Por lo general, los objetos nos atraen por uso, por moda o por las contingencias del valor. Algunos nos importan tanto que hasta ponen nuestra vida social en jaque. Así ocurre con el teléfono celular y por eso tantos padecen la nomofobia (cuando se olvidan el móvil, o cuando no hay contacto, o cuando se quedan sin carga). Esa misma contingencia explica por qué el objeto que el año pasado nos fascinaba ahora nos parece una basura. O bien nuestros deseos cambiaron diametralmente (ya casi no sabemos qué hacer con el MP3, que duerme olvidado en un cajón). Es el uso que a veces lo vuelve a uno irracional, como relata Juan José Millás en "Dos pares de calcetines", y es la moda lo que a veces les da sentido falso o les hace perder significado. Pero hay algo que une indisolublemente a uno con los objetos: el afecto. Hace que, como describe Neruda, se ame locamente algunas cosas y que ese amor pueda transformarse en extrañeza porque uno mismo dejó de quererlas, o en añoranzas por haberlas perdido. La bicicleta con la que se aprendió a andar, el primer garabato que hizo de uno su hija -una especie de fantasmita con cabeza y ojos-, un cortapapeles toledano con forma de espada, un caracol recogido en una lejana playa del sur con el que se oyó el suspiro del mar. Esos objetos son los que, como la felicidad, verdaderamente nos llaman -diría Millás-, aunque ya no estén.







