Nagasaki fue escenario de una terrorífica prueba de campo

Se cumplen 67 años del lanzamiento de la bomba de plutonio sobre la ciudad japonesa

IMAGEN DE LA MUERTE. La bomba sesgó 70.000 vidas en Nagasaki. LA GACETA / ARCHIVO
IMAGEN DE LA MUERTE. La bomba sesgó 70.000 vidas en Nagasaki. LA GACETA / ARCHIVO
09 Agosto 2012

Carlos Duguech - Analista internacional

Cuando desde Potsdam, el 26 de julio de 1945, se le envía al Gobierno japonés el ultimátum suscrito por Harry Truman, Winston Churchill y Chiang Kai-shek para que se "rinda incondicionalmente", entre otras exigencias extremas, en realidad ni se suponía que aceptara. Podía leerse que lo de incondicional llevaba implícito que ninguna consideración se podía tener contra el emperador Hirohito, figura venerada en Japón como ligada a la divinidad. No sólo ni se preveía que, del modo en que estaba redactado el ultimátum de 13 puntos, Japón lo acatara inmediatamente sino que se esperaba -impacientemente- que Hirohito nunca lo aceptara. ¿De qué otra forma, entonces, se justificaría arrojar la nueva arma experimentada exitosamente apenas días antes (16 de julio) en Alamogordo, Nuevo México?

Los firmantes del ultimátum exigían el "sí" en el texto, nada sincero por cierto, pero querían el "no", porque los dedos ya estaban impacientes en "el gatillo". La negativa de Japón a la aceptación del ultimátum corría paralela y frenéticamente a una gestión que Hirohito le encomendaba a su ministro KantaroSusuki para gestionar ante Josef Stalin su intervención para una honorable rendición.

Consideraban los líderes de EEUU, Gran Bretaña y China, no obstante, la posibilidad aunque escasísima de que Hirohito se sintiera necesitado de rendirse. Un párrafo del punto 3 del ultimátum era tan expresivamente contundente que no cabían dudas sobre la decisión de los aliados: "La utilización total de nuestro poderío militar, apoyado por nuestra resolución, significará la inevitable y completa destrucción de las fuerzas armadas japonesas y también la inevitable y completa devastación de la tierra japonesa".

Omisiones

Claro, nada se decía del arma atómica disponible. Algunos consejeros sugerían arrojarla sobre una isla desierta para demostrar su poderío y, de ese modo, intimidarlos al extremo de rendirse. Otros llegaron a pensar que en el ultimátum se les anticipara la posesión de esas bombas atómicas. Prevaleció, sin embargo, la necesidad de quienes (desde que se involucraron en el ultrasecreto proyecto Manhattan, el de la bomba atómica) ansiaban comprobar en ciudades con gente y edificios, fábricas y escuelas, el efecto que suponían a partir de la prueba de laboratorio exitosa.

Necesitaban que la suposición se convirtiera en datos de muertes y destrucción para evaluar en su justa medida el nuevo artefacto bélico que acababa de ser incorporado al arsenal de los EEUU. Ciudades como Hiroshima, Kokura, Nagasaki y Niigata -elegidas para la "prueba de campo"- fueron marginadas de los bombardeos con bombas incendiarias para que pudiera apreciase el efecto atómico. EEUU necesitó arrojar las dos bombas que habían logrado armar: la de uranio (Hiroshima) y la de plutonio (Nagasaki). Se lanzaron ambas, aunque la primera hubiera bastado para la rendición, sabedor ya en carne propia Japón sobre sus efectos. La segunda, de otro combustible, necesitaba ser probada también, para conocer su capacidad mortífera y destructiva en relación con la anterior.

Ninguna otra explicación puede tener más verosimilitud lógica que la que se acaba de expresar. Cuando quien esto escribe le requirió colaboración a Tomás Eloy Martínez en una de su últimas visitas a Tucumán, para trabajar sobre este tema para integrar una edición de ensayos, dijo simplemente: "buscá el libro (de su autoría) Lugar común, la muerte, ahí está todo". Claro que también todo estaba en un excelente dossier que publicó Primera Plana cuando se cumplieron veinte años de Hiroshima, que le llevó al escritor tucumano a recorrer las ciudades víctimas del bombardeo atómico de 1945. Sobre un Japón ya derrotado, iniciando tramitaciones para rendición honorable, se llegaba, para comprobar la naturaleza del arma nueva en objetivos ciertos, justo a tiempo.

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