26 Julio 2003 Seguir en 
Son bien conocidas las características habituales del clima de Tucumán. Tenemos un verano extremadamente largo que, con mucha frecuencia, empieza francamente en la primavera, y un invierno extremadamente corto. Pero la brevedad de este último no quiere decir que estemos a salvo de temperaturas muy bajas. Sufrimos las mismas con mayor intensidad, debido, por un lado, a la falta de costumbre, y por el otro, a situaciones que este comentario intenta puntualizar. Nos referimos a que en nuestra ciudad se carece de toda preparación para el frío. Lo que significa que, cuando llega, nos encuentra prácticamente inermes y sometidos a sus consecuencias. Estas incluyen, como bien sabemos, una serie nutrida de enfermedades, que pueden adquirir especial gravedad por sus complicaciones, especialmente cuando afectan a personas mayores o con sus defensas debilitadas. Y deben agregarse, asimismo, los trastornos que causa, en las actividades en general, el ausentismo laboral que resulta generado directamente por la mentada circunstancia.
El caso de las oficinas públicas -sean ellas provinciales o municipales- es muy revelador. En una gran mayoría de ellas, la temperatura reinante tiene un nivel tan bajo que la permanencia se hace dañosa y mortificante, no solamente para los empleados sino también para el público que acude a ellas con motivo de trámites o de diligencias diversas. El problema suele paliarse con calefactores eléctricos, pero en muchos casos no es posible su uso por los problemas que causa al sobrecargar la instalación. Y qué decir cuando en alguna dependencia estatal es necesario esperar, o formar filas, si se piensa que los ámbitos habilitados para esa instancia son, por lo general, inhóspitos pasillos batidos por congelantes corrientes de aire.
Apuntamos arriba los perjuicios para la salud que de esta situación derivan y que constituyen su secuela más importante. No puede admitirse que un empleado estatal termine resfriado o engripado como consecuencia directa de las condiciones en las que debe prestar servicio. Como tampoco se justifica que un ciudadano se exponga a idénticos problemas en su salud, como derivación de haber acudido a cumplir alguna gestión.
El problema existe, además, y en forma por demás notable, en los servicios públicos de transporte. Es por cierto frecuente que los taxis o remises -sean legales o ilegales- circulen con ventanillas cuyos cristales cierran defectuosamente, o directamente no cierran, exponiendo a los pasajeros a los perniciosos efectos de un viento helado que suele colarse, también, por las hendijas de la vetusta carrocería. Una adecuada inspección de la Municipalidad tendría que marginar del servicio a esas unidades, hasta que la deficiencia sea solucionada.
Lo mismo ocurre en las ventanillas de los coches de muchas líneas de ómnibus, y en los cuales el pasajero no tiene más remedio que soportar el ingreso de corrientes de aire muy frías durante el trayecto, por falta de un cerramiento que en la época invernal no puede de modo alguno obviarse.Y hemos apuntado que no es raro que, en los ómnibus de larga distancia, suela fallar la calefacción, hecho que torna incómoda y perniciosa una permanencia de tantas horas en los asientos. Obvio es decir que no debiera iniciarse el viaje si no está asegurada la fuente de calor.
De todo esto se desprende que el poder público y los prestadores de servicios en general tienen la obligación de adoptar providencias razonables para poner a las personas a salvo de algo tan incómodo y dañoso como es el frío. Las cifras que se dan a conocer periódicamente sobre las enfermedades del aparato respiratorio muestran el impacto que esta cuestión tiene sobre la salud de los habitantes.
El caso de las oficinas públicas -sean ellas provinciales o municipales- es muy revelador. En una gran mayoría de ellas, la temperatura reinante tiene un nivel tan bajo que la permanencia se hace dañosa y mortificante, no solamente para los empleados sino también para el público que acude a ellas con motivo de trámites o de diligencias diversas. El problema suele paliarse con calefactores eléctricos, pero en muchos casos no es posible su uso por los problemas que causa al sobrecargar la instalación. Y qué decir cuando en alguna dependencia estatal es necesario esperar, o formar filas, si se piensa que los ámbitos habilitados para esa instancia son, por lo general, inhóspitos pasillos batidos por congelantes corrientes de aire.
Apuntamos arriba los perjuicios para la salud que de esta situación derivan y que constituyen su secuela más importante. No puede admitirse que un empleado estatal termine resfriado o engripado como consecuencia directa de las condiciones en las que debe prestar servicio. Como tampoco se justifica que un ciudadano se exponga a idénticos problemas en su salud, como derivación de haber acudido a cumplir alguna gestión.
El problema existe, además, y en forma por demás notable, en los servicios públicos de transporte. Es por cierto frecuente que los taxis o remises -sean legales o ilegales- circulen con ventanillas cuyos cristales cierran defectuosamente, o directamente no cierran, exponiendo a los pasajeros a los perniciosos efectos de un viento helado que suele colarse, también, por las hendijas de la vetusta carrocería. Una adecuada inspección de la Municipalidad tendría que marginar del servicio a esas unidades, hasta que la deficiencia sea solucionada.
Lo mismo ocurre en las ventanillas de los coches de muchas líneas de ómnibus, y en los cuales el pasajero no tiene más remedio que soportar el ingreso de corrientes de aire muy frías durante el trayecto, por falta de un cerramiento que en la época invernal no puede de modo alguno obviarse.Y hemos apuntado que no es raro que, en los ómnibus de larga distancia, suela fallar la calefacción, hecho que torna incómoda y perniciosa una permanencia de tantas horas en los asientos. Obvio es decir que no debiera iniciarse el viaje si no está asegurada la fuente de calor.
De todo esto se desprende que el poder público y los prestadores de servicios en general tienen la obligación de adoptar providencias razonables para poner a las personas a salvo de algo tan incómodo y dañoso como es el frío. Las cifras que se dan a conocer periódicamente sobre las enfermedades del aparato respiratorio muestran el impacto que esta cuestión tiene sobre la salud de los habitantes.






