El otro mundo queda acá

Roberto Delgado
Por Roberto Delgado 30 Octubre 2012
La triste notoriedad de la Costanera como un mundo abandonado por los hombres y donde reinan el "paco" y los narcoadictos se expande. Ya no son 14 barrios a las márgenes del río Salí, sino una franja muy extensa de vecindarios precarios empujados a la marginalidad.

Era, hace 10 años, un fenómeno marcado por el mito urbano de las zapatillas colgadas de los cables de la luz: se decía que bajo una zapatilla había un quiosquito de venta de estupefacientes. Hoy no hay zapatillas: los quioscos pululan por la Costanera (hay unos 300 transas o vendedores, muchos con familias con quiosquitos). El fenómeno de hace una década hoy es asunto cotidiano, imparable pese a los 123 allanamientos desde 2009, los 186 detenidos y los 10 (miserables) kilos de droga secuestrada.

Otro mundo, parece. Pero está muy cerca y sus límites son difusos. Hace unos días se mencionó que el "paco" ya aparecía El Colmenar y Las Talitas. Y parece que el universo en riesgo rodea la capital como una herradura de barrios unidos por la inestabilidad, la falta de consolidación social y las necesidades mínimas insatisfechas: arriba, el cordón del canal Norte, que roza Villa Muñecas, Los Pocitos y Barrios San Ramón y San Roque; al este, la Costanera y la franja entre avenidas Juan B. Justo y de Circunvalación, hasta San Cayetano; y luego la franja del canal Sur, rozando los barrios El Salvador y Ejército Argentino.

No está claro cuánta gente está al borde de la precariedad: ¿200.000 personas? ¿Una cuarta parte de los habitantes del Gran Tucumán? El titular de la Sedronar, Rafael Bielsa, calcula que en Rosario (hoy convulsionada, como toda Santa Fe, por el escándalo de policías sospechados de estar vendidos a los narcos) hay 250.000 personas en villas miseria, sobre una población de 1 millón de habitantes. Bielsa dice que en Rosario hay 400 quioscos de droga que producen 8.000 pesos diarios. ¿Se hará el cálculo en Tucumán?

Acaso Santa Fe sea una alerta. Eso planteó Hermes Binner, que pide que las provincias y la Nación hagan un mapa del tráfico de drogas y de su distribución.

Sobre eso, al menos Bielsa dice que "los grandes capos son los dueños de las rutas de distribución". Se mencionan cinco grandes bandas en Santa Fe, según cita "La Nación".

En Tucumán ni siquiera se habla de los barones de la droga, los que reparten los residuos a los pequeños narcoadictos para que vendan y se quemen el cerebro con el "paco", o que se peleen entre sí: la policía cree que el joven adicto José Palavecino fue asesinado en venganza por otro adicto, apodado "Zoquete".

De los capos nadie sabe nada. Pero alguien les debe entregar el producto a los vendedores y a sus familias, que hacen crecer el negocio en forma geométrica, a pesar de los constantes operativos de la policía antidrogas.

Un cono de sombra protege a los barones de la droga. No se sabe si hay policías involucrados, aunque los adictos le dijeron a LA GACETA que creen que los narcos organizados tienen contactos con policías.

Conclusión: del escándalo de la Costanera a fines de 2008 con la muerte de un joven y el incendio de la casa de un transa, sólo quedó el ruido del operativo de Desarrollo Social para poner talleres de capacitación que, según los vecinos, ya no existen. Las madres exigen "droga cero", pero el Estado no tiene diagnóstico ni sabe qué hacer y por eso -dicen los vecinos- los transas "tienen el poder intacto".

Tal vez haga falta mirar más atentamente a Santa Fe. Acaso esa provincia muestre un negro y probable futuro que se nos viene encima si no se hace algo ya.

O bien podemos seguir como hasta ahora: el subsecretario de Seguridad, César Nieva, les prometió a las madres de adictos "más operativos". Ricona. Así le dicen a la basura de la cocaína los adictos que la consumen. Chicos sin escuela, sin comida suficiente, sin dientes, descalzos, sin vivienda, sin cloacas, sin calle, sin barrio de verdad, viviendo entre basura, pequeños asaltos y violencia, y sin perspectivas ni objetivos, excepto sobrevivir día a día. Vegetar.

Ausentes de todo. Casi invisibles, como los barones de la droga, que, impunes, digitan sus vidas. E, indirectamente, las de todos.

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