22 Enero 2012 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Periódicamente, la economía argentina se enfrenta a los denominados "cuellos de botella" que condicionan su crecimiento y obligan a los gobiernos de turno a tomar decisiones extremas para intentar reparar el problema, aunque siempre con un sector de la sociedad más perjudicado que otros. A veces el problema se resuelve por el lado de la devaluación (con blanco en el salario real de los trabajadores), el ajuste del gasto (sectores subsidiados, empleados públicos y provincias), retenciones (exportadores, especialmente los agropecuarios) o creación de nuevos impuestos (blanco móvil, de acuerdo con el tributo escogido).
Quizás la Argentina se encuentre a las puertas de una situación similar a la descripta. Pero la receta elegida en esta ocasión podría derivar en conflictos que trasciendan las fronteras, a juzgar por la medida que se dispuso. El año comienza seriamente condicionado por una economía jaqueada tanto por una crisis internacional como por errores propios que restringen el margen de maniobra para enfrentar los desafíos que se vienen.
Dólar subvaluado
La Argentina tiene muy poco para hacer con un dólar notoriamente subvaluado si no quiere alentar una espiral inflacionaria, mucho más si se tiene en cuenta que lidera el ranking de subas de precios al consumidor en el continente después de Venezuela. Las recetas expansivas tampoco parecen de fácil aplicación con una base monetaria que creció un 540% en ocho años y medio de gestión kirchnerista. La política de supresión paulatina de subsidios y de cepo salarial para el sector público (que, como todos los años, no se admite públicamente pero siempre se cumple) da la pauta de que se busca a toda costa la contención del crecimiento del gasto a niveles menores que los de los ingresos. Para completar, se sigue con el acceso vedado al mercado de capitales, al menos a tasas que en el resto del mundo podrían considerarse altas y que aquí serían "razonables".
La combinación de esos fenómenos es preocupante si se tiene en cuenta que el país debe afrontar este año serios compromisos de deuda y que sólo cuenta para hacer frente a ello con un superávit comercial amenazado por una caída en los precios de la soja. ¿Cómo conseguir, entonces, un saldo comercial favorable de 10.000 millones de dólares?
Los hechos de los últimos días demuestran que la salida al "cuello de botella" que dominará todo 2012 será la contención de las importaciones. Una receta que se aplicó en otras épocas. Sin ir más lejos, entre 1987 y 1989 el superávit fiscal se duplicó a costa de una brutal restricción de importaciones, fomentada por las brutales recesión e hiperinflación de entonces. Pero los aprendices de brujo no repararon en los cambios que hubo en las dos décadas transcurridas. Tendencias ideológicas al margen, la Argentina de 2012, a diferencia de la de 1989, forma parte de la unión aduanera del Mercosur, con reglas que deben cumplirse más allá de que los presidentes se llamen Menem o Kirchner, Collor de Mello o Rousseff, Lacalle o Mujica, Wasmosy o Lugo. Por si hace falta explicarlo, "unión aduanera" implica la libre circulación de mercaderías dentro de los países del bloque sin barreras, meta que en 17 años de vigencia institucional está lejos de ser una realidad. Por algo, la ministra de Industria, Débora Giorgi, viene manteniendo consultas con cámaras empresarias para que le presenten argumentos para incorporar a la lista de excepciones.
País de paradojas
En ese marco se inscribe la resolución 3.252 de la AFIP, que establece una declaración jurada anticipada de importación a partir del 1 de febrero. Una manera muy poco sutil y discrecional de abrir y cerrar el grifo de las importaciones a criterio de un funcionario que será el encargado de aprobar o no la operación. En el país de las paradojas, el comercio exterior pasará a estar controlado por la Secretaría de Comercio... Interior. Y aquí se le suma a los problemas institucionales del Mercosur otra diferencia respecto de 1989. ¿Habrán oído hablar en el segundo piso de Diagonal Sur 651 de la globalización? ¿Sabrán, por citar un caso, que el 60% de los componentes de un automóvil argentino procede del extranjero? La respuesta demoró una semana y la dio el ministro de Desarrollo brasileño, Fernando Pimentel, considerado la mano derecha de la presidenta Dilma Rousseff. El impacto de la frase "la Argentina ha sido un problema permanente" dejó en un segundo plano lo que se puede considerar la solución que Brasilia maneja para el "problema permanente": para Pimentel, una devaluación del peso argentino "no será un problema para Brasil, teniendo en cuenta el tamaño del superávit comercial del país con la Argentina".
Queda por ver si la Argentina está dispuesta a abandonar el ancla cambiaria como forma de frenar una inflación que, por otra parte, cuadruplica a la de su vecino. Pero que a Brasil no le afecte una devaluación de la moneda argentina, al punto de preferirla antes que cualquier barrera aduanera explícita o implícita, da la pauta de cómo ha cambiado la relación de fuerzas entre los dos países. Algo que años atrás hubiera sido motivo de reuniones bilaterales de urgencia de ministros y secretarios, hoy hasta parece ser una solución sugerida por la administración de un país que, desde su condición de miembro de las ligas mayores, observa con suficiencia el destino de su socio menor.
Los eventuales perjuicios comerciales (mínimos si se tiene en cuenta que la balanza bilateral favorece a Brasil hace casi una década) pueden aceptarse a cambio de resguardar el propósito de consolidar la condición de líder regional. Y evitar el incómodo riesgo de que en una próxima cumbre del Mercosur la cena presidencial se sirva con mesa para uno. O una. (DyN)
Quizás la Argentina se encuentre a las puertas de una situación similar a la descripta. Pero la receta elegida en esta ocasión podría derivar en conflictos que trasciendan las fronteras, a juzgar por la medida que se dispuso. El año comienza seriamente condicionado por una economía jaqueada tanto por una crisis internacional como por errores propios que restringen el margen de maniobra para enfrentar los desafíos que se vienen.
Dólar subvaluado
La Argentina tiene muy poco para hacer con un dólar notoriamente subvaluado si no quiere alentar una espiral inflacionaria, mucho más si se tiene en cuenta que lidera el ranking de subas de precios al consumidor en el continente después de Venezuela. Las recetas expansivas tampoco parecen de fácil aplicación con una base monetaria que creció un 540% en ocho años y medio de gestión kirchnerista. La política de supresión paulatina de subsidios y de cepo salarial para el sector público (que, como todos los años, no se admite públicamente pero siempre se cumple) da la pauta de que se busca a toda costa la contención del crecimiento del gasto a niveles menores que los de los ingresos. Para completar, se sigue con el acceso vedado al mercado de capitales, al menos a tasas que en el resto del mundo podrían considerarse altas y que aquí serían "razonables".
La combinación de esos fenómenos es preocupante si se tiene en cuenta que el país debe afrontar este año serios compromisos de deuda y que sólo cuenta para hacer frente a ello con un superávit comercial amenazado por una caída en los precios de la soja. ¿Cómo conseguir, entonces, un saldo comercial favorable de 10.000 millones de dólares?
Los hechos de los últimos días demuestran que la salida al "cuello de botella" que dominará todo 2012 será la contención de las importaciones. Una receta que se aplicó en otras épocas. Sin ir más lejos, entre 1987 y 1989 el superávit fiscal se duplicó a costa de una brutal restricción de importaciones, fomentada por las brutales recesión e hiperinflación de entonces. Pero los aprendices de brujo no repararon en los cambios que hubo en las dos décadas transcurridas. Tendencias ideológicas al margen, la Argentina de 2012, a diferencia de la de 1989, forma parte de la unión aduanera del Mercosur, con reglas que deben cumplirse más allá de que los presidentes se llamen Menem o Kirchner, Collor de Mello o Rousseff, Lacalle o Mujica, Wasmosy o Lugo. Por si hace falta explicarlo, "unión aduanera" implica la libre circulación de mercaderías dentro de los países del bloque sin barreras, meta que en 17 años de vigencia institucional está lejos de ser una realidad. Por algo, la ministra de Industria, Débora Giorgi, viene manteniendo consultas con cámaras empresarias para que le presenten argumentos para incorporar a la lista de excepciones.
País de paradojas
En ese marco se inscribe la resolución 3.252 de la AFIP, que establece una declaración jurada anticipada de importación a partir del 1 de febrero. Una manera muy poco sutil y discrecional de abrir y cerrar el grifo de las importaciones a criterio de un funcionario que será el encargado de aprobar o no la operación. En el país de las paradojas, el comercio exterior pasará a estar controlado por la Secretaría de Comercio... Interior. Y aquí se le suma a los problemas institucionales del Mercosur otra diferencia respecto de 1989. ¿Habrán oído hablar en el segundo piso de Diagonal Sur 651 de la globalización? ¿Sabrán, por citar un caso, que el 60% de los componentes de un automóvil argentino procede del extranjero? La respuesta demoró una semana y la dio el ministro de Desarrollo brasileño, Fernando Pimentel, considerado la mano derecha de la presidenta Dilma Rousseff. El impacto de la frase "la Argentina ha sido un problema permanente" dejó en un segundo plano lo que se puede considerar la solución que Brasilia maneja para el "problema permanente": para Pimentel, una devaluación del peso argentino "no será un problema para Brasil, teniendo en cuenta el tamaño del superávit comercial del país con la Argentina".
Queda por ver si la Argentina está dispuesta a abandonar el ancla cambiaria como forma de frenar una inflación que, por otra parte, cuadruplica a la de su vecino. Pero que a Brasil no le afecte una devaluación de la moneda argentina, al punto de preferirla antes que cualquier barrera aduanera explícita o implícita, da la pauta de cómo ha cambiado la relación de fuerzas entre los dos países. Algo que años atrás hubiera sido motivo de reuniones bilaterales de urgencia de ministros y secretarios, hoy hasta parece ser una solución sugerida por la administración de un país que, desde su condición de miembro de las ligas mayores, observa con suficiencia el destino de su socio menor.
Los eventuales perjuicios comerciales (mínimos si se tiene en cuenta que la balanza bilateral favorece a Brasil hace casi una década) pueden aceptarse a cambio de resguardar el propósito de consolidar la condición de líder regional. Y evitar el incómodo riesgo de que en una próxima cumbre del Mercosur la cena presidencial se sirva con mesa para uno. O una. (DyN)
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