Los palos en la rueda

La tendencia a lo negativo y el miedo al cambio.

27 Julio 2003
Por Roberto Espinosa

El acervo popular refleja siempre la idiosincrasia de un pueblo. Existen expresiones cotidianas -tales como "poner palos en la rueda", "no seás contrera", "oponer por oponerse", "no va a andar", "como piedra en el zapato"-, que ponen de relieve una extraña vocación por sabotear los proyectos, los sueños y hasta la realidad misma. Los argentinos tenemos una tendencia a lo negativo que se manifiesta en expresiones cotidianas: "¿no tiene hora?", "¿no podría darme fuego?, "¿no sabe si acá para el ómnibus?" Se da el caso, por ejemplo, que en nuestra casa de altos estudios, el personal administrativo se define como no docente; de ese modo quien cumpliera esas funciones en un diario podría llamarse no periodista, o en otros ámbitos, no policía, no comerciante, no funcionario, etc. Seguramente, esta calidad de negativo está relacionada con el pesimismo, es decir la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable. También acuñamos la frase "buscarle la quinta pata al gato", que tal vez tenga que ver con un exceso de hipercrítica. Ese afán de encontrarle a veces una explicación a lo inexplicable o de intentar torcer la realidad para acomodarla a la propia conveniencia o para descalificar algo.
En líneas generales, puede afirmarse que las buenas ideas pocas veces llegan al parto en la Argentina y, mucho menos, en este golpeado Tucumán. Lo lógico sería dejar que las ideas y proyectos que impulsan un cambio se desarrollaran, se intentara mejorarlos, se pusieran en práctica, y si fracasaran, recién entonces ponerlos bajo la lupa y extraer una enseñanza de los errores cometidos. Pero eso no sucede a menudo. Por otro lado, hay una marcada tendencia negativa a apostar nuevamente por experiencias y por dirigentes que ya han fracasado, por eso siguen "vivitos y coleando".
Se escucha en la calle que los tucumanos están asqueados de una clase gobernante que, en las últimas décadas, ha destruido la provincia. Sin embargo, a la hora de votar para promover el cambio tan anhelado, se vuelve a elegir a los que vienen jugando este partido hace ya dos décadas y han logrado derrotar hasta la esperanza. Se supone que los tucumanos necesitamos certezas y no más dudas, que es lo que hemos cosechado en las recientes elecciones. ¿Se puede tener la certeza de que alguien que fue funcionario del actual gobierno podrá rescatar del abismo a esta provincia? Tal vez tenga algún crédito abierto porque fue ministro, pero nunca gobernador. ¿Pero cómo no dudar de alguien que cuando fue gobernador y fue acusado de tener cuentas bancarias en Suiza, respondió: "ni lo niego ni lo afirmo" y no supo sacar a la provincia de la desesperanza? ¿Cómo creer nuevamente en un general jubilado, quien dijo tener una verdad como político y otra como militar? Cabe preguntarse entonces si se desea verdaderamente el cambio.
En Tucumán, pareciera que todo va a contramano del Universo. La lógica indicaría que si una gestión de gobierno fracasa estrepitosamente, se analizarían las causas y se buscaría entonces sembrar nuevamente. Pero eso no ocurre.

El perro del hortelano
En muchos países e incluso en algunas provincias argentinas, las instituciones funcionan adecuadamente y las buenas ideas se hacen realidad. Sin embargo, en esta tierra hemos hecho un culto de la queja, del "no se puede", del querer y no querer, de no afirmar ni negar, como si fuésemos el perro del hortelano que no come ni deja comer. Existe una necesidad compulsiva de abortar las posibilidades de cambio y una extraña incapacidad para aprender de los errores cometidos. Por eso no avanzamos.
Estamos buscando permanentemente razones para autodenigrarnos; deseamos ser pero no somos; hablamos pero no hacemos. Quizás eso suceda porque hemos perdido la fe en nosotros mismos como constructores de un presente digno. Y esta suerte de parálisis nos mantiene en un punto muerto. Mientras sigamos buscando razones que nos impidan ser felices, seguiremos buscándole la quinta pata al gato.

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