Un dolor y una lección

José Názaro
Por José Názaro 21 Julio 2012
Todo fue demasiado rápido. A ella empezó a dolerle la cabeza. Como no había analgésico que funcionase la llevaron al sanatorio. Y desde ese momento hasta el desenlace transcurrió apenas un poco más de una semana.

Luciana (este es un nombre ficticio) tenía treinta y pico, era hija, hermana, amiga y empresaria. Por alguna razón que ahora solo los médicos entienden se le produjo un derrame cerebral, y de ser feliz pasó a agonizar. Así, casi de un momento al otro. Y, tal como dictamina lo imprevisible de la vida, sin darles tiempo a sus dos hermanos, a sus papás, a sus muchos primos y amigos de plantarse y ponerle el cuerpo al golpe demoledor que se avecinaba.

Es inevitable tratar de comprender por qué tuvo que irse un rato antes de la mañana del jueves y no dentro de 30, 40 o 50 años. Por qué le tocó justo a ella y no a cualquier otro (un anhelo egoísta con el que buscamos postergar lo inevitable). Su partida duele como una amputación sin anestesia y con el más agudo de los filos. Pero también sirve como recordatorio: hay que saborear con calma y sin culpa cada segundo que compartimos con los que queremos. La vida es demasiado frágil como para dejar pasar las oportunidades de ser feliz.

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