Los hombres somos una perpetua víspera, dice Alejandro Dolina. Es decir: somos lo que somos, pero también lo que podemos llegar a ser. Vivimos inclinados hacia el provenir, deseando y, al mismo tiempo, intentando ser ese objeto del deseo primordial. El hombre sabe se va a morir; esa es su terrible realidad. Somos conscientes de nuestra finitud, pero sin embargo tenemos un insaciable apetito de eternidad. Un apetito que nos acompaña durante toda la vida. El hombre es un mortal a secas. Y es esa tragedia la que lo hace libre, la que lo convierte en una constante posibilidad: la posibilidad de perderse o de salvarse. El hombre sabe que se va a morir y por eso ama y escribe poemas. Y por eso, también, tiene amigos. Porque en esa finitud consciente, cada hombre sabe que el otro lo completa.
Hoy, que celebramos el Día del Amigo, viene bien recordar estas cuestiones, que no son para nada abstractas, sino que constituyen nuestra verdadera esencia. De hecho, escritores de todos los tiempos han sabido reflejar con bellas palabras esa imperecedera relación entre los hombres que otros sólo intuyen a medias. Julio Cortázar, por ejemplo, decía que sus amigos eran enormes cronopios que lo ayudaban a ver el mundo con ojos más optimistas. "
Hablando contigo, aunque sólo sea desde un papel por encima del mar, me parece que alcanzaré a decir mejor algunas cosas que se me almidonarían si les diera el tono del ensayo, y tú ya sabes que el almidón y yo no hacemos buenas camisas"
, le escribió Cortázar a su amigo Roberto Fernández Retamar en 1967. Un ejemplo concreto de que la amistad también se cultiva a la distancia. Claro que no al punto que se lo hace hoy en las redes sociales. De hecho los sociólogos aseguran que el concepto clásico de amistad ha cambiado sustancialmente. Hoy es posible -como lo dice Roberto Carlos en su clásica canción- tener un millón de amigos... pero en Facebook. Cosa que no era posible antes de la aparición de las redes sociales. Ahora bien... ¿cuántas de esas personas cumplen realmente con la condición de amigos?
Lo verdadero y lo virtual
No se sabe aún la fecha exacta dónde nació el término amistad. Historiadores y sociólogos no pueden explicarlo con seguridad. En la antigüedad, se encontraron las primeras fuentes textuales que demuestran la existencia del término "amigo", tanto en los diálogos de Platón como en los escritos de los estudiantes de Aristóteles. Pero estos textos revelan otro tipo de apreciación por la amistad. En ellos, un amigo no existe para el beneficio del otro, ya que la amistad sólo es posible a través de mutua confianza. Es más, antes era sólo posible tener amistades entre familiares.
Pero la era virtual ha cambiado ese viejo concepto de la amistad. Un amigo en Facebook no es necesariamente un amigo para toda la vida o un amigo de confianza; puede ser un simple contacto con quien se mantuvo una conversación de 15 minutos. Los psicólogos aún no se explican cómo las personas están dispuestas a invitar a desconocidos a formar parte de su espacio privado, pero la tendencia es clara: los adictos al Facebook seguirán sumando desconocidos a su cuenta con la etiqueta de "amigos".
Entonces, sería bueno que paremos la pelota y ubiquemos a los verdaderos amigos en el lugar que corresponde. Dediquemos más tiempo a conversar con ellos y menos a chatear; démonos un tiempo para visitarlos en sus casas y no en sus cuentas de internet. Vayamos con ellos al cine, al bar, a la plaza, a un baile, a la montaña y dediquemos menos tiempo a engrosar nuestra cuenta de Facebook. Tal vez así podamos convertirnos realmente en verdaderos seres humanos.
Hoy, que celebramos el Día del Amigo, viene bien recordar estas cuestiones, que no son para nada abstractas, sino que constituyen nuestra verdadera esencia. De hecho, escritores de todos los tiempos han sabido reflejar con bellas palabras esa imperecedera relación entre los hombres que otros sólo intuyen a medias. Julio Cortázar, por ejemplo, decía que sus amigos eran enormes cronopios que lo ayudaban a ver el mundo con ojos más optimistas. "
Hablando contigo, aunque sólo sea desde un papel por encima del mar, me parece que alcanzaré a decir mejor algunas cosas que se me almidonarían si les diera el tono del ensayo, y tú ya sabes que el almidón y yo no hacemos buenas camisas"
, le escribió Cortázar a su amigo Roberto Fernández Retamar en 1967. Un ejemplo concreto de que la amistad también se cultiva a la distancia. Claro que no al punto que se lo hace hoy en las redes sociales. De hecho los sociólogos aseguran que el concepto clásico de amistad ha cambiado sustancialmente. Hoy es posible -como lo dice Roberto Carlos en su clásica canción- tener un millón de amigos... pero en Facebook. Cosa que no era posible antes de la aparición de las redes sociales. Ahora bien... ¿cuántas de esas personas cumplen realmente con la condición de amigos?
Lo verdadero y lo virtual
No se sabe aún la fecha exacta dónde nació el término amistad. Historiadores y sociólogos no pueden explicarlo con seguridad. En la antigüedad, se encontraron las primeras fuentes textuales que demuestran la existencia del término "amigo", tanto en los diálogos de Platón como en los escritos de los estudiantes de Aristóteles. Pero estos textos revelan otro tipo de apreciación por la amistad. En ellos, un amigo no existe para el beneficio del otro, ya que la amistad sólo es posible a través de mutua confianza. Es más, antes era sólo posible tener amistades entre familiares.
Pero la era virtual ha cambiado ese viejo concepto de la amistad. Un amigo en Facebook no es necesariamente un amigo para toda la vida o un amigo de confianza; puede ser un simple contacto con quien se mantuvo una conversación de 15 minutos. Los psicólogos aún no se explican cómo las personas están dispuestas a invitar a desconocidos a formar parte de su espacio privado, pero la tendencia es clara: los adictos al Facebook seguirán sumando desconocidos a su cuenta con la etiqueta de "amigos".
Entonces, sería bueno que paremos la pelota y ubiquemos a los verdaderos amigos en el lugar que corresponde. Dediquemos más tiempo a conversar con ellos y menos a chatear; démonos un tiempo para visitarlos en sus casas y no en sus cuentas de internet. Vayamos con ellos al cine, al bar, a la plaza, a un baile, a la montaña y dediquemos menos tiempo a engrosar nuestra cuenta de Facebook. Tal vez así podamos convertirnos realmente en verdaderos seres humanos.







