Emoción y brillo en la excepcional velada por los 100 años del San Martín

El pianista Bruno Gelber y el director Pedro Ignacio Calderón regalaron un concierto profundo y refinado que ratificó el carácter festivo de la gala. La orquesta sonó compacta y se destacaron los violines y los chelos. La nueva araña del coliseo dejó con la boca abierta al público que, subyugado, no dejó de contemplarla durante toda la noche. Hubo largos aplausos y ovaciones.

MAESTRÍA. Bruno Gelber brindó una velada de gran nivel y destreza. LA GACETA / FOTOS DE HECTOR PERALTA
MAESTRÍA. Bruno Gelber brindó una velada de gran nivel y destreza. LA GACETA / FOTOS DE HECTOR PERALTA
Por Gustavo Martinelli 20 Mayo 2012
Deslumbrante. Así fue la gala del centenario del teatro San Martín, que no sólo asombró a los tucumanos con su flamante araña de cristales tornasolados, sino que conmovió hasta la médula con un concierto de nivel excepcional.

La velada, que comenzó puntualmente a las 22, ofreció varios momentos de profunda emoción. El primero fue cuando se abrieron las puertas de la sala y el público pudo admirar la enorme araña realizada con 35.000 cristales Swarovski. La vastedad de la pieza y su brillo excepcional dejaron con la boca abierta a más de uno. De hecho, durante toda la función fue casi inevitable levantar la vista cada tanto para dejarse arrebatar por los centellantes reflejos de esos cristales importados de Austria.

En el palco oficial, que también lució impactante, se ubicaron las autoridades encabezadas por la presidenta provisional del Senado, Beatriz Rojkés de Alperovich y por el titular del Ente Cultural, Mauricio Guzman. También estuvieron presentes legisladores, autoridades de la UNT y funcionarios provinciales.

Carácter festivo
La función comenzó con la proyección de un video sobre la historia del teatro que arrancó más de un lagrimón. Luego, la orquesta conducida por Jeff Manookian, interpretó el Cumpleaños feliz a plena luz y con la sala irradiando todo su esplendor. Pero cuando las luces empezaron a apagarse lentamente, comenzó el verdadero disfrute.

La primera obra del programa fue una selección de la opereta "La princesa de los dólares", de Leo Fall (1873-1925), pieza que se interpretó el 18 de mayo de 1912, en la inauguración del teatro. Impecables, la orquesta y el coro (este último dirigido por Ricardo Sbrocco) dejaron en claro que la emotividad iba a ser el denominador común de la noche.

Tras la opereta, vino lo que todos estaban esperando: el Concierto N° 1 de Tchaikovsky, a cargo de la orquesta, pero esta vez bajo la dirección de Pedro Ignacio Calderón. El lugar del primer violín lo ocupó la destacada Haydée Francia, esposa de Calderón y, como solista, el pianista Bruno Gelber. La bella pieza, una de las más populares de la música clásica, es en realidad una suerte de batalla entre el piano y la orquesta por llevar las riendas del discurso musical. Y Gelber consiguió transmitir esta sensación con tanta maestría que dejó casi sin habla al público. La impresión fue tan abrumadora que en la sala no se escucharon ni una sola tos o un ringtone desubicado. Ni siquiera hubo murmullos de admiración. Más bien parecía que el tiempo se había detenido y sólo había lugar para la magia. Una magia generada por esas manos virtuosas que recorrían sin cesar el teclado mientras la orquesta contraponía su potencia. El resultado fue estremecedor. Y el público lo hizo saber al final con largos aplausos y gritos de ovación que Gelber agradeció de pie y con los brazos extendidos.

Tras el éxtasis tchaikovskiano -gracias maestro Gelber- vino un intervalo de 15 minutos. Ese fue el momento para realizar un brindis en el foyer al que asistieron algunos invitados. Y fue también la oportunidad que aprovechó la primera dama de la provincia para abandonar el teatro. "Tiene una cena en su casa con Alicia Kirchner", explicaron desde Protocolo y Ceremonial.

Terminado el champán vino la última parte del concierto: la Séptima Sinfonía de Beethoven. Guiada con sensibilidad y maestría por Calderón, la orquesta pareció recuperar muchos de sus buenos momentos de sus casi 64 años de historia y se zambulló en el universo de Beethoven, creando climas y sensaciones de profundidad y refinamiento. El conjunto sonó compacto y se destacaron las cuerdas, en particular los violines y los chelos.

Una ovación final ratificó esta solvencia y dejó al público con una sensación extraña: la de no saber muy bien si lo que habían experimentado era real o si, por el contrario, habían estado soñando. Al fin y al cabo eso es lo que provoca el verdadero arte.

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