Restaurar la cultura del trabajo

La falta de ladrillos desnuda una problema laboral grave.

30 Julio 2003
En nuestra edición de ayer, una amplia nota da cuenta del desabastecimiento de ladrillos que existe actualmente en nuestra provincia, cualquiera que sea la cantidad o el tipo de ladrillo que se requiera. De acuerdo con las estimaciones de la Cámara de Industriales Ladrilleros de Tucumán, el fenómeno debe atribuirse a dos factores a saber, la incidencia de las lluvias del mes pasado y la escasez de mano de obra disponible, por haberse desplazado mucha de la existente a la cosecha del limón. Como lo consignamos en la citada publicación, la fabricación de ladrillos es un rubro bastante significativo dentro del cuadro de las actividades de la provincia. En efecto, Tucumán produce por año alrededor de 150 millones de unidades, lo que representa trabajo para unos 5.000 obreros por espacio de 170 días aproximadamente. Inclusive, la Cámara tiene en marcha un proyecto de exportación de ladrillos a España, experiencia que por cierto puede abrir buenas perspectivas.
Nos interesa recortar, de nuestra nota, el hecho de que la falta de mano de obra constituya una de las causas que han operado sobre el desabastecimiento presente. Puesto que, como lo expresa el titular de la Cámara, muchos de los trabajadores del ladrillo han optado por enrolarse en otras faenas, es evidente que su lugar ha quedado vacante. Y sucede, de acuerdo con la misma fuente, que no aparecen nuevos aspirantes para ocupar esa fuente de trabajo.
No hace mucho publicamos estimaciones nacionales acerca de las derivaciones negativas que han acompañado a todos los efectos, indudablemente positivos, de los planes "Trabajar", en los cuales el Estado nacional invierte sumas muy importantes a lo largo y a lo ancho de todo el país. Sucede que la existencia del referido aporte, que se percibe sin contraprestación laboral alguna, ha determinado en muchos casos que sus beneficiarios prefieran permanecer en la situación de desocupados, en lugar de aceptar puestos de trabajo.
Sin duda que una actitud de esa índole viene a desnaturalizar peligrosamente el sentido de la ayuda oficial. Esta se ha programado, justamente, para paliar el serio problema de la desocupación, y como algo que solamente puede percibirse ante la real falta de empleo. Pero no ha sido pensada como sustituto del trabajo, que constituye no solamente un derecho básico de toda persona, sino también un deber y un componente insustituible del autorrespeto personal.
Es por todos conocido que, en la actual circunstancia de la Argentina, existe el propósito generalizado de cambiar una cantidad de hábitos nacionales, que se consideran una rémora para que nuestro país obtenga, en el concierto de las naciones del tercer milenio, ese lugar al que tiene derecho por todo lo que representan la capacidad de su pueblo, la calidad de su territorio y la vastedad de sus posibilidades.Pensamos que, dentro de tales modificaciones, reviste carácter de candente prioridad la que atañe a la recuperación de la cultura del trabajo entre nosotros. Es decir, volver a instalar, en el espíritu de los habitantes, la contundente verdad de que todo ciudadano debe trabajar, para mantenerse a sí mismo y para mantener a su familia, y para aspirar, por esa vía, al progreso que merece todo integrante de una nación.
En los planes de ayuda social, entonces, no debe trastocarse su verdadero sentido de auxilio frente a una innegable emergencia, para transformarlos en sustitutos del haber que todo ser humano debe ganarse con su esfuerzo. El caso que mentamos al comienzo puede servir para una positiva reflexión sobre este tema, cuya importancia sería sobreabundante ponderar.

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