13 Junio 2012 Seguir en 
El hombre está hecho de tiempo y de historia. La vida de cada ser humano podría consistir en capítulos una novela. Tal vez por esa razón, desde tiempos remotos, este sintió la necesidad de narrar a través de los distintos géneros literarios las preocupaciones del alma, del corazón, los interrogantes metafísicos, los miedos existenciales. Alguien dijo alguna vez que escribir es quitarle vida a la muerte. "El talento solo no basta para hacer un escritor. Detrás del libro debe haber un hombre", decía el poeta Ralph Waldo Emerson. En recuerdo del poeta, ensayista y periodista Leopoldo Lugones, nacido en Córdoba el 13 de junio de 1874, se celebra hoy el Día del Escritor. Fue también fundador y primer presidente de la Sociedad Argentina de Escritores.
Algunas sociedades valoran más que otras a sus escritores. En nuestro país, hay una gran producción literaria que permanece inédita por las dificultades para publicar; los costos económicos suelen ser elevados y no son, en general, accesibles a los bolsillos de los autores. A diferencia de otros países, donde los escritores reciben de las editoriales un adelanto por las futuras regalías, en nuestro país suele ser al revés: estos deben costear, por lo general, la totalidad de la edición, y a cambio de la distribución recibe un porcentaje mínimo sobre la venta. En la cadena de comercialización de un libro, el autor es el que menos gana. No hay que pensar demasiado para darse cuenta de que sin autor ni obra las editoriales no existirían.
Otros de los inconvenientes -no menor, por cierto- que deben enfrentar los literatos, en particular los tucumanos, es que sus obras no se leen ni se enseñan en el ámbito educativo. Es poco frecuente, por ejemplo, que los comprovincianos se interesen por adquirir o leer la obra de un autor local; sus textos prácticamente no se estudian, salvo excepciones que dependen de la inquietud personal de algunos docentes.
El Estado podría jugar un rol importante en la difusión y conocimiento de sus creadores, sin embargo, desperdicia en forma incomprensible herramientas como la ley N° 7.694 promulgada en diciembre de 2005 por la que se crea el Fondo Editorial del Aconquija para financiar la edición, reedición, difusión y comercialización de obras de escritores tucumanos y de la región del NOA. Han transcurrido siete años sin que el Poder Ejecutivo la haya reglamentado, razón por la cual no entró en vigencia. Otro ejemplo de la indiferencia de la clase política hacia sus escritores y otros hacedores de cultura es la ordenanza N° 4300 que prescribe la creación de la "Distinción y reconocimiento a la trayectoria artística" con carácter de premio vitalicio, sancionada por el Concejo Deliberante en 2010, que se halla inexplicablemente aún sin reglamentar, como tal distinción fuese a provocar zozobra en las arcas municipales, cuando con frecuencia se dilapidan recursos del erario para cumplir con compromisos políticos o partidarios.
Quizás la causa de la ingratitud de la clase dirigente con sus creadores se deba a la creencia de que la cultura no les proporciona votos. Lo paradójico es que justamente el prestigio de Tucumán a nivel nacional e internacional se debe a sus artistas, intelectuales y científicos. Pensemos, por ejemplo, en Tomás Eloy Martínez, el escritor tucumano de mayor proyección internacional, elogiado por grandes de la literatura como García Márquez, Carlos Fuentes o Vargas Llosa. Sin libros ni escritores la vida del ser humano se volvería aburrida y vacía.
Algunas sociedades valoran más que otras a sus escritores. En nuestro país, hay una gran producción literaria que permanece inédita por las dificultades para publicar; los costos económicos suelen ser elevados y no son, en general, accesibles a los bolsillos de los autores. A diferencia de otros países, donde los escritores reciben de las editoriales un adelanto por las futuras regalías, en nuestro país suele ser al revés: estos deben costear, por lo general, la totalidad de la edición, y a cambio de la distribución recibe un porcentaje mínimo sobre la venta. En la cadena de comercialización de un libro, el autor es el que menos gana. No hay que pensar demasiado para darse cuenta de que sin autor ni obra las editoriales no existirían.
Otros de los inconvenientes -no menor, por cierto- que deben enfrentar los literatos, en particular los tucumanos, es que sus obras no se leen ni se enseñan en el ámbito educativo. Es poco frecuente, por ejemplo, que los comprovincianos se interesen por adquirir o leer la obra de un autor local; sus textos prácticamente no se estudian, salvo excepciones que dependen de la inquietud personal de algunos docentes.
El Estado podría jugar un rol importante en la difusión y conocimiento de sus creadores, sin embargo, desperdicia en forma incomprensible herramientas como la ley N° 7.694 promulgada en diciembre de 2005 por la que se crea el Fondo Editorial del Aconquija para financiar la edición, reedición, difusión y comercialización de obras de escritores tucumanos y de la región del NOA. Han transcurrido siete años sin que el Poder Ejecutivo la haya reglamentado, razón por la cual no entró en vigencia. Otro ejemplo de la indiferencia de la clase política hacia sus escritores y otros hacedores de cultura es la ordenanza N° 4300 que prescribe la creación de la "Distinción y reconocimiento a la trayectoria artística" con carácter de premio vitalicio, sancionada por el Concejo Deliberante en 2010, que se halla inexplicablemente aún sin reglamentar, como tal distinción fuese a provocar zozobra en las arcas municipales, cuando con frecuencia se dilapidan recursos del erario para cumplir con compromisos políticos o partidarios.
Quizás la causa de la ingratitud de la clase dirigente con sus creadores se deba a la creencia de que la cultura no les proporciona votos. Lo paradójico es que justamente el prestigio de Tucumán a nivel nacional e internacional se debe a sus artistas, intelectuales y científicos. Pensemos, por ejemplo, en Tomás Eloy Martínez, el escritor tucumano de mayor proyección internacional, elogiado por grandes de la literatura como García Márquez, Carlos Fuentes o Vargas Llosa. Sin libros ni escritores la vida del ser humano se volvería aburrida y vacía.







