Ganar más en la calle que en la oficina

Trabajan sin horarios ni jefes. Algunos reniegan, otros lo disfrutan. Si se esfuerzan mucho, aseguran que llegan a sacar hasta $ 400 diarios. En un día festivo, se llevan $ 1.000 o más. Un relevamiento efectuado por la FET detalla que en la ciudad hay 1.409 puestos fijos de venta callejeros. Según estimaciones de la entidad, mueven más de $ 22 millones mensuales

SE VENDE DE TODO. Los ambulantes ofrecen productos de diversa categoría.
SE VENDE DE TODO. Los ambulantes ofrecen productos de diversa categoría.
28 Octubre 2012
Su "oficina" no tiene techo ni paredes. Está junto a la escuela Bernardino Rivadavia, en la esquina de 24 de Septiembre y Salta. Llega temprano, a las 8, para poner en condiciones el lugar. En un espacio de un metro cuadrado extiende una manta y, sobre ella, toda la mercadería: candados, mentisán, costureros, abanicos, pilas, pañuelos y ojotas. El "Turco" Feri explica que no conoce otro modo de "ganarse la vida". Ama la venta callejera porque allí entra en contacto con mucha gente, porque no tiene un jefe que lo esté vigilando, porque no debe cumplir horarios estrictos. "Aquí trabajás si querés. Sobrevivir depende de tu esfuerzo diario. Si te lo proponés, podés ganar mejor que en la oficina", resalta este hombre de 57 años, padre de siete hijos.

Saben que son ilegales. Pero se justifican. "Si no trabajo acá tengo que salir a robar", dicen algunos. Muchos opinan que lo que ganan apenas les alcanza para comer. Otros, como el "Turco", defienden la venta ambulante y aseguran que la llevan en la sangre. Sostienen que los "sueldos de la calle" son mejores que muchos de otros trabajos. "Pude criar a mis hijos, tengo propiedades y medio de movilidad. Para mí, esto es más que digno", dice.

¿Cuánto ganan?
Según los testimonios recogidos en la calle, ganan entre $ 300 y $ 400. En los peores días, recaudan hasta $ 100 y en las mejores jornadas se llevan $ 1.000 o más (para el Día de la Madre, por ejemplo). Hay diferentes tipos de vendedores: están los verdaderos ambulantes (nunca se encuentran en un punto fijo) y aquellos que todos los días ocupan el mismo espacio durante varias horas, sin moverse.

Un relevamiento efectuado por la Federación Económica de Tucumán (FET) hace 20 días precisó que en la ciudad hay 1.409 puestos ilegales fijos. Estas cifras, aclaran, se duplican o triplican cuando se acercan días festivos. Según las estimaciones de la entidad, cada uno de estos puestos vende aproximadamente $ 600 diarios. Los cálculos indican que por día mueven $ 845.400, lo cual se traduce en casi $ 22 millones mensuales.

Sin deberes ni seguros
"Por lo general, trabajo tiempo completo los siete días de la semana, aunque no tengo ningún contrato ni tengo derecho a prestaciones o seguro médico. Lo que trabajás depende de cuánto quieras ganar", cuenta Juliana López, madre de dos pequeños. Llega todos los días desde su casa de El Manantial en moto. En su mochila trae quesos y miel, y una mesita portátil. Al mediodía, busca un poco de sombra en la cuadra del Banco Nación para comer un pedazo de pan. Si hasta las seis de la tarde logra recaudar más de $ 100, se vuelve a su casa tranquila. Si no, se queda hasta las 21. "Me gustaría tener otro empleo, pero no consigo", concluye. Miguel Acosta no sueña con una oficina y aire acondicionado. El calor es su mejor compañero de trabajo: cuanto más sube la temperatura, más vende. En un buen día, le compran entre 100 y 200 helados en la puerta de las cuatro escuelas a las que visita. Los fines de semana va a los clubes. El helado en cucurucho vale $ 3 y la achilata en vaso sale $ 2. "No soy millonario, pero vivo bien. Mis hijos van al colegio, tengo mi casa propia y una moto para movilizarme", dice.

Miguel se autodefine como "cuentapropista" y busca diferenciarse de los vendedores que tienen puestos fijos en la peatonal. "Mi trabajo no le hace daño a nadie; el de ellos sí porque venden la misma mercadería que los negocios que pagan alquiler e impuestos", arremete. Confiesa que le gustaría tener un trabajo fijo. "Esto es pan para hoy, hambre para mañana. En invierno tengo que vender pochoclos", describe.

Tampoco sienten que estén del otro lado de la ley los que se dedican a lavar autos en la avenida Wenceslao Posse, en uno de los ingresos a la ciudad. Luis se anima a hablar siempre que no salga publicado su apellido. "Estuve muchos años sin trabajo, muriéndome de hambre. Ahora, gracias a esto vivo bien, a excepción de los días de lluvia", cuenta el hombre, de 35 años, padre de cuatro hijos. A diario realiza hasta 30 lavados de coches (cada uno vale entre $ 15 y $ 20; a los camiones les cobran $ 50). Le paga $ 100 al dueño de una vivienda de la zona por el uso del agua y un 10 % de la recaudación a "alguien" que le permite hacer uso de ese espacio público. "Se que no es lo mejor, pero hay que sobrevivir. Cuando empecé, hace tres años, no tenía nada. Ahora pude cambiar la casilla de madera por una de material y tengo mi moto", cuenta.

Lo indispensable
En el microcentro, sobre el cemento ardiente de la Mendoza al 700, Roxana mira el reloj como intentando apurar el paso del tiempo. Desde Villa Muñecas llega todos los días a las 8.30 a ocupar su puesto. "Estamos aquí porque no tenemos más opción, no porque nos gusta como creen algunos", expresa. Y aclara que es mentira que ganan mucho dinero: "uno vive al día, se saca lo indispensable".

La vida en la calle tiene leyes particulares, es un medio agresivo, según Roxana. Dice que se aprenden muchas reglas: a seguir camino cuando te miran mal y a pedir permiso a los "dueños" de cada peatonal. No es un propietario como tal, pero maneja la venta en ese sector y exige una especie de "renta" para poder vender. Son ellos, también, los que la defienden ante los inspectores municipales.

"Carteras a $20, ojotas a $ 30", grita la vendedora. Y pone a su ojos atento a quien dirige la mirada sobre su manta para convencerlo de la bondad de los productos. Entre más rápido junte un poco de dinero prudente, más deprisa se alejará del sol recalcitrante, de los peatones que se quejan por la falta de espacio para caminar y del riesgo de que le secuestren todo en un operativo municipal.

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