Sin palos en la rueda

Por Juan Manuel Asis 26 Octubre 2011
Después del 14 de agosto estaba claro que era una misión imposible destronar a Cristina Fernández, y que la presidencia era una quimera para la oposición. Quedó reflejado en los discursos posteriores -a manera de renunciamiento-, cuando admitieron que sólo había que pelear por bancas en el Congreso para fortalecer a la oposición. Dicen que las palabras entrampan, o esclavizan; entonces: si ambas cámaras van a tener mayoría oficialista -o serán gestionadas por el cristinismo y sus aliados- lo que cabe preguntar es: ¿el ciudadano les dio la espalda a las demandas opositoras de conseguir más escaños? O, lo que es peor para la dirigencia opositora, o para los que no quieran hacer este tipo de lecturas: ¿el electorado no quiere que haya un control legislativo de la gestión del Ejecutivo nacional? (otra conclusión extrema puede ser que a los ciudadanos les importa un bledo pensar en la calidad institucional, o en sus implicancias para una convivencia organizada).

Sin embargo, hay más interrogantes, uno de mayor inquietud para los partidos opositores, siguiendo la línea discursiva de los oficialismos de turno, nacional y provincial, que usan el mismo caballito de batalla para desmerecer los controles u observaciones de los adversarios políticos: ¿el votante no quiere que al oficialismo le pongan "palos en la rueda"? Cristinistas y alperovichistas, en función de las futuras composiciones legislativas -nacional y provincial-, pueden ir borrando esa excusa de sus argumentos para justificar que no pueden gobernar. Lo real es que el pueblo acudió a las urnas y que se pueden realizar varias interpretaciones sobre el mensaje de los números.

Sobre la victoria de la Presidenta no hay dudas: más de la mitad de los ciudadanos en condiciones de votar -que cumplieron con ese mandato- la prefieren a ella y no a un opositor en la Casa Rosada. Esto implica que aspiran a que la realidad mejore, o siga como está. El riesgo que tomaron estos electores es que sea el cristinismo el que lo haga; esa mayoría no creyó que alguno de sus adversarios lo pudiera hacer. O, por lo menos, mucho menos de la mitad creyó en otras opciones. O creyó y sus votos no les alcanzaron ni les sirvieron a los otros seis aspirantes.

Respecto de las cifras caben otras consideraciones. Antes hay que mencionar que en otras elecciones, el opositor que resultaba segundo -con un importante caudal de votos- se erigía a sí mismo como el principal referente opositor. En 2007, Elisa Carrió lo hizo, hasta armó un gabinete paralelo. Después de cuatro años, en función de ese ejemplo, hay que decir que en los comicios presidenciales el elector elige Presidente, no líderes opositores; no acude a las urnas a señalar al Presidente y al que quiere que sea el principal opositor. Este último rol hay que ganárselo de otra forma, no en una votación, si no puede pasar lo de Lilita, que descarrió en esa pretensión. Hermes Binner, por ejemplo, salió segundo, y ahora aspira a ocupar el rol de conductor de la oposición sólo por haber salido detrás de Cristina. Es una opción, y que lo logre, será a costa de un tremendo esfuerzo a futuro. Francisco De Narváez ganó en 2009, mostró ese cinturón de campeón bonaerense en todo el país, y perdió 24 meses después. Mauricio Macri es otra opción, no compitió, pero en los papeles es un posible líder de una franja opositora. Pero están tan lejos que el cristinismo puede respirar tranquilo, y hoy hasta se puede dar el lujo de elegir al adversario para una pelea política.

Tucumán es un símil del panorama nacional, aunque en la provincia existe un sector opositor que viene manteniendo en los últimos años un caudal de votos: la UCR. Supera los 100.000, lo que le sirve para pelear escaños, pero no para soñar por el Ejecutivo, aún.

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