En la opulencia, todo exceso es permitido, tolerado y hasta festejado. Pero cuando la diversión se acaba, alguien debe pagar la cena aunque todos hayan comido por igual. La caída libre de Silvio Berlusconi, el multimillonario de 75 años que llegó a la política para ampliar su base comercial y fue consagrado primer ministro en 1994 en medio del descrédito de la clase política (mani pulite de por medio) es una síntesis perfecta de que en tiempos de carencias como los que vive Europa, hacen falta estadistas.
Con un sistema político complicado y un Parlamento inestable, gobernar Italia es un desafío extremo. Desde el final de la II Guerra Mundial, se sucedieron más de 60 gestiones de primeros ministros, a un promedio poco mayor a una por año. La espiral de deuda pública creciente de los tiempos alegres llevó al país a deber (sobre todo a inversores de su propio territorio) el 120% de su Producto Bruto Interno.
La imagen de ganador en los negocios y en las mujeres, del nunca derrotado, quedó borrada de un plumazo. Ayer soportó insultos al llegar al Palacio del Quirinale a presentarle su dimisión al presidente comunista, Giorgio Napolitano.
Nadie puede darlo por muerto: se refugiará en el Milan (club de su propiedad) y en alguna de sus 150 empresas, y seguirá liderando su partido Pueblo de la Libertad. Pero antes, habría llegado a condicionar su renuncia a que sigan algunos de sus hombres clave en el Gobierno y a tener impunidad en los varios juicios penales que enfrenta. Nadie sabe qué le prometieron.
Con un sistema político complicado y un Parlamento inestable, gobernar Italia es un desafío extremo. Desde el final de la II Guerra Mundial, se sucedieron más de 60 gestiones de primeros ministros, a un promedio poco mayor a una por año. La espiral de deuda pública creciente de los tiempos alegres llevó al país a deber (sobre todo a inversores de su propio territorio) el 120% de su Producto Bruto Interno.
La imagen de ganador en los negocios y en las mujeres, del nunca derrotado, quedó borrada de un plumazo. Ayer soportó insultos al llegar al Palacio del Quirinale a presentarle su dimisión al presidente comunista, Giorgio Napolitano.
Nadie puede darlo por muerto: se refugiará en el Milan (club de su propiedad) y en alguna de sus 150 empresas, y seguirá liderando su partido Pueblo de la Libertad. Pero antes, habría llegado a condicionar su renuncia a que sigan algunos de sus hombres clave en el Gobierno y a tener impunidad en los varios juicios penales que enfrenta. Nadie sabe qué le prometieron.




