Todo está en los bancos de la escuela

Por Gustavo Martinelli 28 Octubre 2011
"Hombre, pueblo, Nación, Estado, todo: todo está en los humildes bancos de la escuela", repetía hasta el cansancio Domingo Faustino Sarmiento. Y es que para el prócer, la escuela era el cimiento de la civilización. Por eso trabajó denodadamente para sentar las bases de un sistema educativo que prevaleció eficazmente durante más de 100 años. Hasta que, a partir de la década del 90, las sucesivas reformas empezaron a socavar esos cimientos.

Hoy, en medio de una crisis de valores y de calidad nunca antes vista, el sistema educativo se encuentra nuevamente en crisis. Un explosivo cóctel de violencia -dentro y fuera de las aulas-, bajo rendimiento académico, superpoblación y sueldos exiguos ha llevado al sector a una encrucijada: o se cambia el rumbo o todo se derrumba. Sin embargo, las autoridades aplauden exultantes los supuestos avances en materia de inclusión, aporte tecnológico y participación. "Con las netbooks hemos dado un paso fundamental", se escucha. Pero lo cierto es que el camino está lleno de baches. Y nadie parece interesado en llenarlos. Según el pedagogo Mauricio Bicoca, la "política" ha conquistado la escuela a través de ideologías, que no tienen como meta necesaria la adquisición de conocimientos ni la formación ética de los chicos sino el "cambio social". Entonces, lo que hoy se llama crisis de la educación, es en realidad la consecuencia lógica de no permitir que la escuela desempeñe su función propia, es decir, la enseñanza. Más bien todo lo contrario: las aulas se han abierto a la vida en el sentido de abrirse a la calle y los docentes dejaron de ser esos sabios que forman la inteligencia y el carácter de los estudiantes para convertirse en meros administradores de contenidos. Y, aunque nunca es bueno generalizar, sí hay que reconocer que esa tarea formativa ha quedado en manos de la televisión, cuya programación se puede sintetizar en tres palabras: violencia, hipersexualidad y consumismo. De esta forma, se ha dejado entrar en los colegios el mundo de lo trivial y se ha expulsado de las aulas a la verdadera cultura. Esto ha provocado un descenso general del nivel intelectual y el crecimiento de una apatía que lo domina todo. Si a esto se le suma la falta de compromiso de los padres en la historia educativa de los hijos, el panorama se agrava hasta alcanzar niveles de antología. Al no haber exigencias, tampoco hay compromiso. Un compromiso que las generaciones anteriores sí tuvieron y ejercieron de manera admirable. Una abuela que llegó de España en los años 30 contó una vez su experiencia en la revista Gente. "A los ocho años me sacaron de la escuela y a los doce amasaba el pan, limpiaba la casa y luego mi madre me obligaba a ir al campo, porque así ganaba un jornal. He arado, rastreado la finca, arrancado la soja, sin dejar de bordar, porque con lo que me pagaban me alcanzaba para tomar clases particulares nocturnas. Así aprendí cultura general hasta los 16 años. Pude criar a mis hijos y también estudiar. Mi peor castigo de niña era que no me dejaran ir a la escuela. Y ahora, a los 80 años, lo único que envidio es no poder seguir estudiando", declaró dos semanas después de haberse recibido de Licenciada en Historia. Si el futuro del país y de la provincia dependiera de personas que piensan como esta abuela, no habría nada que temer. Pero lo triste es que dependemos de una camada de chicos que desprecia el trabajo y el esfuerzo y de políticos que premian la vagancia y la "avivada". ¿Por qué la Argentina sigue retrocediendo en materia de calidad educativa, según lo manifiesta el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA)? Precisamente porque se reniega de todo lo anterior. Se ha olvidado aquello de que todo está en los humildes bancos de la escuela.

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