Un par de meses atrás, revisando el guardarropas con el objetivo de embolsar algunos abrigos y ganar algo de espacio para la ropa de verano, me sorprendí al descubrir que tenía 34 camisas. Algunas hasta de mi padre, fallecido hace 20 años, importadas, de tela de muy buena calidad y en perfecto estado. De esas prendas que se guardan más por cariño que por otra cosa. Había otras seminuevas, que me habré puesto una o dos veces y nunca más. Me detuve unos minutos frente al placard, miré bien, pensé y concluí que no eran más de diez las camisas que utilizaba regularmente. Al resto las conservaba "por las dudas", porque "uno nunca sabe" o porque se convierten en una especie de souvenir de buenos momentos, de grandes recuerdos. Tragué saliva, busqué una caja y en una especie de íntimo ritual empecé a descolgar las prendas que no usaba. En mi mente ya brillaba la sonrisa de algún anónimo beneficiario al que seguramente le servirían de verdad. Luego hice lo mismo con pantalones, remeras, pulóveres, zapatos y camperas. Conozco mucha gente que tiene sus roperos atestados de prendas y calzados que no usa. ¿Para qué, cuando hay tanta gente que necesita un abrigo o que vive con un solo par de calzados o el mismo pantalón todos los días? Ahora abro mi placard, tengo menos ropa, más espacio y soy más feliz.







