefacientes, al menos otros tres ya también abrieron sus puertas, o sus ventanas.
Los investigadores siempre corren por detrás. Hay que admitir que, para los que en realidad se toman su trabajo en serio, no es fácil. La ley no está hecha para que puedan actuar con rapidez y, aunque pudieran, la mayor parte de las veces no lo hacen igual. Para ellos no basta con que alguien les diga "en esa casa venden droga". No se termina con una irrupción violenta, pateando puertas. Los jueces (y aquí ya tiene que ver una cuestión de derechos) exigen pruebas. Y los policías tienen "la marca de la gorra". Hacer un seguimiento para fotografiar, filmar u obtener testimonios contundentes es muy complicado. Los dealers los huelen. Unos le llamarán burocracia. Otros, legalidad. Pero es lo que hay. El gobierno nacional hizo un show con la detención del narco colombiano Henry de Jesús "Mi Sangre" López Londoño. Que es uno de los tipos más peligrosos del mundo, que el seguimiento de la ex SIDE, que la versatilidad de los investigadores. Nada, pero nada dijeron de cómo pudo haber entrado al país semejante personaje.
Con la Policía fuera de combate, con leyes que prevén pocos años de pena para los detenidos, con un sistema judicial rebasado, poner el ojo solamente sobre los que venden es difícil. Entonces la misión, la real lucha, debería ser tratar de salvar a las víctimas de los delincuentes. A los compradores, a los adictos. Es a ellos a quien hay que ayudar, apuntalar y tratar de evitar, por todos los medios posibles, que caigan en las garras de los asesinos. Pero, y siempre en este tema hay un pero, el Estado también está ausente en esa lucha. No hace. Ya no es sólo incumbencia de la Secretaria de Prevención de las Adicciones, que más que trabajar con acciones en ese campo, da charlas, distribuye material educativo... pero nada más. El ministerio de Desarrollo Social tampoco aparece. De ellos dependería que los chicos tuvieran actividades que los alejaran de los delincuentes, pero no....
Así, todo queda en manos de superhéroes, en su mayoría anónimos que, con empeño, paciencia y compromiso se dedican a construir. Son deportistas, pastores evangélicos, curas y monjas, miembros de ONGs, empresarios bien intencionados... Son los que enseñan música, oficios, deportes. Los que cocinan, los que escuchan, los que aconsejan. Los que ponen a disposición el tiempo que a veces no tienen, y el dinero que seguro que no tienen. Y por suerte, de esos hay muchos en Tucumán. Caminan por lugares a los que la Policía, por miedo o por desidia, ni entra. Son esos superhéroes a los que hay que encomendarse. Son ellos, y las madres que hablan, denuncian y protegen los verdaderos artífices de un triunfo. Es a ellos a quienes hay que apoyar. Son el último bastión de la resistencia.
Si fuera una cuestión científica habría que preguntarse cómo por cada vendedor de droga detenido otros tres toman su lugar. En términos matemáticos se multiplican. Y así, erradicarlos, es imposible. Es que, y eso ya lo sabemos todos, la Policía no piensa, no sabe o no quiere hacer prevención. Se aboca pura y exclusivamente a la represión. Y siempre, siempre, llegan tarde. Cuando creen haber descubierto un kiosco de venta de estupefacientes, al menos otros tres ya también abrieron sus puertas, o sus ventanas.
Los investigadores siempre corren por detrás. Hay que admitir que, para los que en realidad se toman su trabajo en serio, no es fácil. La ley no está hecha para que puedan actuar con rapidez y, aunque pudieran, la mayor parte de las veces no lo hacen igual. Para ellos no basta con que alguien les diga "en esa casa venden droga". No se termina con una irrupción violenta, pateando puertas. Los jueces (y aquí ya tiene que ver una cuestión de derechos) exigen pruebas. Y los policías tienen "la marca de la gorra". Hacer un seguimiento para fotografiar, filmar u obtener testimonios contundentes es muy complicado. Los dealers los huelen. Unos le llamarán burocracia. Otros, legalidad. Pero es lo que hay. El gobierno nacional hizo un show con la detención del narco colombiano Henry de Jesús "Mi Sangre" López Londoño. Que es uno de los tipos más peligrosos del mundo, que el seguimiento de la ex SIDE, que la versatilidad de los investigadores. Nada, pero nada dijeron de cómo pudo haber entrado al país semejante personaje.
Con la Policía fuera de combate, con leyes que prevén pocos años de pena para los detenidos, con un sistema judicial rebasado, poner el ojo solamente sobre los que venden es difícil. Entonces la misión, la real lucha, debería ser tratar de salvar a las víctimas de los delincuentes. A los compradores, a los adictos. Es a ellos a quien hay que ayudar, apuntalar y tratar de evitar, por todos los medios posibles, que caigan en las garras de los asesinos. Pero, y siempre en este tema hay un pero, el Estado también está ausente en esa lucha. No hace. Ya no es sólo incumbencia de la Secretaria de Prevención de las Adicciones, que más que trabajar con acciones en ese campo, da charlas, distribuye material educativo... pero nada más. El ministerio de Desarrollo Social tampoco aparece. De ellos dependería que los chicos tuvieran actividades que los alejaran de los delincuentes, pero no....
Así, todo queda en manos de superhéroes, en su mayoría anónimos que, con empeño, paciencia y compromiso se dedican a construir. Son deportistas, pastores evangélicos, curas y monjas, miembros de ONGs, empresarios bien intencionados... Son los que enseñan música, oficios, deportes. Los que cocinan, los que escuchan, los que aconsejan. Los que ponen a disposición el tiempo que a veces no tienen, y el dinero que seguro que no tienen. Y por suerte, de esos hay muchos en Tucumán. Caminan por lugares a los que la Policía, por miedo o por desidia, ni entra. Son esos superhéroes a los que hay que encomendarse. Son ellos, y las madres que hablan, denuncian y protegen los verdaderos artífices de un triunfo. Es a ellos a quienes hay que apoyar. Son el último bastión de la resistencia.







