El viajero, eterno rehén de los paros aeronáuticos

16 Noviembre 2011
Las sociedades más evolucionadas han mostrado su eficiencia o, por lo menos, aptitud para solucionar los problemas que se les van presentando. Son conscientes de que el famoso "peso de la herencia recibida" se constituye a la larga en un pesado lastre para avanzar. En contrapartida, hay naciones que se especializan en convertir un problema insignificante en uno enorme. Cuando finalmente, se decide a tomar el toro por las astas, este ha desarrollado tantos tentáculos que hacen muy difícil su resolución y se repite crónicamente, generando un daño cada vez mayor.

El jueves pasado, la Asociación del Personal Técnico Aeronáutico (APTA) decidió medidas gremiales que afectaron el funcionamiento de Aerolíneas Argentinas (AA). Los técnicos trabaron, desde el viernes, la salida de los vuelos aduciendo que los aviones de la empresa no cumplían con todas las medidas de seguridad exigidas. Denunciaron que la compañía operaba con una política de "sobreventa de pasajes", debido a una "pésima gestión gerencial". Los sindicalistas no acataron la conciliación obligatoria y siguieron adelante con su protesta. En consecuencia se cancelaron los vuelos internacionales y se afectaron los domésticos que hasta ayer seguían reprogramándose. Hubo cruces de munición gruesa entre aeronáticos, funcionarios de la línea y el Gobierno. Este último pidió el lunes a la Justicia la suspensión de la personería gremial de APTA por incumplimiento a la Ley de Conciliación Obligatoria.

En la década de 1990, Carlos Menem abrió la era de las privatizaciones en la Argentina. Uno de los argumentos esgrimidos fue que las empresas del Estado daban pérdidas como consecuencia de la mala administración y de la corrupción de décadas. Era entonces necesario ingresar por las puertas grandes del Primer Mundo; de manera que el Gobierno privatizó todo lo que podía ser rentable; en algunos casos, el Estado mantuvo una mínima participación en las acciones. Desde ese entonces, la historia de AA cambió radicalmente y con bastante frecuencia la compañía fue noticia por las constantes crisis y la falta de inversiones de los nuevos dueños. Se dijo entonces que la mayoría de las privatizaciones habían sido mal hechas. Lo cierto es que en el caso de Aerolíneas la crisis volvió a recrudecer en 2007. Con el correr del tiempo, las deficiencias se ahondaron y se sumó un largo conflicto con los pilotos. Tras marchas y contramarchas con las autoridades y empresarios españoles, el Gobierno decidió nacionalizar la línea. Conflictos salariales, problemas con los radares o carencia de otros instrumentos indispensables para la navegación por aire, roturas de autobombas, y constantes paros, vienen deteriorando la imagen de la empresa que perdió este fin de semana 20 millones de dólares.

En estas batallas de acusaciones recíprocas, nadie se hace cargo de la víctima que es el usuario, el que solventa con su bolsillo la existencia de la compañía y sus empleados. Este debe soportar las constantes reprogramaciones, pasar la noche en los aeropuertos u hoteles con la esperanza de poder viajar al día siguiente, perder compromisos pactados, operaciones quirúrgicas o viajes al exterior. ¿Quién se hace cargo de los perjuicios causados al viajero?

Sería positivo que se diseñara una política de Estado en materia aérea y que el usuario dejara de ser el rehén de conflictos irresueltos, que sólo acarrean frustración y descrédito nacional.

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