Perseguidos por esa cosa

Por Álvaro José Aurane 02 Noviembre 2011
La verdadera dimensión del problema está maquillada por la postura
discursiva desde el cual se interpretan los acontecimientos. Porque las noticias son por demás evidentes. Los teléfonos móviles en desuso suman ya más de 10 millones. O sea, la gente tiene muchos más de lo que necesita. Y si con lo cuantitativo no basta, con lo cualitativo sobra. El mes pasado, cuando Blackberry tuvo problemas para prestar algunos servicios de sus smartphones, cundió la nomofobia: nada menos que el temor a salir de casa sin el celular.

Los teléfonos, es claro, se han convertido en instrumentos  persecutorios. Hace mucho que hipertrofiaron su función de simples herramientas mediadoras de comunicación. Pero están amparados por un peligroso infantilismo que brota de cada vez más bocas adultas: la absurda pretensión de que las cosas no son ni buenas ni malas, sino que todo depende del uso que se les dé.

Si hasta de las armas se dice eso, cuanto más de los simpáticos aparatitos de telefonía. Sin embargo, la conducta colonizadora de los celulares se puede advertir en la breve historia doméstica de su  antecesor: el teléfono fijo. Cuando entró en las casas, se lo ubicó en el living: el lugar más público y social del hogar. No era antojadizo: según la clase de vecino que uno fuera, tener una “línea” era un lujo por exhibir o un servicio por prestar a los vecinos que no disponían de él. Pero después, el aparato en cuestión se instaló en el dormitorio.Y hoy, desprovisto de cables y otras ataduras, anda prendado de cinturas o bolsillos traseros. Necesitar un teléfono móvil es legítimo. Angustiarse por no tener uno es síntoma de la cultura de la mortificación. Un escalón más arriba en la cultura consumista, porque ya no son los seres humanos los que persiguen objetos. En este nuevo estadio, son las personas las que están perseguidas por las cosas. Psicosis, que le dicen.

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