Pueden haber pasado 30 años desde que terminaste el colegio secundario; de no haber visto nunca más a quienes fueron tus compañeros; de no haber sabido nada de sus vidas, de lo que hicieron (o no) con ella. Pero basta un llamado mágico, un contacto en Facebook o un encuentro fortuito para que nada de lo que haya sucedido entre la última vez y el presente obre como barrera para sentirte en aquellos días. Pueden haber pasado 15 años de haber visitado ese lugar y a su gente, de haber atesorado en tu cabeza y en tu corazón cada rincón donde fuiste feliz, cada rostro de quienes fueron tus anfitriones. Hasta que volviste. Y hallaste formas, modos, momentos, sensaciones que ya habías vivido. Y volviste a ser feliz. Pueden haber pasado dos años desde su partida, detrás de un sueño de una vida mejor, llevándose consigo sus cosas, sus risas, sus abrazos, y la garganta hecha un nudo ante el desarraigo inminente. Hasta que produjo su vuelta, con sus cosas, risas, abrazos; y tus dias grises recobraron el brillo del sol. Pueden haber pasado cuatro meses de no ver a quien nunca dejaste de amar. Y aunque hiciste de tu cabeza un laberinto preguntándote por qué todo terminó, y hasta pensaste en que no habría una página más para escribir, volvió un día. Y solamente con su mirada puesta en la tuya, caíste en la cuenta de que ni el tiempo ni la distancia podrían quitarte el sentimiento. Y es que pueden mediar 30 o dos años, o escasos cuatro meses, pero siempre tendremos, mientras haya vida, la posibilidad del reencuentro. Un instante entre muchos. Inmenso y necesario.







