Lo que ocurrió esta semana bien podría haber sido una parodia, una sátira sobre las contradicciones de la política. Una metáfora del autismo dirigencial, una puesta en escena sobre las diferencias entre el discurso de buena parte de los políticos y el de la sociedad. Porque si todo lo que se vivió en estos días es real, habrá que pedir más de un deseo en el brindis de Año Nuevo.
La semana arrancó con el gobernador, José Alperovich, y con el intendente de la capital, Domingo Amaya, subidos a las tablas, como actores protagónicos. Apenas se levantó el telón, quedó evidenciado que lo de ambos no es la actuación. Al mismo tiempo en que Alperovich hablaba de su intención de "liberar" a los municipios, de que logren llegar al autofinanciamiento, recibía en su despacho a concejales que habían desafiado su autoridad para pedirles explicaciones; y, sin mayores rodeos, adelantaba que el municipio iba a promulgar una ordenanza que no era del agrado del intendente. Porque, sencillamente, la obra que él pide debe hacerse, más allá del cómo debe hacerse.
Apenas finalizó el unipersonal del gobernador, Amaya asumió su papel. El jefe municipal fue hasta la Casa de Gobierno como artista de reparto. Escuchó los retos y leyó el libreto sin saltearse una coma; pero ya nadie cree en ese texto, por remanido. En rigor, aunque el intendente sea un esforzado actor, nunca podrá disimular la realidad: el alperovichismo ya no cree más en el amayismo y este ya no es más parte del alperovichismo. Sus carreras transitan por caminos distintos, aunque muchas veces deban compartir el cartel.
Tres actos de estos días dan cuenta de esa ruptura que el intendente se esmera por negar. El primero: Amaya seguramente no estará en la capital cuando el municipio que él conduce deba promulgar la ordenanza que Alperovich pidió. Por eso, el proyecto sancionado el viernes ni siquiera le fue comunicado: la puesta en vigencia correrá por cuenta del "extra" Ramón Santiago Cano, presidente del Concejo, siempre presto a ocupar espacios. El segundo, durante la visita del ultra K Rafael Follonier a la Casa de Gobierno, el martes y luego de las diferencias del lunes, el gobernador y el intendente ni siquiera cruzaron mirada, según cuentan dirigentes de ambos sectores que estuvieron en el despacho oficial. Y el tercero, pero no el último, Amaya se declaró "enfermo" para no asistir el miércoles al brindis de Año Nuevo que presidió Alperovich en el Salón Blanco.
La gestualidad es una virtud en la actuación. Y aunque Alperovich y Amaya repitan un prolijo libreto de unidad política, los movimientos, las miradas y hasta los semblantes transmiten otra realidad.
Dirigencia colapsada
La obra de la semana no podía dejar afuera a los legisladores, muchos de los cuales siempre están atentos a cualquier posibilidad actoral que surja. Porque hasta suena irónico que en los días en los que más expuesta quedó la desinversión del Estado en servicios públicos elementales -como el agua potable, las cloacas y la electricidad-, el recinto haya cobijado la fusión de los entes de control de esos servicios con el argumento de "eficientizar" esa tarea.
San Miguel de Tucumán colapsó. Miles de vecinos sin agua ni luz y calles inundadas de desperdicios cloacales. La furia del calor y de la imprevisión se llevaron puestos los tímidos justificativos de una dirigencia que dedicó apenas 20 minutos en la sesión a hablar del agua, la luz y las cloacas, pero una hora para aprobar el aporte estatal de $ 10 millones para que un club construya un estadio de hockey.
Seguramente, sólo fue una extenuante parodia.
La semana arrancó con el gobernador, José Alperovich, y con el intendente de la capital, Domingo Amaya, subidos a las tablas, como actores protagónicos. Apenas se levantó el telón, quedó evidenciado que lo de ambos no es la actuación. Al mismo tiempo en que Alperovich hablaba de su intención de "liberar" a los municipios, de que logren llegar al autofinanciamiento, recibía en su despacho a concejales que habían desafiado su autoridad para pedirles explicaciones; y, sin mayores rodeos, adelantaba que el municipio iba a promulgar una ordenanza que no era del agrado del intendente. Porque, sencillamente, la obra que él pide debe hacerse, más allá del cómo debe hacerse.
Apenas finalizó el unipersonal del gobernador, Amaya asumió su papel. El jefe municipal fue hasta la Casa de Gobierno como artista de reparto. Escuchó los retos y leyó el libreto sin saltearse una coma; pero ya nadie cree en ese texto, por remanido. En rigor, aunque el intendente sea un esforzado actor, nunca podrá disimular la realidad: el alperovichismo ya no cree más en el amayismo y este ya no es más parte del alperovichismo. Sus carreras transitan por caminos distintos, aunque muchas veces deban compartir el cartel.
Tres actos de estos días dan cuenta de esa ruptura que el intendente se esmera por negar. El primero: Amaya seguramente no estará en la capital cuando el municipio que él conduce deba promulgar la ordenanza que Alperovich pidió. Por eso, el proyecto sancionado el viernes ni siquiera le fue comunicado: la puesta en vigencia correrá por cuenta del "extra" Ramón Santiago Cano, presidente del Concejo, siempre presto a ocupar espacios. El segundo, durante la visita del ultra K Rafael Follonier a la Casa de Gobierno, el martes y luego de las diferencias del lunes, el gobernador y el intendente ni siquiera cruzaron mirada, según cuentan dirigentes de ambos sectores que estuvieron en el despacho oficial. Y el tercero, pero no el último, Amaya se declaró "enfermo" para no asistir el miércoles al brindis de Año Nuevo que presidió Alperovich en el Salón Blanco.
La gestualidad es una virtud en la actuación. Y aunque Alperovich y Amaya repitan un prolijo libreto de unidad política, los movimientos, las miradas y hasta los semblantes transmiten otra realidad.
Dirigencia colapsada
La obra de la semana no podía dejar afuera a los legisladores, muchos de los cuales siempre están atentos a cualquier posibilidad actoral que surja. Porque hasta suena irónico que en los días en los que más expuesta quedó la desinversión del Estado en servicios públicos elementales -como el agua potable, las cloacas y la electricidad-, el recinto haya cobijado la fusión de los entes de control de esos servicios con el argumento de "eficientizar" esa tarea.
San Miguel de Tucumán colapsó. Miles de vecinos sin agua ni luz y calles inundadas de desperdicios cloacales. La furia del calor y de la imprevisión se llevaron puestos los tímidos justificativos de una dirigencia que dedicó apenas 20 minutos en la sesión a hablar del agua, la luz y las cloacas, pero una hora para aprobar el aporte estatal de $ 10 millones para que un club construya un estadio de hockey.
Seguramente, sólo fue una extenuante parodia.







