Esta vez no hizo falta que lo dijera la senadora Beatriz Rojkés. En realidad, hubiese sido una redundancia. Porque, con los últimos hechos, volvió a quedar en claro que, efectivamente, el alperovichismo va por todo. Cómo, no importa. A los tropezones y a los empujones, pero va.
No podía ser de otra manera en la tierra en la que todo se mueve o paraliza cuando quiere, porque quiere y como quiere el gobernador, José Alperovich. El lunes, desde Washington, el hombre que todo lo decide atendió el teléfono y ratificó la orden. De inmediato, el alperovichismo huérfano activó todos sus actores políticos en la Justicia y comenzó el operativo cerrojo. A las apuradas y atolondrado, el Gobierno busca evitar que el concursante Carlos "Chiqui" López tenga alguna responsabilidad en la Justicia penal. Esa es la misión. Desordenado y confuso, pero sin eufemismos. Para aquel mano derecha de Esteban Jerez que asustó a la clase política desde la Fiscalía Anticorrupción a principios de 2000, ni olvido ni perdón.
Cuentan que más de una vez algún oficialista osado que se atrevió a sugerirle a Alperovich que designe a López debió tolerar en silencio los gritos y los insultos, antes de darse media vuelta y salir del despacho oficial. Es sencillo: en el alperovichismo no hay razonamientos más sofisticados. Por eso no llama la atención que en la Casa de Gobierno todos admitan que, a Estados Unidos, el mandatario llevó en la valija un par de trajes y corbatas, pero muchísimo enojo. Y, a colación, tampoco sorprende entonces que en la Legislatura todos se hayan vuelto paranoicos.
Es simple. Alperovich no cree en las casualidades. Por qué, entonces, habría de entender sin atragantarse que la sesión en la que se iba a designar como fiscal a Diego López Ávila se postergó porque sí y que, a la postre, el camarista de los dolores de cabeza (Rodolfo Novillo) suspendió ese nombramiento por pedido del enemigo público número uno de la familia gobernante. ¿Hay legisladores que le jugaron para atrás al gobernador? Por lo pronto, todos se señalan entre sí y admiten que, en la Cámara, cada uno hace lo que quiere y en los tiempos que se le ocurre: que la comisión emitió tarde el dictamen al pliego de López Ávila o que la sesión debió hacerse hace una semana. "Es un descontrol, nadie conduce", le secreteó más de un parlamentario al gobernador, a colación de la superposición de desavenencias: derrumbar o no la ex Brigada de Investigaciones, discutir mucho o aprobar rápido un nuevo Código de Contravenciones Policiales, y dejarse primerear por la Justicia en el "caso López".
Pero no sólo en la Legislatura sienten que deben redimirse ante el gobernador. Cada vez que el Ejecutivo recibe un "bife" de Novillo, muchos vuelven a preguntarse de qué sirve tener amigos en el Poder Judicial. Pasó horas antes de los comicios de la re-reelección, cuando la Cámara en lo Contencioso Administrativo volteó el engendro del voto pegoteado para favorecer a los acoples en el interior. Y se repitió ahora. Hay varios que aseguran que en el Gobierno estaban tranquilos -en ambas ocasiones- porque alguien les habría soplado que nada iba a salir a contramano de sus intereses. Si efectivamente es así, el alperovichismo ya debería asumir que ese alguien le miente o que, sencillamente, no puede garantizar lo que le pidieron que garantice cuando lo empujaron para mudarse de edificio. Una cosa es segura: en el barrio, a esa persona no la elegirían nunca para hacer de "campana".
Hay veces en las que reafirmar con palabras lo que ya se sabe puede desatar un vendaval. Como aquel "vamos por todo" de Rojkés en 2007. Y otras en las que con gestos alcanza. El alperovichismo, pese a los años que lleva en el poder, aún no entendió esa diferencia.
No podía ser de otra manera en la tierra en la que todo se mueve o paraliza cuando quiere, porque quiere y como quiere el gobernador, José Alperovich. El lunes, desde Washington, el hombre que todo lo decide atendió el teléfono y ratificó la orden. De inmediato, el alperovichismo huérfano activó todos sus actores políticos en la Justicia y comenzó el operativo cerrojo. A las apuradas y atolondrado, el Gobierno busca evitar que el concursante Carlos "Chiqui" López tenga alguna responsabilidad en la Justicia penal. Esa es la misión. Desordenado y confuso, pero sin eufemismos. Para aquel mano derecha de Esteban Jerez que asustó a la clase política desde la Fiscalía Anticorrupción a principios de 2000, ni olvido ni perdón.
Cuentan que más de una vez algún oficialista osado que se atrevió a sugerirle a Alperovich que designe a López debió tolerar en silencio los gritos y los insultos, antes de darse media vuelta y salir del despacho oficial. Es sencillo: en el alperovichismo no hay razonamientos más sofisticados. Por eso no llama la atención que en la Casa de Gobierno todos admitan que, a Estados Unidos, el mandatario llevó en la valija un par de trajes y corbatas, pero muchísimo enojo. Y, a colación, tampoco sorprende entonces que en la Legislatura todos se hayan vuelto paranoicos.
Es simple. Alperovich no cree en las casualidades. Por qué, entonces, habría de entender sin atragantarse que la sesión en la que se iba a designar como fiscal a Diego López Ávila se postergó porque sí y que, a la postre, el camarista de los dolores de cabeza (Rodolfo Novillo) suspendió ese nombramiento por pedido del enemigo público número uno de la familia gobernante. ¿Hay legisladores que le jugaron para atrás al gobernador? Por lo pronto, todos se señalan entre sí y admiten que, en la Cámara, cada uno hace lo que quiere y en los tiempos que se le ocurre: que la comisión emitió tarde el dictamen al pliego de López Ávila o que la sesión debió hacerse hace una semana. "Es un descontrol, nadie conduce", le secreteó más de un parlamentario al gobernador, a colación de la superposición de desavenencias: derrumbar o no la ex Brigada de Investigaciones, discutir mucho o aprobar rápido un nuevo Código de Contravenciones Policiales, y dejarse primerear por la Justicia en el "caso López".
Pero no sólo en la Legislatura sienten que deben redimirse ante el gobernador. Cada vez que el Ejecutivo recibe un "bife" de Novillo, muchos vuelven a preguntarse de qué sirve tener amigos en el Poder Judicial. Pasó horas antes de los comicios de la re-reelección, cuando la Cámara en lo Contencioso Administrativo volteó el engendro del voto pegoteado para favorecer a los acoples en el interior. Y se repitió ahora. Hay varios que aseguran que en el Gobierno estaban tranquilos -en ambas ocasiones- porque alguien les habría soplado que nada iba a salir a contramano de sus intereses. Si efectivamente es así, el alperovichismo ya debería asumir que ese alguien le miente o que, sencillamente, no puede garantizar lo que le pidieron que garantice cuando lo empujaron para mudarse de edificio. Una cosa es segura: en el barrio, a esa persona no la elegirían nunca para hacer de "campana".
Hay veces en las que reafirmar con palabras lo que ya se sabe puede desatar un vendaval. Como aquel "vamos por todo" de Rojkés en 2007. Y otras en las que con gestos alcanza. El alperovichismo, pese a los años que lleva en el poder, aún no entendió esa diferencia.







