20 Noviembre 2011 Seguir en 
Tan cerca y tan lejos. Depende desde dónde se lo considere. Viven en Tucumán, la más pequeña de las provincias argentinas, y al mismo tiempo, el lugar geográfico que habitan es de difícil acceso. Se consideran descendientes de los diaguitas y transcurren sus días en condiciones primitivas, aunque añoran que llegue hasta allí la modernidad. La llegada de la luz eléctrica, hace tres meses, les ha cambiado la vida a estos 30 moradores que pertenecen a la comunidad de los yampas, ubicada a 1.400 metros de altura sobre el nivel del mar, en la ladera oriental de los Nevados del Aconquija.
Para llegar hasta allí hay que remontar las orillas del río Solco a través de un bosque espeso y húmedo. Desde El Molino (Alpachiri) hay que andar unos 25 kilómetros hacia el oeste. Según un poblador, seis décadas atrás, había 70 puestos en los que vivían alrededor de 500 personas. La mayoría partió a otros horizontes buscando trabajo, educación y cobertura sanitaria, y paradójicamente, algunos que lo hicieron hace años, están pensando en el regreso. Muchos de los habitantes originarios viven Alpachiri, Piedra Grande, El Molino, Santa Ana y otras comunidades del sur de la provincia.
El joven cacique de 40 años afirma que para que la nueva generación de yampas se instale en el lugar deben tener, por lo menos, una escuela, un centro asistencial y trabajo. Los que quedan, conscientes de las limitaciones, sueñan con transformar su territorio en un polo turístico, que les reditúe ingresos y les brinde la posibilidad de difundir sus tradiciones. Podrían organizarse cabalgatas, caminatas y actividades, como la pesca. "Antes que nada habría que mejorar el camino, luego instalar cabañas y albergues para los visitantes. Es una propuesta que seguramente atraerá a mucha gente. Pienso que generará trabajo y recursos para nuestra comunidad, que sueña con tener una mejor calidad de vida", sostiene el cacique. Según tres estudiantes del último curso de la carrera de Psicología Social, de la Escuela Superior de Monteros, los yampas cuentan con suficientes recursos humanos para recuperar de la herencia de sus ancestros. Las jóvenes realizan allí una pasantía, cuyo objetivo es robustecer la identidad y el legado cultural de la comunidad.
El paraje cuenta también con una capilla, construida con piedras del río, que fue inaugurada hace tres años. Los mismos moradores la erigieron estimulado por el párroco de Arcadia, que una vez al año sube hasta allí con peregrinos. El cacique admitió que no conocen con claridad el origen de su nombre. "Lo que sí sabemos es que los ancestros fueron diaguitas de los Valles Calchaquíes que llegaron hasta aquí probablemente escapando de los conquistadores", afirmó.
Sería interesante que los anhelos de esta comunidad, descendiente de los pueblos originarios, fueran escuchados. Por ejemplo, la Universidad, a través de sus antropólogos u otros especialistas, podría estudiar en profundidad los vínculos de este grupo poblacional con las culturas precolombinas que poblaron esa geografía. Desde el Estado, se podrían enviar alfabetizadores, ya que todos los pobladores son iletrados, y a través de otras áreas del gobierno, ver cómo se podría acceder a ese lugar de un modo más directo o conjuntamente con los pobladores, diseñar un proyecto que permitiera explotar el lugar turísticamente, en principio, a través de las cabalgatas. Se podría levantar un camping y dotarlo, por lo menos, con los servicios básicos. Se debería pensar también en que un equipo médico los visitara con cierta periodicidad. De esa manera, los habitantes de la comunidad Solco-Yampa sentirían que pueden gozar de los mismos derechos que sus comprovincianos.
Para llegar hasta allí hay que remontar las orillas del río Solco a través de un bosque espeso y húmedo. Desde El Molino (Alpachiri) hay que andar unos 25 kilómetros hacia el oeste. Según un poblador, seis décadas atrás, había 70 puestos en los que vivían alrededor de 500 personas. La mayoría partió a otros horizontes buscando trabajo, educación y cobertura sanitaria, y paradójicamente, algunos que lo hicieron hace años, están pensando en el regreso. Muchos de los habitantes originarios viven Alpachiri, Piedra Grande, El Molino, Santa Ana y otras comunidades del sur de la provincia.
El joven cacique de 40 años afirma que para que la nueva generación de yampas se instale en el lugar deben tener, por lo menos, una escuela, un centro asistencial y trabajo. Los que quedan, conscientes de las limitaciones, sueñan con transformar su territorio en un polo turístico, que les reditúe ingresos y les brinde la posibilidad de difundir sus tradiciones. Podrían organizarse cabalgatas, caminatas y actividades, como la pesca. "Antes que nada habría que mejorar el camino, luego instalar cabañas y albergues para los visitantes. Es una propuesta que seguramente atraerá a mucha gente. Pienso que generará trabajo y recursos para nuestra comunidad, que sueña con tener una mejor calidad de vida", sostiene el cacique. Según tres estudiantes del último curso de la carrera de Psicología Social, de la Escuela Superior de Monteros, los yampas cuentan con suficientes recursos humanos para recuperar de la herencia de sus ancestros. Las jóvenes realizan allí una pasantía, cuyo objetivo es robustecer la identidad y el legado cultural de la comunidad.
El paraje cuenta también con una capilla, construida con piedras del río, que fue inaugurada hace tres años. Los mismos moradores la erigieron estimulado por el párroco de Arcadia, que una vez al año sube hasta allí con peregrinos. El cacique admitió que no conocen con claridad el origen de su nombre. "Lo que sí sabemos es que los ancestros fueron diaguitas de los Valles Calchaquíes que llegaron hasta aquí probablemente escapando de los conquistadores", afirmó.
Sería interesante que los anhelos de esta comunidad, descendiente de los pueblos originarios, fueran escuchados. Por ejemplo, la Universidad, a través de sus antropólogos u otros especialistas, podría estudiar en profundidad los vínculos de este grupo poblacional con las culturas precolombinas que poblaron esa geografía. Desde el Estado, se podrían enviar alfabetizadores, ya que todos los pobladores son iletrados, y a través de otras áreas del gobierno, ver cómo se podría acceder a ese lugar de un modo más directo o conjuntamente con los pobladores, diseñar un proyecto que permitiera explotar el lugar turísticamente, en principio, a través de las cabalgatas. Se podría levantar un camping y dotarlo, por lo menos, con los servicios básicos. Se debería pensar también en que un equipo médico los visitara con cierta periodicidad. De esa manera, los habitantes de la comunidad Solco-Yampa sentirían que pueden gozar de los mismos derechos que sus comprovincianos.







