El acoso: un instrumento de la diplomacia para disputar Malvinas

Las relaciones deben conducirse dentro de las reglas de la cortesía y del respeto recíproco, señala un ex embajador de Naciones Unidas

Desde 2003, el Gobierno nacional -como sucediera en la década del 50- ha venido utilizando reiteradamente el acoso como instrumento de presión para tratar de alcanzar objetivos de política interior. Diversas instituciones regulatorias dotadas por la ley de poder de policía para sus responsabilidades específicas lo han ejercido, desnaturalizándolo, al servicio de objetivos políticos cuando las autoridades lo creyeron conveniente. Lamentablemente, algo similar puede haber sucedido con algunos de nuestros magistrados, en lo que es una grave deformación de la esencia misma de nuestra insitucionalidad democrática, en la que el accionar de los jueces debiera ser independiente de los demás poderes del Estado.

El incidente diplomático recientemente protagonizado por nuestra nueva embajadora ante el Reino Unido, Alicia Castro, sumado al uso de un corto televisivo que -de espaldas a la despolitización que conforma el espíritu olímpico- generara reacciones adversas hasta en sus autores y protagonistas, sumados a recientes declaraciones de nuestro canciller que nos ha advertido que este es sólo el comienzo de una serie de episodios similares, sugiere que la referida técnica del acoso -absolutamente inusual en las relaciones diplomáticas- podría ser utilizada en más respecto de la larga disputa de soberanía sobre las Islas Malvinas. Esto ante la condenable actitud británica de ignorar nuestros pedidos de diálogo sobre la cuestión, que desde hace años están acompañados por toda una serie de resoluciones en ese mismo sentido de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a lo que ahora se suma una posición regional solidaria, que ha decidido acompañar públicamente a nuestro país en su reclamo de diálogo, con gran activismo.

Esa absurda actitud de Gran Bretaña es la que, de alguna manera, parece haber provocado la decisión apuntada de acosar, como modo de exponer sonoramente frente al mundo la existencia del conflicto y la terca negativa británica a siquiera reconocerlo.

No obstante, la decisión apuntada -más allá de su carácter patológico- debiera ser siempre moderada por el tacto y por la prudencia. Y conducirse dentro de las reglas de la cortesía y del respeto recíproco que caracterizan a las relaciones entre los pueblos. Para no generar efectos adversos, contraproducentes. En el mundo de las relaciones internacionales la transgresión transformada en conducta genera recelos, desconfianzas y hasta rechazo. La lista de los transgresores, que es corta e incluye a países como Corea del Norte, Bielorrusia o Irán, nos exime de comentarios adicionales.

Ninguna política debiera cerrar otras posibles avenidas. Como la de las conversaciones y negociaciones bilaterales que se mantienen en el ámbito de la confidencialidad que -es bueno recordar- precisamente en esta misma cuestión fuera primero utilizada con algún éxito por nuestra diplomacia, para luego ser dejada de lado (pese a los avances que se habían logrado) cuando la decisión de invadir las Islas.

Cuando la Argentina se dispone a ocupar uno de los asientos no-permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas por el período 2013-2014, cabe esperar que esa circunstancia no transforme lo que -en esencia- es un delicado deber de defender la paz y seguridad internacionales, en una larga y sonora oportunidad para la defensa de nuestros propios intereses nacionales. Se puede ciertamente ser eficaz desde la firme moderación. Abusar de la presencia en el Consejo de Seguridad, desnaturalizando caprichosamente su razón de ser, sería seguramente una grave equivocación.

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