29 Abril 2012 Seguir en 
Una de las dificultades con las que nos encontramos a la hora de intentar definir una disciplina es desde qué lugar pensamos esa actividad. Por un lado podemos pensar la danza como hecho social, como baile, como expresión "cotidiana" de los cuerpos. Por otro lado, la danza como espectáculo, como destreza que se despliega en un escenario para causar admiración. Una tercera mirada contempla la danza como hecho artístico, como la producción de una obra de arte. Me parece que en todos estos terrenos el concepto de danza se ha modificado notoriamente en las últimas décadas. En lo social la danza se expresa tribalmente, diría que de una manera más primitiva, ya nadie espera que lo saquen a bailar. La danza como un espectáculo se ha popularizado y divulgado notoriamente; se ha instalado en los hogares por medio de los programas de televisión, con terminología específica como "Adaggio" por ejemplo, o en la atención de verificar la posición de los pies o los brazos de los bailarines. Personalmente, creo que esto es entretenimiento, y valorado en esos términos me parece bueno, ya que ayuda a divulgar un aspecto de la actividad.
El problema que percibo es cuando esto es confundido con la danza como expresión artística. Y es justamente en este terreno donde quizás sea más difícil llegar a una definición feliz. No podemos ignorar que la danza es heredera de la preceptiva griega clásica de belleza: simetría, proporción, equilibrio, etc. En el caso de la danza contemporánea esta ha permitido repensar estas ideas, ampliando la diversidad de los cuerpos danzantes, democratizando el movimiento, reinvindicando las particularidades del intérprete. Sin embargo, es innegable el efecto de la técnica, la transformación que experimenta el cuerpo de un intérprete cuando entra en relación con la rigurosidad del entrenamiento. En este sentido quizás encuentro el aspecto que me fascina de la danza: su poder transformador.
El problema que percibo es cuando esto es confundido con la danza como expresión artística. Y es justamente en este terreno donde quizás sea más difícil llegar a una definición feliz. No podemos ignorar que la danza es heredera de la preceptiva griega clásica de belleza: simetría, proporción, equilibrio, etc. En el caso de la danza contemporánea esta ha permitido repensar estas ideas, ampliando la diversidad de los cuerpos danzantes, democratizando el movimiento, reinvindicando las particularidades del intérprete. Sin embargo, es innegable el efecto de la técnica, la transformación que experimenta el cuerpo de un intérprete cuando entra en relación con la rigurosidad del entrenamiento. En este sentido quizás encuentro el aspecto que me fascina de la danza: su poder transformador.









