08 Julio 2012 Seguir en 
La firmeza que experimentó el precio de la soja de los últimos días, de la que la Argentina es el tercer exportador mundial, detrás de Estados Unidos y Brasil, pero el primero de productos procesados (aceites y harinas), es en sí misma una buena noticia para la economía de nuestro país, aunque ese dato debe ser merituadamente evaluado. Por tonelada de soja con entrega inmediata se pagaron entre $1.660 y $1.700 en las terminales portuarias de Timbúes, San Martín, de General Lagos, entre otras, según la Bolsa de Comercio de Rosario. Se trata de uno de los valores significativamente más altos de los últimos cuatro años. Pero este escenario debe entenderse en el contexto general de la presente campaña y en un marco internacional envuelto en la incertidumbre y de volatilidad.
Ocurre que el año agrícola está marcado por una grave sequía que modificó las perspectivas de la cosecha: de las 52 millones de toneladas que se produjeron el año pasado, este año no superaría las 40 millones. Y esas 12 millones de toneladas menos implicarían unos U$S 5.000 millones que la Argentina dejará de percibir y afectan a los bolsillos de los productores y del Estado. No ocurre lo mismo con la soja de la próxima cosecha que no logra sostener sus cotizaciones y se negocia con valores a la baja.
El diferencial existente entre el precio de la soja disponible y el de la nueva se debe tener en cuenta que la cosecha argentina 2011/2012 sufrió el fuerte recorte por efecto de la sequía (La Niña). Y que esta escasez -acentuada por las ventas dosificada de los productores- obligó a las acopiadoras y comercializadoras a competir entre ellas y con la exportación de poroto para mantener activa la mayor proporción de su capacidad de molienda. Esto, más la firmeza del mercado internacional, da como resultado el valor nominal histórico más alto para la soja: en torno a unos $1.660. En cambio, el precio de la oleaginosa de la próxima cosecha, que en los últimos días osciló entre $1.380/1.426, está relacionado con la previsión de siembra en alza en América del Sur y a la obtención de grandes cosechas en Brasil y en Argentina. Estas oscilaciones, en buena medida, propias del mercado agroalimentario, exponen que pese a este buen momento, no deben esperarse un camino de optimismo exagerado. A este cuadro debe sumarse el impacto que provoca la crisis económica en Europa y Estados Unidos, que se hace sentir entre los principales compradores de la producción sojera.
Aunque es cierto que los buenos precios que registraron la oleaginosa y sus derivados fueron fundamentales para impulsar la reactivación de la economía desde 2002 y el crecimiento, no es menos real que a raíz de los mayores costos internos a raíz del pernicioso proceso inflacionario experimentado en estos años, esos valores ya no son suficientes para sostener las actuales demandas de gastos del Estado nacional y las provincias y para defender los índices de razonable rentabilidad de los productores.
Así pues, y aun cuando debe ponderarse los resultados de la ecuación: impacto del rendimiento de la producción por la sequía, frente a mayores valores en las últimas semanas, queda evidenciado que el problema de los costos es central para la Argentina. Si castiga la rentabilidad y la viabilidad de los negocios, también golpea las arcas del Estado, toda vez que un menor ingreso de dinero afectará la inyección de fondos que administran los gobiernos y llegan a la sociedad. Su producción, financiamiento y comercialización deberían ser motivo de inquietud y respaldo político, en razón de que, pese al impacto de la seca, la soja es el producto en el que se asientan las perspectivas de desarrollo, o al menos, de defensa con que cuenta el país para hacer frente a la crisis que envuelve a gran parte del mundo.
Ocurre que el año agrícola está marcado por una grave sequía que modificó las perspectivas de la cosecha: de las 52 millones de toneladas que se produjeron el año pasado, este año no superaría las 40 millones. Y esas 12 millones de toneladas menos implicarían unos U$S 5.000 millones que la Argentina dejará de percibir y afectan a los bolsillos de los productores y del Estado. No ocurre lo mismo con la soja de la próxima cosecha que no logra sostener sus cotizaciones y se negocia con valores a la baja.
El diferencial existente entre el precio de la soja disponible y el de la nueva se debe tener en cuenta que la cosecha argentina 2011/2012 sufrió el fuerte recorte por efecto de la sequía (La Niña). Y que esta escasez -acentuada por las ventas dosificada de los productores- obligó a las acopiadoras y comercializadoras a competir entre ellas y con la exportación de poroto para mantener activa la mayor proporción de su capacidad de molienda. Esto, más la firmeza del mercado internacional, da como resultado el valor nominal histórico más alto para la soja: en torno a unos $1.660. En cambio, el precio de la oleaginosa de la próxima cosecha, que en los últimos días osciló entre $1.380/1.426, está relacionado con la previsión de siembra en alza en América del Sur y a la obtención de grandes cosechas en Brasil y en Argentina. Estas oscilaciones, en buena medida, propias del mercado agroalimentario, exponen que pese a este buen momento, no deben esperarse un camino de optimismo exagerado. A este cuadro debe sumarse el impacto que provoca la crisis económica en Europa y Estados Unidos, que se hace sentir entre los principales compradores de la producción sojera.
Aunque es cierto que los buenos precios que registraron la oleaginosa y sus derivados fueron fundamentales para impulsar la reactivación de la economía desde 2002 y el crecimiento, no es menos real que a raíz de los mayores costos internos a raíz del pernicioso proceso inflacionario experimentado en estos años, esos valores ya no son suficientes para sostener las actuales demandas de gastos del Estado nacional y las provincias y para defender los índices de razonable rentabilidad de los productores.
Así pues, y aun cuando debe ponderarse los resultados de la ecuación: impacto del rendimiento de la producción por la sequía, frente a mayores valores en las últimas semanas, queda evidenciado que el problema de los costos es central para la Argentina. Si castiga la rentabilidad y la viabilidad de los negocios, también golpea las arcas del Estado, toda vez que un menor ingreso de dinero afectará la inyección de fondos que administran los gobiernos y llegan a la sociedad. Su producción, financiamiento y comercialización deberían ser motivo de inquietud y respaldo político, en razón de que, pese al impacto de la seca, la soja es el producto en el que se asientan las perspectivas de desarrollo, o al menos, de defensa con que cuenta el país para hacer frente a la crisis que envuelve a gran parte del mundo.







