Espectros de la desesperanza

Por Roberto Espinosa 27 Octubre 2012
Nervios. Corrida. Sudor. Los tarascones quedan tiritando en el aire. La danza de la cimitarra ahuyenta una de las tres cabezas del can. Se han detenido bajo la copa de un tarco, enorme como la demagogia. El sorbo de bienbec les devuelve la música al alma. Scheherezade tiembla. Se cobija en su pecho y le dice: "Álzame en tu canto llévame en tu vuelo, pájaro libre de mi cielo". Shahriyar la rodea con los brazos de la ternura y susurra: "Te alza mi corazón en vuelo, te arropan mis besos en el viento". Los latidos se inflaman. Las mil y setenta y ocho noches los lleva de la mano. 

La oscuridad se convierte en espanto. Gritos desgarradores los sacuden. Provienen de una cueva. A medida que descienden el olor es cada vez más hediondo. En un pozo pantanoso, centenares de sombras se lamentan. Una ventana superior se abre. Salen lujosos vehículos, estallan en pedazos y las partes caen sobre las cabezas. Estruendo de aullidos. El imponente retrato de Marco Avellaneda, pintado por Aniceto Valdez, se desintegra en miles de pedazos de leyes convertidas en plomo. Un anciano se acerca a la ventana. Levanta un bolsón y deja caer miles de billetes; a medida que se desploman se vuelven estiércol. Cientos de manos de aprobación se levantan automáticamente ante la súbita aparición de una foto del monarca. Ingresan a la cueva jubilados octogenarios con remeras que rezan: "Vivo con $1.915 mensuales. Sí al 82% móvil". Apoyan sus bastones en esas cabezas. "¡A la una, a las dos y... hasta el fondo!", dicen en coro y las sumergen en la ciénaga. Salen del recinto.

Los quejidos provienen ahora de una madriguera. En el interior, un sultán pedalea una bicicleta, seguido por hombres y mujeres elegantes que marchan a pie tras de él en círculos. Le imploran que se detenga. En la segunda vuelta, el fango comienza a frenarlos. La semipenumbra también. Bordean un río. A su paso, unas sombras les ofrecen algo. Pipas caseras, bolsas con pegamento cachetean los rostros changuitos y adolescentes. Brazos de madres desesperadas les piden ayuda. Ellos trastabillan, pero continúan. En la tercera vuelta, las moscas los persiguen. La miseria y los vahos alcohólicos también. Espectros con ojos desorbitados comienzan a colgarse de ellos. Les arrancan la ropa a pedazos. Le quitan la bicicleta al sultán. Mujeres de pañuelo negro le gritan: "¡Nuestros hijos se mueren por el paco, ayúdennos a salvarlos! ¡Hace cuatro años te lo venimos pidiendo, Al Rachid! ¡No damos más!" "¡Sólo promesas! ¡Un lugar donde puedan internarse y tratarse, por favor!" "¡Nunca venís a visitarnos!" "Nos dijiste que no vas a hacer nuevos centros de rehabilitación porque para que se desintoxiquen ya está el Obarrio". "¡Son miles de chicos los que se drogan!" "¿A quiénes pueden votar nuestros hijos con la cabeza reventada por el paco?" "¡Se ocupan de que voten a los 16 años, pero no de las víctimas de la droga. Las dejan morir!" "La mayoría que llega al poder, sale con los bolsillos llenos". En la cuarta vuelta, están descalzos. Un edificio vidriado se derrumba. Un imperio inmobiliario estalla en el aire. Tropiezan con los escombros. Semidesnudos tratan de avanzar. La indigencia se les pega en la piel. En la quinta vuelta, intentan escapar, pero se hunden en el lodo. Unas aves horribles enojan el cielo. "¿Son los buitres de los fondos que han secuestrado la fragata?", pregunta la doncella a una madre. "No, son los de la Costanera".

La brisa de la superficie los despabila. "¿Cómo es posible que dejen que se destruya una generación? ¿Acaso sólo piensan en robustecer sus patrimonios?", dice la doncella. "La injusticia social es una madre feraz, siempre produce gobernantes dignos de ella, ¿que no?", reflexiona Shahriyar.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios