Tres discursos, tres públicos, tres estilos

Por Patricia Vega 17 Junio 2012
Es un muy interesante ejercicio releer y comparar los tres últimos discursos que hizo la presidenta. En medio de los dimes y diretes por la pesificación, que el mismo Gobierno alienta y desalienta, Cristina Fernández disertó la semana pasada en la Casa Rosada para presentar el cuarto o quinto plan de viviendas del kirchnerismo y luego dos veces en Nueva York, para reclamar diálogo por Malvinas en la ONU y para promover el país ante empresarios estadounidenses. Lo primero que surge de la observación de las tres piezas oratorias es que CFK se sobrepuso a los nervios que le debe haber generado la situación familiar que la llevó a viajar en el Tango 01 para trasladar a su hijo Máximo a Buenos Aires por una infección en la rodilla, ya que en las tres ocasiones interpretó a tres personas distintas y bajo el común denominador de lo que hacen los políticos: adaptarse siempre.

Hay que prestar atención a los tres públicos diferentes con los que se enfrentó. En casa, con la seguridad de tener a disposición una claque bien aceitada; en la ONU, con la severidad de un ambiente dispuesto a escuchar, pero a no emitir opinión y en la mesa del Council of Américas frente a gente que sabe de memoria qué cosa es la Argentina y a quien no se puede engañar fácilmente.

En el primer acto, Cristina actuó como una populista eufórica y armó el escenario para presentar por cadena nacional un plan hipotecario de construcción de viviendas destinado a "fogonear" una economía que se viene deteniendo, al que le dio características épicas. Una vez más, como ya le ocurrió con Amado Boudou (y no le debe alcanzar el tiempo para arrepentirse), volvió a tomar riesgos a la hora de hacer promesas en nombre del embeleso que le producen los jóvenes funcionarios que dicen haber diseñado el plan. La concepción centrípeta de su gobierno también conspira contra la necesidad de preservar su investidura, si ocurre que los muchos baches que hoy se advierten en los múltiples vericuetos del plan (financieros, logísticos y administrativos) terminan empastando la ejecución y llevan al Gobierno a un nuevo fracaso ante miles de esperanzados, más allá de la terrible licuación que podría afectar a los fondos previsionales. Cristina bajó línea de modo permanente sobre la concepción económica de su gobierno, un modelo que, pese a su relato lleno de optimismo, cada día suma nuevas dificultades también por problemas de diseño, ya que sólo parece cerrar con una mayor intervención del Estado y, por lo tanto, con menor libertad de movimientos para el sector privado.

El jueves, la Presidenta estuvo en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas y en ese acto se mostró como una sagaz diplomática, centrada y hasta modesta para defender la postura unívoca de la Argentina en relación al conflicto con el Reino Unido. Ese día, cambió el tono del discurso a los de sus tiempos de senadora y acorraló desde la oratoria al gobierno inglés: "No queremos que digan que las Malvinas son argentinas. Estamos pidiendo apenas que se sienten a una mesa a dialogar", disparó con sencillez, pero con contundencia. Pero tropezó algo cuando dio argumentos en los que quizás la traicionó la improvisación, como cuando fustigó a británicos y malvinenses de ese origen por "festejar y conmemorar" la guerra en el Día de la Liberación, omitiendo precisar que en la Argentina el Día de la Recuperación, el 2 de abril, es feriado nacional. Por último, en un hotel neoyorkino, Cristina protagonizó el tercer acto de la obra y allí entremezcló de modo muy errático el marketing de los supuestos logros del kirchnerismo con sus actuales pensamientos sobre lo que debería ser la economía mundial a imagen y semejanza de la Argentina.

Paradójicamente, tan bien no debe estar el país que se pone como ejemplo, porque su propia presidenta era quien estaba pasando la gorra frente a muchas segundas líneas de Wall Street mientras a fuerza de palo y zanahoria, a la vez agitaba la soga en la casa del ahorcado. Hasta se atrevió a hablar de los controles cambiarios y a esbozar que se están buscando soluciones "empresa por empresa" ya que los dólares que tiene la Argentina "son los más genuinos que hemos obtenido de nuestro intercambio comercial; por eso los cuidamos tan bien y administramos nuestra balanza comercial, como hacen todos los países del mundo", indicó. Y habló del déficit energético como origen de los pesares, aunque omitió decir que el Gobierno cree que si cuida los dólares, jamás será volteado. Eso sí, por más informado que esté el auditorio no se pueden arriar todas las banderas y entonces no se habló, ni de inflación, ni de pesificación, ni del proteccionismo propio, aunque sí lo hizo del multimillonario Carlos Slim, la única carta que, aún con reparos, se pudo mostrar en relación a interesados en YPF. Es que no abundan los postulantes con las actuales reglas de juego (liquidación de divisas en el país e imposibilidad de remitir dividendos) o con el desaliento de los precios de retribución del gas y del petróleo y eso lo sabían todos en la mesa neoyorkina.

La Presidenta habló con mucha pasión de la necesidad que observa el Gobierno de mantener un fuerte mercado interno y de "colocar dinero en los sectores de menores recursos, porque son los que no tienen capacidad de ahorro, los que tienen que gastar necesariamente en comida, en vestimenta, en viaje, en libros, en educación" y por lo tanto, "como no pueden retraer el consumo, mantienen el desarrollo". Esta concepción tan particular, que se le conocía a Cristina, pero que nunca había manifestado, tiene mucho de marxismo al estilo chino y poco y nada de peronista, ya que niega la "movilidad social" e incita a igualar para abajo. El punto quedó como una de las perlas más notorias de esa tercera alocución. Algunos de los fundamentos ya habían estado presentes en el primer discurso de los tres, cuando explicó que el plan de construcción de viviendas era parte de la política "para poder superar las dificultades económicas, que se vienen desde afuera", a partir de "generar consumo, desarrollo e inclusión".

En cuanto a las primeros inconvenientes del anuncio, han aparecido algunos reparos en relación al traspaso formal de las 1.820 hectáreas "que están diseminadas en las 23 provincias", las que habrá que transferir. Hay quienes creen que este procedimiento sólo debería hacerse por Ley, con la intervención del Congreso, ya que hay que vendérselas a sus futuros dueños, en algunos casos a precio simbólico de donación y en otros, como dijo Cristina, "van a tener que pagar el terreno por la calidad de la tierra". Pero esos terrenos tendrán que ser alisados o rellenados (hay canchas de golf, humedales y hasta laderas), primero y luego deberán trazarse calles y diseñarse futuros parques, para después parcelar. Y, habrá que hacer el tendido de las redes (cloacas, gas, agua y electricidad) para asegurarle una vida más o menos confortable a los futuros habitantes de cada lugar. Recién cuando pasen varios meses, cada espacio estará en condiciones de ser sorteado. En tanto, podrían ponerse en marcha los demás créditos, que serán los que se utilicen para construir en terrenos propios o para hacer ampliaciones y en este aspecto habrá que verificar que el dinero otorgado vaya a parar únicamente al objeto del crédito, la construcción de vivienda, y que no se desvíe para otros fines, lo que puede implicar una estructura de seguimiento en una escala que ni el Banco Hipotecario ni el Estado hoy tienen.

Por último, y lo más importante, está la estructura financiera del proyecto, la que se pone en cabeza de la Anses como si fuese un banco, ya que en tiempos de déficit fiscal con el Tesoro no se puede contar. Es más, la Anses acreedora de la Tesorería, que deja solo de toda soledad al organismo que debe cuidar los fondos de los jubilados. Hasta se especula con que sin demasiado dinero para prestar, haya que colocar un bono indexado, lo que sería un remedo de las tristemente célebres Cédulas Hipotecarias. Toda la cuestión de colocar dinero en hipotecas sería materia de discusión si la Argentina fuese un país normal en cuanto a precios. Así, el préstamo de los recursos a tasa negativa podría conducir al colapso definitivo del sistema previsional. Lo que ocurre es que los futuros adjudicatarios accederán a pagar cuotas con tasas de interés muy bajas y la contrapartida de ese importante beneficio, naturalmente es el perjuicio del inversor, en este caso, los jubilados de la Anses. El problema de no tener cabezas que piensen la economía como un todo hace que de un tiempo a esta parte, se hayan tomado medidas que inmediatamente generan dificultades, especialmente por parte de Guillermo Moreno.

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