"¿Siempre está tan sonriente?", le preguntó un periodista al arquitecto César Pelli. "Sí. Total, cuesta lo mismo…", le contestó. Durante varios días los tucumanos quedamos sorprendidos. Nos costó entender que el buen humor, la humildad, el encanto y la sencillez de este profesional fueran tan elocuentes como su talento y sus monumentales obras.
Tal vez no sea tan descabellado lo que sienten algunos: que ya casi hemos perdido la costumbre de ver todas esas características en una misma persona. Me enojo cuando lo pienso. Me resisto a creer que solo se puede llegar alto actuando con seriedad y soberbia. Me niego a imaginar que en mi querida provincia (por adopción) solo se puede tener humildad si se es pobre, que son más generosos los que menos tienen, que para escalar hay que perjudicar al otro.
Pero camino por la ciudad y veo señales de que algo no anda bien. Y no hablo de la inseguridad o de la pobreza. Nuestras calles son las calles de la desconfianza. No nos saludamos en los ascensores, ni le agradecemos al chofer del colectivo, ni recogemos la caca del perro. Peor. Ni siquiera ayudamos a un anciano a cruzar la calle o a subir a un taxi. Corremos. Escapamos. Vulneramos las normas. Si un amigo lucha por el bien común pensamos que está loco. "Salvate vos, no te metás", le decimos.
Me desilusiona más pensar que es un problema cultural que sí se puede cambiar. Necesitamos dejar de creer que lo único que importa es nuestro metro cuadrado. Necesitamos mejor educación, conocer otras culturas. Necesitamos que nos quieran más para querer más. Necesitamos un Estado que cumpla las normas y que las haga cumplir. Necesitamos reírnos, empezar a confiar más y odiar menos. Necesitamos entender la vida desde la comunidad y no desde las ventanas cerradas con rejas. Necesitamos salvarnos juntos, no solos.
Tal vez no sea tan descabellado lo que sienten algunos: que ya casi hemos perdido la costumbre de ver todas esas características en una misma persona. Me enojo cuando lo pienso. Me resisto a creer que solo se puede llegar alto actuando con seriedad y soberbia. Me niego a imaginar que en mi querida provincia (por adopción) solo se puede tener humildad si se es pobre, que son más generosos los que menos tienen, que para escalar hay que perjudicar al otro.
Pero camino por la ciudad y veo señales de que algo no anda bien. Y no hablo de la inseguridad o de la pobreza. Nuestras calles son las calles de la desconfianza. No nos saludamos en los ascensores, ni le agradecemos al chofer del colectivo, ni recogemos la caca del perro. Peor. Ni siquiera ayudamos a un anciano a cruzar la calle o a subir a un taxi. Corremos. Escapamos. Vulneramos las normas. Si un amigo lucha por el bien común pensamos que está loco. "Salvate vos, no te metás", le decimos.
Me desilusiona más pensar que es un problema cultural que sí se puede cambiar. Necesitamos dejar de creer que lo único que importa es nuestro metro cuadrado. Necesitamos mejor educación, conocer otras culturas. Necesitamos que nos quieran más para querer más. Necesitamos un Estado que cumpla las normas y que las haga cumplir. Necesitamos reírnos, empezar a confiar más y odiar menos. Necesitamos entender la vida desde la comunidad y no desde las ventanas cerradas con rejas. Necesitamos salvarnos juntos, no solos.







