Aún no metió los dedos en el enchufe

Marcelo Aguaysol
Por Marcelo Aguaysol 03 Noviembre 2011
Vacaciones pesificadas; otro verano caliente y un primer trimestre de 2012 con los dientes apretados. Así se presenta la Argentina que se viene, con las decisiones que adoptó el Gobierno nacional en materia económica. Claro está que gran parte de los efectos los sentirá la clase media. Si las tarifas suben, algo que es muy previsible que ocurra a juzgar por el camino que ha seguido la presidenta Cristina Fernández, habrá un reacomodamiento de la economía hogareña por un gasto que -hasta ahora- siempre se mantuvo constante, salvo en períodos estacionales donde el consumo energético crece a mayor timo. Ni hablar del efecto "dólar". Muchas familias están pensando cómo irse al exterior de vacaciones sin los billetes verdes.

El Gobierno aún no metió los dedos en el enchufe, pero sin dudas pronto tocará los subsidios energéticos y eso golpeará a los usuarios residenciales. El gran interrogante es con qué fuerza se incrementarán las tarifas. Sucede que 2012 se presenta como un año muy duro en cuestiones fiscales. Cristina Fernández arranca su segundo mandato con condicionamientos financieros. Por ahora, a las cuentas públicas nacionales le sobra maquillaje con las transferencias que, mes a mes, efectúan tanto el Banco Central como la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), entre otros organismos.

Un gran signo de interrogante se abre debido a la evolución de la balanza comercial (los dólares que ingresan no son tantos como en otros períodos), que está agotando el superávit, y de las propias finanzas públicas, que no encuentran certeza acerca de cómo será el comportamiento de la recaudación a raíz de los problemas propios y foráneos, de la crisis global que aún no decanta y que -sin dudas- está golpeando el comercio internacional.

El Gobierno nacional está gastando a cuenta su capital político, ese que lo llevó a ganar las elecciones presidenciales sin transpirar. Era previsible: todos los costos políticos serán abonados al contado, pero las tarifas vendrán en cuotas, hasta el próximo turno electoral. Aún así, el consumo todo lo puede disimular. Con dinero constante y sonante en el bolsillo, la población apostó por la estabilidad económica. Una gran porción de los votos fue una respuesta al modelo que, públicamente, suelen criticar. Pero, ahora, las cosas cambian, al menos para la clase media.

No habrá tarifazos, sostienen los expertos; tampoco impuestazos. Si hay reajustes en las facturas, estos serán acompasados; no aumentarán los impuestos, pero sí es posible que se actualicen más las valuaciones fiscales. Frente a este cúmulo de situaciones, los gremios ya comienzan a ponerse en guardia. Sucede que hasta ahora, las paritarias se movieron al ritmo de la inflación negada por el propio oficialismo, esa que proyectan las consultoras privadas y no el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec). El Gobierno nacional está intentando ponerle un techo (de entre un 18% y un 20%) a las próximas discusiones salariales; sin embargo, sus decisiones de los últimos días están tornando difícil ese escenario de acuerdos salariales previos con las cámaras empresariales.

El Estado todo lo puede y todo lo controla. Un claro ejemplo es la agresiva fiscalización sobre las operaciones con dólares. Nadie duda de que son necesarias, pero: ¿no hubiera sido más elegante que el Gobierno ponga sus ojos primero en las grandes empresas que mueven millones de dólares que en los pequeños tenedores o ahorristas? El golpe de efecto dio sus frutos. Pocas operaciones en el mercado minorista y quién sabe cuántas en el mayorista. Las vacaciones están muy cerca. La economía suele calentarse más de la cuenta durante el verano.

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