Ya está. Debemos asumir de una vez por todas que Tucumán no será nunca ese destino turístico que todos sueñan conocer. Hay otras prioridades; otras fortalezas: la industria, el comercio y tal vez la cultura. Por eso, el afán de los funcionarios está centrado ahora en convertir a Tucumán en el eje regional de lo que se ha dado en llamar "turismo de convenciones"; una especie de hermana menor del turismo, que puede dar grandes ganancias. Hacia este objetivo apunta toda la política estatal que ha motorizado la radicación de nuevos hoteles, varios de ellos de alta gama. La idea, según dicen, es que los viajeros visiten estas latitudes también durante el verano, una época en la que incluso los nativos de esta región huyen hacia el mar. Sin embargo, llama mucho la atención que a menos de dos meses del inicio de las vacaciones, la provincia siga mostrando su peor cara. No sólo en materia de infraestructura, sino también en cuestión de servicios. Mientras los funcionarios se pasean por las ferias de turismo promocionando las "bondades de la provincia", varios de los destinos permanecen en el abandono más incompresible.
La ruta a Tafí del Valle, por ejemplo, sigue en plena etapa de construcción, una obra necesaria e inevitable que debe ser apoyada sin chistar. Lo que aún no se sabe es si el camino a los Valles seguirá operativo durante el verano, cuando las lluvias comiencen a azotar la provincia. El peligro de deslaves está siempre latente. Ya hubo un derrumbe importante hace unas semanas, que provocó la interrupción del tránsito durante varias horas. Ojalá que este año se consiga superar esta contingencia sin mayores dramas. Una cuestión distinta se plantea en el Dique El Cadillal. Las obras de construcción del complejo de aerosillas marcha con viento a favor y, según las autoridades, será inaugurado a mediados de enero; demasiado tarde para una temporada que técnicamente comienza con las fiestas de fin de año. Igualmente es una buena noticia que vale la pena alentar. Lo que no se puede comprender es el estado de abandono que sigue mostrando la villa veraniega. Pastos altos, basura desparramada, merenderos convertidos en escombros, falta de agua y sobreabundancia de mosquitos son sólo algunos de los dramas que debe enfrentar el turista que decide visitar El Cadillal. A pocos kilómetros del dique, se encuentra uno de los patrimonios históricos más importantes de la provincia: el Viaducto El Saladillo. Alguna vez el gobierno habló de la posibilidad de rescatarlo del olvido y convertirlo en un polo de atracción para los amantes del "turismo aventura". Se colocaron carteles (en español e inglés) y se levantaron un par de merenderos. Pero más tarde se decidió que era inviable y fue nuevamente abandonado. Hoy la penosa postal del gigante de ladrillo casi devorado por la maleza, con los carteles depredados y los merenderos hechos añicos, es una pasmosa metáfora de la realidad turística de Tucumán. San Javier y Villa Nougués siguen con sus rutas repletas de baches (nada se hizo este año) y Raco y El Siambón -a los que se llega por una ruta impecable- siguen pidiendo más servicios.
Así las cosas, ¿es ético recorrer las ferias repartiendo folletos e invitando a los turistas a ver estos lugares que ni siquiera tienen los servicios básicos? ¿No sería mejor concentrarnos en dotar a estos destinos de mejor infraestructura y dejar de querer ser lo que no somos? Tucumán es una provincia prodigiosa. Jorge Luis Borges escribió una vez que aquí el verde de los bosques se da la mano con el dulce caramelo de la caña de azúcar. "Es el arquetipo del Paraíso", dijo. Y tiene razón. Belleza hay de sobra. Lo que falta es un plan que pula esa belleza y permita mostrarla en todo su esplendor, sin necesidad de repartir folletos.
La ruta a Tafí del Valle, por ejemplo, sigue en plena etapa de construcción, una obra necesaria e inevitable que debe ser apoyada sin chistar. Lo que aún no se sabe es si el camino a los Valles seguirá operativo durante el verano, cuando las lluvias comiencen a azotar la provincia. El peligro de deslaves está siempre latente. Ya hubo un derrumbe importante hace unas semanas, que provocó la interrupción del tránsito durante varias horas. Ojalá que este año se consiga superar esta contingencia sin mayores dramas. Una cuestión distinta se plantea en el Dique El Cadillal. Las obras de construcción del complejo de aerosillas marcha con viento a favor y, según las autoridades, será inaugurado a mediados de enero; demasiado tarde para una temporada que técnicamente comienza con las fiestas de fin de año. Igualmente es una buena noticia que vale la pena alentar. Lo que no se puede comprender es el estado de abandono que sigue mostrando la villa veraniega. Pastos altos, basura desparramada, merenderos convertidos en escombros, falta de agua y sobreabundancia de mosquitos son sólo algunos de los dramas que debe enfrentar el turista que decide visitar El Cadillal. A pocos kilómetros del dique, se encuentra uno de los patrimonios históricos más importantes de la provincia: el Viaducto El Saladillo. Alguna vez el gobierno habló de la posibilidad de rescatarlo del olvido y convertirlo en un polo de atracción para los amantes del "turismo aventura". Se colocaron carteles (en español e inglés) y se levantaron un par de merenderos. Pero más tarde se decidió que era inviable y fue nuevamente abandonado. Hoy la penosa postal del gigante de ladrillo casi devorado por la maleza, con los carteles depredados y los merenderos hechos añicos, es una pasmosa metáfora de la realidad turística de Tucumán. San Javier y Villa Nougués siguen con sus rutas repletas de baches (nada se hizo este año) y Raco y El Siambón -a los que se llega por una ruta impecable- siguen pidiendo más servicios.
Así las cosas, ¿es ético recorrer las ferias repartiendo folletos e invitando a los turistas a ver estos lugares que ni siquiera tienen los servicios básicos? ¿No sería mejor concentrarnos en dotar a estos destinos de mejor infraestructura y dejar de querer ser lo que no somos? Tucumán es una provincia prodigiosa. Jorge Luis Borges escribió una vez que aquí el verde de los bosques se da la mano con el dulce caramelo de la caña de azúcar. "Es el arquetipo del Paraíso", dijo. Y tiene razón. Belleza hay de sobra. Lo que falta es un plan que pula esa belleza y permita mostrarla en todo su esplendor, sin necesidad de repartir folletos.







