Hay tres eventos que resultan la vidriera que las actrices necesitan para difundir su imagen y a la película que en ese momento promocionan. Se posicionan como chicas it e imponen tendencia con el uso de vestidos de alta costura de marcas de lujo. Por un lado están los Oscar, donde el fashion police se hace una comidilla con los mejores y peores looks. En mayo sigue el MET (Metropolitan Museum of New York). Modelos y actrices son invitadas por el Costume Institute a una exposición relacionada con la moda (este año se centró en Elsa Schiaparelli y en Miuccia Prada). Y cerca de la capital de la moda se encuentra el Festival Internacional de Cine de Cannes.
Pero no son solo las actrices las que se benefician con la exposición. Es decir, poner los talleres de Gucci -por ejemplo- al servicio de una estrella como la ascendente Jéssica Chastain, fabricarle un vestido exclusivo a medida (no son los mismos que se presentan en las pasarelas), asistirla el día de la presentación con costureras a su disposición y hasta guardaespaldas, tiene un final con una inversión muy provechosa, recuperada en publicidad gratuita en todo el mundo. Pero la primera conexión se hace meses antes del Festival (aunque hay decisiones de último momento) entre el estilista de la estrella y los representantes de la casa de lujo. Ese asesor es el que va a los show rooms o asiste a los desfiles para buscar lo que mejor pueda quedarle a su cliente. Luego, la artista se queda con todo (a excepción de las joyas), aunque hay algunas que devuelven el vestido hasta con una nota de agradecimiento. A pesar de todo este circuito, la actriz siempre tiene el poder de decisión hasta el último momento. Un pequeño chisme: en su mejor momento, Nicole Kidman dejó plantado en Cannes 2003 a medio equipo de Dior. Lo que sucedió fue que la marca francesa se anticipó al Festival con un comunicado informando que la australiana los había elegido. Kidman se enojó, y al pisar la alfombra roja, Dior vio por TV a la actriz luciendo un vestido de Yves Saint Laurent Rive Gauche.
Pero no son solo las actrices las que se benefician con la exposición. Es decir, poner los talleres de Gucci -por ejemplo- al servicio de una estrella como la ascendente Jéssica Chastain, fabricarle un vestido exclusivo a medida (no son los mismos que se presentan en las pasarelas), asistirla el día de la presentación con costureras a su disposición y hasta guardaespaldas, tiene un final con una inversión muy provechosa, recuperada en publicidad gratuita en todo el mundo. Pero la primera conexión se hace meses antes del Festival (aunque hay decisiones de último momento) entre el estilista de la estrella y los representantes de la casa de lujo. Ese asesor es el que va a los show rooms o asiste a los desfiles para buscar lo que mejor pueda quedarle a su cliente. Luego, la artista se queda con todo (a excepción de las joyas), aunque hay algunas que devuelven el vestido hasta con una nota de agradecimiento. A pesar de todo este circuito, la actriz siempre tiene el poder de decisión hasta el último momento. Un pequeño chisme: en su mejor momento, Nicole Kidman dejó plantado en Cannes 2003 a medio equipo de Dior. Lo que sucedió fue que la marca francesa se anticipó al Festival con un comunicado informando que la australiana los había elegido. Kidman se enojó, y al pisar la alfombra roja, Dior vio por TV a la actriz luciendo un vestido de Yves Saint Laurent Rive Gauche.
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